DESCUBRIRLA

1140 Words
El día amanece con una claridad limpia, casi quirúrgica, de esas que no admiten errores ni excusas. Llego a la empresa antes de lo habitual, no por ansiedad sino por anticipación. Hay decisiones que no se toman detrás de un escritorio ni se resuelven con números cerrados; hay cosas que solo se revelan caminando, observando, dejando que el entorno haga su parte. Hoy es uno de esos días. Cuando Dasha entra a mi oficina, no levanto la vista de inmediato. La hago esperar apenas un segundo, lo suficiente para marcar el ritmo desde el inicio. —Hoy no nos quedamos en el piso ejecutivo —digo al fin—. Quiero que veas la empresa completa. La observo mientras procesa la propuesta. No parece sorprendida, pero sí alerta. Inclina apenas la cabeza, evaluando no solo mis palabras, sino la intención detrás de ellas. —Me parece lógico —responde—. Es difícil entender los números sin ver de dónde salen. Salimos juntos del edificio principal y subimos al auto que nos llevará a los centros de producción. Durante el trayecto, el silencio se instala con naturalidad. No es incómodo; es atento, cargado de observación. La miro de reojo: traje sobrio, funcional, cabello oscuro recogido con una pulcritud que no es casual, rostro sereno que no busca agradar. No parece impresionada por el poder ni intimidada por el contexto. Está aquí para comprender, no para deslumbrarse. Eso la vuelve más interesante de lo que debería. El primer centro nos recibe con ruido, movimiento, vida real. Maquinaria en marcha, líneas de ensamblaje que avanzan con precisión cronometrada, cuerpos trabajando en sincronía. El aire huele a metal, a aceite, a esfuerzo sostenido. Dasha observa todo con atención genuina, deteniéndose en detalles que la mayoría ignora. No pregunta por la estética ni por el impacto visual. Pregunta por tiempos muertos, por desperdicios invisibles, por márgenes que no figuran en los informes. —Aquí es donde se pierde dinero sin que nadie lo note —dice, señalando una etapa del proceso—. No por errores grandes, sino por pequeñas ineficiencias acumuladas. —Eso suele separar a quienes entienden el negocio de quienes solo lo dirigen —respondo. Me mira un segundo más de lo necesario. No hay desafío abierto, pero sí una medición silenciosa. —¿Y tú… de qué lado estás? —pregunta. —Depende del día —digo—. Hoy, del que escucha. Seguimos avanzando. Los pasillos se estrechan, los espacios obligan a detenerse, a ceder el paso, a acercarse. No la toco. No hace falta. Mi presencia se impone por cercanía, por tono, por la forma en que inclino el cuerpo cuando le hablo al oído para que me escuche por encima del ruido. Sé que lo nota. Sé que lo registra. —Tu prometido —digo en un momento, como si fuera un dato más dentro del recorrido—. ¿También conoce estos procesos? Dasha no se detiene, pero su paso pierde fluidez apenas un segundo. Es mínimo, casi imperceptible, pero está ahí. —Conoce los resultados —responde—. No necesita ver todo lo demás. —Interesante elección —comento—. Confiar sin involucrarse. —No siempre es confianza —dice—. A veces es necesidad. Anoto la palabra sin decirlo. Necesidad. El segundo centro es distinto: más moderno, más silencioso, casi clínico. Aquí se fabrican los componentes que luego se integran al vehículo final. Dasha observa con una concentración diferente, más contenida. Sus dedos se cruzan frente al cuerpo, gesto nuevo, defensivo. Algo se cierra. —Tu padre construyó mucho desde cero —digo—. No es fácil sostener algo así fuera de su país. —No lo fue —responde—. Hubo momentos en los que nada estaba asegurado. —Y aun así, aquí están —insisto—. Asociados. Creciendo. Se gira hacia mí con un movimiento más brusco de lo necesario. —No todo crecimiento es voluntario, Matías. Ahí está la g****a. Pequeña. Sutil. Real. —A veces —continúa, bajando apenas la voz— alguien te extiende la mano… y luego descubres cuánto cuesta soltarla. No la presiono. No ahora. La dejo avanzar, dejo que sus propias palabras se queden flotando entre nosotros, pesadas, cargadas de significado. Subimos a una plataforma elevada desde donde se ve toda la planta. La baranda nos obliga a estar más cerca de lo habitual. Siento el calor de su cuerpo, el leve cambio en su respiración. Ella también lo siente. No se aparta, pero tampoco se relaja. —Sergei es un hombre influyente —digo—. Se percibe incluso sin conocerlo demasiado. Dasha mantiene la vista al frente. —La influencia no siempre es un privilegio —responde—. A veces es una deuda que nunca termina de saldarse. La observo de perfil: la mandíbula firme, los hombros tensos bajo el control. No es una mujer frágil, pero tampoco es libre. Y esa contradicción me resulta peligrosamente atractiva. —¿Y tú? —pregunto—. ¿Dónde quedas tú en todo eso? Por primera vez, duda. Apenas un segundo, pero lo suficiente. —Donde siempre quedé —dice—. Haciendo que las cosas funcionen. No hay victimismo en su voz. Hay cansancio contenido. Y algo más, algo que no termina de admitir ni siquiera ante sí misma. Seguimos el recorrido. Cada espacio nos encierra un poco más en esta conversación que no se nombra del todo. Yo marco la cercanía cuando puedo, dejo que mi voz baje, que mis palabras rocen sin tocar. No la seduzco con promesas ni con halagos obvios. La seduzco con atención, con preguntas que nadie más se atreve a hacerle. —No eres una mujer fácil de leer —le digo antes de volver al auto. —No suelo serlo —responde—. Es una ventaja. —O una forma de protección. Me mira entonces, directo, sin esquivar nada. —¿Y tú, Matías? —pregunta—. ¿Qué usas para protegerte? Sonrío apenas, consciente de que la respuesta es más honesta de lo que debería. —El control —respondo—. Siempre funciona… hasta que deja de hacerlo. El trayecto de regreso es más silencioso que el de ida. No porque no haya nada que decir, sino porque ambos estamos procesando demasiado. La empresa queda atrás, pero algo más se puso en marcha entre nosotros. No obtuve respuestas claras. No forcé confesiones. Pero confirmé algo esencial: Dasha Steiger no está atada por amor. Está atada por historia, por deuda, por decisiones que no siempre fueron suyas. Y mientras la dejo en la puerta del edificio, con una cortesía que disimula demasiado bien mis intenciones, lo entiendo con claridad incómoda: La seducción no será directa. Será lenta. Será estratégica. Y será mucho más peligrosa de lo que imaginé.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD