El beso no se rompe de inmediato.
Al contrario: se profundiza, se vuelve más urgente, más real. Dasha responde sin reservas durante un segundo eterno, como si todo lo que ha contenido hasta ahora se derramara sin control. Su boca se mueve con la mía, no como una rendición, sino como una elección consciente. Su mano se aferra a mi saco, me aprieta, me reclama. Su respiración se quiebra contra la mía y siento cómo su cuerpo se acerca sin miedo, sin cálculo.
El mundo desaparece.
No hay restaurante, ni calle, ni luces. Solo su calor, su pulso acelerado, la certeza de que esto no es un error aislado sino algo que llevaba tiempo empujando desde abajo.
La rodeo con los brazos, la atraigo sin suavidad, sintiendo cómo se adapta a mí, cómo su pecho sube y baja con rapidez. Mi boca desciende apenas, roza, insiste. Dasha no se aparta. No todavía.
Cuando el beso se rompe, es porque el aire se vuelve imprescindible.
Ella apoya la frente contra mi pecho. Sus ojos están brillantes, húmedos, oscuros por algo que no es miedo. Por algo mucho más peligroso.
—No sabes lo que acabas de hacer —dice, con la voz agitada.
—Sí lo sé —respondo—. Y tú también.
Levanta la mirada. Hay una lucha evidente en su expresión, una batalla que no se libra contra mí, sino contra sí misma. Mis manos recorren su espalda, lentas, firmes, intentando convencerla de lo que su cuerpo ya sabe.
—Dasha… —murmuro—. Ven conmigo.
No lo digo como propuesta elegante. Lo digo como certeza.
Por un instante, su cuerpo se inclina hacia el mío. Lo siento. Ese segundo me basta para saber que podría llevarla más lejos, que podría empujar apenas y ella caería conmigo.
Pero no lo hace.
Se separa con un esfuerzo visible, como si cada centímetro que pone entre nosotros doliera. Da un paso atrás. Luego otro. Se pasa una mano por el cabello, respira hondo, intentando recuperar un control que se le escapó.
—No —dice—. Tenemos que parar aquí.
—¿Por qué? —pregunto, sin ocultar la tensión—. Acabas de demostrar que lo quieres tanto como yo.
Niega con la cabeza.
—Porque si seguimos… —hace una pausa, buscando las palabras— no será solo un beso. Y cuando eso pase, no habrá forma de volver atrás.
Doy un paso hacia ella.
—No tienes que volver atrás —digo—. Solo avanzar.
Sus ojos se clavan en los míos. Hay algo de temor ahí. No a mí. A lo que vendría después.
—No entiendes —responde—. Es mejor dejar las cosas así antes de provocar una guerra.
La palabra queda suspendida entre nosotros.
Guerra.
—¿Una guerra con quién? —pregunto.
Ella aprieta los labios. No responde. No puede. O no quiere. Da otro paso atrás, marcando una distancia definitiva.
—Confía en mí —dice—. Esto… —hace un gesto breve entre nosotros— no puede continuar.
El sonido de un auto acercándose rompe el momento. Un taxi se detiene a pocos metros. Dasha lo mira como si fuera un salvavidas.
—Buenas noches, Matías —dice finalmente.
Abre la puerta del taxi sin mirarme de nuevo. Antes de subir, se detiene apenas un segundo.
—Olvida lo que pasó —añade, con una firmeza que contradice el temblor en su voz—. Es lo único que nos va a mantener a salvo.
La puerta se cierra.
El taxi se aleja.
Me quedo solo en la acera, con el cuerpo tenso, la respiración todavía desordenada y el sabor de su boca ardiendo como una marca imposible de borrar.
No fue solo un beso. Fue una advertencia. Una frontera trazada demasiado tarde. Y aunque no entiendo de qué guerra habla… sé, con una claridad incómoda, que ya estamos en el medio de ella.