Ha pasado una semana desde aquella mañana en la cocina en la que, entre café y tostadas, hablamos de hijos como si el futuro ya no fuera un campo minado sino una posibilidad real. Una semana desde que fijamos fecha para la boda y convertimos algo que empezó como un incendio en una decisión concreta. Treinta días. Treinta días para que Dasha Steiger se convierta en mi esposa. La casa ya no se siente como un refugio improvisado sino como un espacio compartido que empieza a tomar forma definitiva. Hay carpetas abiertas sobre la mesa del comedor con listas de invitados, notas de Cairo sobre posibles locaciones, mensajes de Olivier sugiriendo discretamente reforzar aún más la seguridad del evento. Dasha camina de un lado a otro con el teléfono apoyado en el hombro, hablando con una organizadora

