Capítulo 2

753 Words
  Angelina Fernandez.   La mujer a la que Gabriel había amado durante años. La que le había roto el corazón tres años atrás antes de huir al extranjero. La misma a la que él había esperado hasta el día de su boda.   Leonica jamás olvidaría aquel nombre. Incluso durante su noche de bodas, Gabriel había gemido «Angelina» sin recordar que la mujer tendida debajo de él era su nueva esposa.   Leonica habría renunciado mucho antes a aquel matrimonio sin amor de no ser por la abuela de Gabriel. A la anciana nunca le había agradado Angelina y siempre había estado convencida de que Leonica era la esposa ideal para su nieto.   —Gabriel —lo llamó—. Le prometiste a tu abuela que te mantendrías alejado de esa mujer.   Él la miró con frialdad.   —¿Me estás amenazando? No estás en posición de hablar de mi abuela.   La sola mención de la difunta anciana encendió su furia.   Leonica iba a responder, pero Gabriel se volvió hacia el conductor.   —Detén el coche.   La orden repentina la desconcertó. Frunció el ceño, sin entender, hasta que él habló de nuevo.   —Bájate.   Los ojos de Leonica se abrieron de par en par.   —¿Qué?   ¿Hablaba en serio? Se encontraban en una carretera casi desierta a esas horas. Si la dejaba allí, ¿cómo se suponía que volvería a casa?   —He dicho que te bajes —repitió Gabriel con voz autoritaria.   —G-Gabriel...   —Bájate o te obligaré a hacerlo.   El conductor ya había descendido y sostenía la puerta abierta para ella, con una disculpa silenciosa en la mirada.   Leonica no tuvo elección. Salió del vehículo y, apenas puso los pies en el asfalto, Gabriel cerró la puerta de golpe. Las lágrimas que llevaba tanto tiempo conteniendo rodaron por sus mejillas mientras el Rolls-Royce se alejaba a toda velocidad hasta desaparecer.   De pronto, el dolor que le desgarraba el corazón pareció descender hasta su vientre. Una punzada aguda la atravesó.   Minutos después, todo se volvió oscuro y silencioso.   Leonica despertó con el pitido de las máquinas y el murmullo de unas voces junto a la cama.   Abrió los ojos poco a poco y descubrió que estaba en una habitación de hospital, con una vía intravenosa conectada al brazo. Al girar la cabeza, encontró los rostros conocidos de sus padres.   Cassandra, su madre, una mujer rubia como ella, fue la primera en darse cuenta de que había despertado.   —¡Cariño, estás despierta! —exclamó con alivio.   —Nos tenías muy preocupados —añadió Benjamin, su padre, con el semblante tenso.   —Papá... Mamá... —murmuró Leonica. Tenía la voz débil y la garganta seca.   —Voy a buscarte un vaso de agua —dijo Cassandra antes de salir de la habitación.   Benjamin ocupó la silla que ella acababa de dejar.   —¿Cómo te sientes, cariño? ¿Estás mejor?   Leonica recorrió la habitación con la mirada antes de volver los ojos hacia él.   —¿Por qué estoy en el hospital? ¿Qué ocurrió?   —¿No lo recuerdas?   Ella negó con la cabeza.   Benjamin apretó los labios y dejó escapar un suspiro.   —Te desmayaste en la carretera. Una pareja que pasaba por allí te encontró y te trajo al hospital. Como tenías nuestros números registrados como contactos de emergencia, nos llamaron en cuanto ingresaste.   —Ah... —Leonica frunció el ceño al recordar el rostro glacial de Gabriel.   —Los médicos dijeron que perdiste el conocimiento por la anemia y el agotamiento. Quisieron descartar otros problemas, así que te hicieron varias pruebas. Los resultados acaban de llegar —continuó Benjamin.   Leonica advirtió la preocupación que asomaba a sus ojos.   —¿Qué han dicho?   —Cariño... —Cassandra regresó con un vaso de agua.   Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, como si hubiera estado llorando.   —Bebe.   Dejó el vaso sobre la mesita y se lo tendió. Leonica bebió con avidez, agradeciendo el frescor que alivió su garganta.   —Estaban hablando de los resultados, ¿verdad? —preguntó Cassandra mientras se sentaba.   Benjamin asintió.   Leonica los observó, incapaz de ocultar su inquietud.   —¿Qué ocurre, mamá? ¿Qué dijo el médico?   Sus padres intercambiaron una mirada silenciosa antes de volverse hacia ella. Cassandra le tomó las manos con fuerza; en su expresión se mezclaban la preocupación y una emoción apenas contenida.   —Las molestias que sufriste provocaron el desmayo —explicó—. Estás embarazada de dos meses, Leonica.   —¿Qué?   Ella... ¿estaba embarazada de dos meses?
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