TOKIO BAJO LA PIEL

953 Words
j***n nos recibe con una claridad distinta, casi ceremonial. El día siguiente se abre con una precisión que contrasta con el desorden interno que arrastramos desde el vuelo. El aeropuerto es amplio, silencioso en su eficiencia; las personas se mueven como si cada gesto hubiera sido pensado antes. Dasha camina a mi lado con una calma que no es cansancio, sino contención. Yo observo todo sin perderla de vista, como si el lugar exigiera atención pero ella la reclamara sin esfuerzo. El trayecto hasta el hotel atraviesa una ciudad que no se parece a nada que conozca. Pantallas, arquitectura limpia, calles que vibran sin ruido. Tokio no se impone; se despliega. Y algo en esa forma de existir —precisa, contenida— me resulta peligrosamente familiar. El check-in es rápido. Formal. Impecable. Nos entregan las tarjetas casi al mismo tiempo. Habitaciones contiguas. El dato es mínimo, pero no pasa inadvertido. —Descansamos un par de horas y salimos a cenar —digo, más como orden que como propuesta. —Me parece bien —responde—. El cambio de horario pasa factura. Asiento. No agrego nada. En el ascensor, el silencio se instala sin peso, expectante, como si algo estuviera a punto de empezar y ninguno quisiera nombrarlo. Al llegar al piso, ella se detiene frente a su puerta y me mira un segundo más de lo habitual. —Dos horas —dice. —Dos horas. La observo entrar. No me muevo hasta que la puerta se cierra. Recién entonces avanzo hacia la mía con la sensación incómoda de que algo se acomodó… y a la vez se desestabilizó. […] El descanso no es profundo, pero alcanza. Me ducho, cambio el traje por algo simple. Cuando golpeo su puerta, no espero. Dasha abre. Y por un segundo, todo lo demás desaparece. No lleva un vestido pensado para provocar de manera obvia. Es peor que eso. Es una elección medida, consciente: tela suave que acompaña su cuerpo sin imponerlo, una línea que deja ver lo justo, el cabello suelto cayendo sobre los hombros como si no hubiera pasado por ningún intento de control. No hay exceso. No hay artificio. Hay presencia. —¿Lista? —pregunto, con una voz que no me reconozco del todo. —Sí —responde—. ¿Vamos? Asiento, pero tardo una fracción de segundo más de lo normal en reaccionar. Caminamos hasta el restaurante. La ciudad nocturna se despliega con luces que no encandilan y movimiento que no empuja. La cercanía se vuelve inevitable en las veredas estrechas, en los cruces, en los momentos en que debo inclinarme para decirle algo al oído por encima del murmullo urbano. No la toco. No hace falta. La mesa que nos asignan está cerca de un ventanal. Tokio se extiende detrás de ella como un fondo vivo. Dasha observa el lugar con curiosidad genuina, no como turista, sino como alguien que busca entender el pulso del sitio donde está. —Es distinto a todo —dice. —Eso es lo que lo hace peligroso —respondo. Me mira. Sabe que no hablo solo de la ciudad. La cena avanza entre sabores nuevos y silencios que no incomodan. Hablamos de cosas pequeñas —música, ciudades que nos marcaron, libros que no pretendieron enseñarnos nada— y, sin embargo, cada tema parece rozar algo más profundo. Hay risas suaves, miradas que se sostienen un segundo de más. En un punto, su rodilla roza la mía bajo la mesa. No se aparta de inmediato. Yo tampoco. —Aquí todo parece más lento —dice, casi para sí. —O más consciente. —Tal vez —responde—. Como si cada cosa tuviera su espacio. La observo. La forma en que inclina la cabeza al pensar, cómo el gesto se le ablanda cuando sonríe sin darse cuenta. No es deseo inmediato lo que siento. Es algo más denso, más peligroso: la sensación de estar viendo a alguien bajar la guardia sin advertirlo. —Matías —dice de pronto—. ¿Te sientes distinto aquí? No respondo enseguida. —Sí —admito—. Como si el ruido se hubiera quedado lejos. Asiente. —A mí me pasa igual. El silencio que sigue no es incómodo. Es íntimo. Pagamos y salimos. El aire nocturno es tibio. Caminamos de regreso sin prisa, como si estiráramos el trayecto para no llegar todavía. El lobby del hotel está casi vacío. El ascensor llega rápido. Entramos. Las puertas se cierran y el espacio se vuelve pequeño, inevitable. Puedo sentir su perfume, el calor leve que irradia su cuerpo. Levanta la vista y me mira con una franqueza nueva, sin desafío, sin defensa. —Buenas noches —dice. —Buenas noches, Dasha. Las puertas se abren en nuestro piso. Caminamos juntos unos pasos. Frente a su habitación, se detiene. La cercanía es absoluta ahora, concreta, sin excusas. —Gracias por la cena —dice. —Gracias por venir. Nos miramos. Hay algo suspendido entre nosotros que no se define. No hace falta. Me inclino apenas; ella no retrocede. El beso es corto, contenido, como si ambos temiéramos lo que podría pasar si durara un segundo más. Sus labios son cálidos, decididos. Suficientes. Se separa primero, con una respiración apenas alterada. —Mañana tenemos un día largo —dice, casi como recordatorio. —Lo sé. Dasha entra en su habitación. La puerta se cierra con suavidad. Me quedo ahí un instante, con la certeza de que lo que ocurrió no fue un gesto casual ni solo físico. Algo empezó a moverse en Tokio. Y esta vez no fue el deseo lo que abrió la puerta… Fue el comienzo de algo que ninguno de los dos se atreve todavía a nombrar.
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