1.
Lia Rowan se mira en el espejo del amplio y lujoso vestidor y suelta un suspiro que contiene muchas emociones reprimidas. El día llegó, por fin, aquel que había anticipado con tanta emoción y, al mismo tiempo, el que ahora desea no tener que enfrentar. Lo último que quiere en este momento es verlo, cruzar miradas con ese hombre con el que soñó ser feliz y que ahora solo le provoca un dolor profundo. Pero hizo una promesa hace tiempo atrás, y ella siempre cumple con su palabra, incluso si eso la desgarra por dentro.
Cualquier otra persona en su lugar simplemente habría tomado sus cosas y se habría ido sin mirar atrás, pero Lia no es así. No podía ni quería dejar las cosas como alguien que sale huyendo por miedo a las consecuencias. Decidió que, después de hoy, ya no habrá más para ella y Axel Storme. Este es el final de su historia. Después del ascenso, podrá irse y olvidarse para siempre de él, o al menos intentarlo.
Gira la cabeza lentamente hacia el vestido que cuelga en una esquina. Es elegante, de un verde aguamarina que refleja tanto el lujo como el esmero con el que fue confeccionado. Axel había mandado hacerlo especialmente para ella con una de las costureras más renombradas del extrangero, para esta ocasión en particular.
Antes, cuando las cosas entre ellos aparentaban ir bien, ella estaba muy emocionada por la idea de usarlo. Se imaginó este día miles de veces, a su lado, sonriendo, triunfante, siendo parte de su sueño cumplido. Pero ahora, después de lo que sucedió, todo cambió en un abrir y cerrar de ojos. Ya no queda nada de ese entusiasmo. Solo el vacío y el dolor que ahora dominan su corazón.
Un suave sonido de pasos se escucha detrás de ella, y Marcela, la empleada que trabaja para Axel desde que era un niño, aparece con una media sonrisa triste y algo preocupada al notar el rostro contraído de Lia.
—Le traje su té con miel, señora. Bébalo ahora que está caliente, sin duda la calmará un poco. Si desea, le puedo traer un analgésico para el dolor de cabeza —dice la anciana dejando la taza a un lado.
Ella escuchó el llanto de Lia durante toda la noche y tampoco pudo dormir de la preocupación. Además, Axel no apareció como de costumbre y eso sin duda es una muy mala señal.
—Gracias, Marcela, eres muy amable. No necesito la pastilla, estoy bien con té. —Lia bebe un sorbo, pero su ánimo no cambia en absoluto.
—¿Desea que la ayude a vestirse? —pregunta Marcela con su habitual tono dulce, consciente de la lucha interna que está atravesando Lia.
Ella la mira a través del reflejo en el espejo, intentando esbozar una sonrisa que no llega a materializarse. Su expresión es la de una mujer agotada, cargada de emociones contrariadas que ni siquiera ella puede comprender.
—No es necesario. Estoy bien, gracias.
Marcela asiente y sale de la habitación en silencio, dejándola a solas. Ella es consciente de su posición en la casa. Por más que desea intervenir en la relación de estos dos, no puede. Axel es como un hijo para ella, pero no puede simplemente hacer que cambie de opinión. Siempre fue terco, frívolo y arrogante, tal como sus padres le enseñaron a ser, como su misma carrera lo amerita.
Lia se queda quieta por un momento, mirando de nuevo su propio reflejo. Sus ojos todavía están rojos e hinchados por el llanto de la noche anterior. No puede hacer milagros, por lo que decide maquillarse de manera sencilla, solo lo necesario para cubrir un poco sus ojeras, pero no lo suficiente para ocultar lo que realmente está sintiendo. Ya no quiere ocultar nada de nadie. Se siente cansada de aparentar estar bien, de luchar por algo que claramente nunca va a tener.
Con un suspiro resignado, comienza a vestirse de manera lenta, colocando cada prenda con la meticulosidad de quien sabe que está enfrentando su último acto. La seda del vestido cae perfectamente sobre su fina cintura y sus anchas caderas, y aunque sabe que se ve hermosa e impecable, Lia no se siente así. Este vestido ahora se siente como una prisión, como un recordatorio de un futuro que nunca más será.
Su teléfono suena estrepitosamente y por el sonido sabe que Yvy, su amiga, la única además de los empleados de la casa que sabe la verdadera historia entre ella y Axel.
—¿Estás bien? —pregunta cuando Lia toma la llamada.
—Lo estoy, no te preocupes —contesta ella, pretendiendo sonar normal, pero su voz apagada y ronca la delata.
—No tienes que fingir conmigo, Lia. Nadie puede estar bien después de lo que pasó. Ese maldito…
La mente de Lia se empieza a llenar de nuevo con aquellas imágenes. Esas noticias que rápidamente circularon por todas las redes: “Lia Rowan fue vista totalmente ebria entrando a la habitación de un hotel con tres hombres. Un escándalo total. Su jefe, el mismisimo Axel Storme confirmó su identidad a la prensa cuando fue a buscarla”
Claro que Axel lo había hecho. Las fotos mostraban a Ravenna, incluso algunos la reconocieron, pero para no arriesgar su imagen pública, él usó la misma chaqueta que Lia había olvidado en el asiento trasero de su auto esa tarde para tapar el rostro de aquella mujer y hacer creer a todo el mundo que había sido ella.
¿Por qué su dignidad vale menos que la de Ravenna? ¿Por qué ella tiene que sacrificar su propio nombre para tapar las barbaridades de esa mujer? ¿Acaso sus sentimientos no valen nada?
Y con todo el descaro del mundo, cuando Lia reclamó a Axel y quiso declarar públicamente que no había sido ella, él la obligó a callarse y tragarse su amargura. Cerró todas sus opciones para que no pudiera defenderse. La dejó aislada hasta la mañana.
«Ravenna no puede verse involucrada en estos escándalos. Ella es sensible. Tú lo tienes todo, ¿no puedes ceder solo un poco? ¿Por qué eres tan mezquina?» Las palabras de Axel vinieron a sus pensamientos.