Capítulo 3

994 Words
  La noticia llenó a Leonica de esperanza en la misma medida que de temor.   Un bebé crecía dentro de ella, prueba de las noches en que Gabriel y ella habían hecho el amor. La promesa de un vínculo entre ambos más fuerte que nunca.   ¿Renunciaría Gabriel al divorcio cuando supiera que llevaba a su hijo en el vientre?   —Tengo... tengo que decírselo —murmuró, buscando el teléfono con la mirada.   Lo encontró sobre la mesita de noche. Con una sonrisa en los labios, marcó el número de Gabriel y se llevó el móvil al oído.   El tono sonó una y otra vez. Los segundos se convirtieron en minutos y los intentos se sucedieron sin resultado.   Gabriel no contestó.   ¿Cómo iba a prestarle atención ahora que su antiguo amor había regresado?   La sonrisa de Leonica se volvió amarga. Los dedos con los que sostenía el teléfono comenzaron a temblarle.   —Basta, Leonica —dijo Benjamin con un profundo suspiro. Después de intercambiar una mirada con su esposa, le quitó el móvil de las manos.   —Quizá esté ocupado, papá —trató de explicar ella con una sonrisa forzada.   Sabía que sus padres jamás habían visto aquel matrimonio con buenos ojos.   —Mi niña —comenzó Cassandra, tomándole las manos—, ¿Gabriel te trata así todo el tiempo?   —¿Así cómo? —preguntó Leonica, aunque intuía lo que su madre quería decir.   —Hoy era el funeral de su abuela —intervino Benjamin con gesto serio—. Lo mínimo era que permaneciera a tu lado. Sin embargo, quien te trajo al hospital después de encontrarte inconsciente fue un completo desconocido. ¿Qué pasó?   Leonica suspiró. No sabía cómo contarles que Gabriel le había pedido el divorcio. Desde el principio, sus padres habían desaprobado todo cuanto ella sacrificó para casarse con él. Para no preocuparlos, Leonica había ocultado muchas de sus discusiones, tanto a ellos como a la difunta abuela de Gabriel.   Pero el amor —o su ausencia— siempre se revelaba en los detalles más pequeños. Su silencio bastó para darles una respuesta.   Ambos suspiraron. Cassandra negó con la cabeza mientras ayudaba a su hija a acomodarse de nuevo en la cama.   —Cariño, me alegra que estés bien y también que esperes un bebé. Pero tienes que pensar seriamente en tu matrimonio.   —De no haber sido por la propuesta de la señora Bryce y porque tú estabas tan enamorada, jamás habríamos aceptado a Gabriel como yerno —afirmó Benjamin con desdén.   El corazón de Leonica se encogió.   —Tres años bastan para conocer el corazón de un hombre —añadió Cassandra—. Eres demasiado inteligente para no comprenderlo. Y, aunque no quieras pensar en ti, piensa en el bebé que llevas dentro.   Benjamin asintió.   —Si Gabriel te ha tratado así desde el principio, está claro que no ha sido un buen esposo. Dudo mucho que pueda ser un buen padre. Divórciate de él y vuelve a casa. Tu madre y yo podemos ayudarte a criar a ese niño.   La tomó por los hombros y la obligó a sostenerle la mirada.   —No olvides quién eres, Leonica. Eres la hija de la familia Romero. Nuestra familia no es menos poderosa que la suya.   —Divórciate de él, cariño —insistió Cassandra—. Tanto tú como tu bebé merecen algo mejor.   La preocupación sincera de sus padres conmovió profundamente a Leonica. En un solo día, las personas más cercanas a ella le habían pedido que renunciara a su matrimonio.   ¿Se había equivocado desde el principio?   Bajó la mirada hacia la pulsera que llevaba en la muñeca, un regalo de aniversario de la abuela. Gabriel olvidaba la fecha casi todos los años; la anciana, nunca. A veces, ni siquiera Leonica comprendía por qué había depositado tanta fe en aquel matrimonio.   Si siguiera viva, ¿también le aconsejaría divorciarse?   La idea la llenó de amargura, pero la rechazó enseguida. No. La abuela se habría alegrado muchísimo con la noticia. Llevaba años deseando tener un bisnieto.   Además, Gabriel todavía no sabía que iba a ser padre. Tal vez, cuando se enterara, cambiaría de opinión.   Las lágrimas le nublaron la vista. Leonica tomó una decisión por la abuela, por su bebé y por sí misma.   —No. No puedo hacerlo —murmuró, negando con la cabeza.   —Leonica... —comenzó su madre.   —Por favor, mamá —la interrumpió ella con una mirada suplicante—. Déjame intentarlo una vez más. Solo una última vez.   Sus padres reconocieron la determinación en sus ojos. Finalmente, suspiraron y asintieron, respetando su decisión.   Unas horas después, Leonica recibió el alta con instrucciones estrictas de evitar el estrés y las insistentes recomendaciones de sus padres para que cuidara de sí misma y del bebé.   Regresó a casa poco después, impaciente por contarle la noticia a Gabriel.   Sin embargo, nada más cruzar la puerta, se quedó pálida. Junto a los zapatos de su esposo había unos tacones rojos y un bolso Gucci verde.   El corazón volvió a dolerle. Trató de convencerse de que Gabriel nunca sería capaz de llevar a otra mujer al hogar que compartían, una casa que su amada abuela les había regalado.   No podía haber roto la promesa que le hizo, ¿verdad?   Pero ya la había roto al volver a ponerse en contacto con Angelina.   La idea encendió su ira. Esta vez no permanecería impasible mientras una tercera persona mancillaba la casa que tanto apreciaba.   Con los dientes apretados y la furia corriéndole por las venas, subió las escaleras y se dirigió a toda prisa al dormitorio.   Abrió la puerta de golpe, sin llamar, y se quedó petrificada.   Una mujer morena estaba sentada al borde de su cama. Tenía el cabello húmedo y el cuerpo envuelto en una toalla. Desde allí, contemplaba a Leonica con la expresión más inocente del mundo.   Era el antiguo amor de Gabriel.   Angelina Fernandez.   La mujer a la que más odiaba.   Su peor pesadilla.
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