j***n nos recibe con una claridad distinta, casi ceremonial. El día siguiente se abre con una precisión que contrasta con el desorden interno que arrastramos desde el vuelo. El aeropuerto es amplio, silencioso en su eficiencia; las personas se mueven como si cada gesto hubiera sido pensado antes. Dasha camina a mi lado con una calma que no es cansancio, sino contención. Yo observo todo sin perderla de vista, como si el lugar exigiera atención pero ella la reclamara sin esfuerzo. El trayecto hasta el hotel atraviesa una ciudad que no se parece a nada que conozca. Pantallas, arquitectura limpia, calles que vibran sin ruido. Tokio no se impone; se despliega. Y algo en esa forma de existir —precisa, contenida— me resulta peligrosamente familiar. El check-in es rápido. Formal. Impecable. Nos

