¿Ceder un poco? ¿Mesquina? Esa mujer ya estaba robando toda su vida. Su tiempo, la atención de su esposo, su cariño. Ahora también su dignidad.
—Por favor, no hablemos de eso. Esta relación ya terminó, no vale la pena —la interrumpe Lia, secando una lágrima rebelde de su mejilla.
—¿Estás segura de tu decisión? Ya tengo todo listo. Una vez que salgas de esa casa, ya no habrá marcha atrás, amiga.
—Estoy completamente segura, Yvy. Estaré allí a la hora que acordamos.
—Te mando mucha fuerza para enfrentar a esas víboras. Recuerda que te quiero.
—Yo también te quiero.
La llamada se corta y Lia termina de vestirse.
Finalmente, cuando ya está lista, toma su bolso y baja las escaleras, donde el chofer la espera. No hay palabras entre ellos, solo un asentimiento de cabeza cuando él abre la puerta del automóvil para que ella suba. El viaje es silencioso. Lia se mantiene mirando distraída por la ventana, sin prestar atención al mundo que la rodea.
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El ambiente se siente pesado y sombrío en la suntuosa oficina en el último piso del Edificio Storme Helix Group, un espacio amplio y elegante, decorado con muebles de cuero oscuro, pisos de mármol y ventanales que ofrecen una vista panorámica privilegiada de la ciudad. Sin embargo, toda esa majestuosidad y elegancia no hace más que acentuar la tensión que burbujea en el aire.
Detrás del escritorio, Axel Storme permanece inmóvil, con la mirada fija en un documento que tiene frente a él. Su expresión es inmutable, pero su aura imponente y gélida llena la sala, asustando a la joven asistente que se encuentra parada a unos metros de él.
Su presencia esta mañana en la empresa es un peso invisible que aplasta el ánimo de todos los que están cerca. Nadie se siente cómodo bajo su mirada, aunque en ese momento Axel no dirige su atención a ninguna persona en particular. Parece estar concentrado en los papeles que tiene delante, pero su mente está muy lejos de ahí.
A un lado, una de sus asistentes está de pie, rígida como uno de sus soldados y con el corazón latiendo más rápido de lo normal. La tensión es evidente en cada movimiento involuntario de sus manos y en la rigidez de su postura. Sus dedos juegan nerviosamente con el borde de su chaqueta de trabajo, mientras trata de contener las lágrimas que amenazan con desbordarse. El mal humor de Axel es conocido por todos los empleados, pero esta mañana es especialmente aterrador. Ella no se atreve a decir una sola palabra, ni siquiera a respirar demasiado fuerte, por temor a que cualquier cosa pueda desencadenar de nuevo la furia de su jefe, como lo hizo con la taza de café que preparó para él con tanto esmero y que terminó hecha triza contra el suelo.
En el sofá de la misma oficina, se encuentran Kai Draven, el amigo de Axel desde la infancia, y Ayla, su hermana menor. Ambos observan su comportamiento con una mezcla de tristeza y frustración.
Ayla, con el ceño fruncido, lanza miradas de reojo a Axel, intentando comprender qué está sucediendo por debajo de esa fachada de frialdad que ella conoce tan bien. Sabe que algo grave ocurrió, y aunque su hermano no lo ha dicho explícitamente, ella puede intuir que se trata de Lia. Solo ella es capaz de causar ese tipo de estragos en su hermano.
Kai sabe bien lo que ocurrió, pero tampoco dice una sola palabra. Había recibido una llamada tarde en la noche de parte de su amigo pidiendo que se reunieran de forma urgente. Axel no es el tipo de hombre que pide ayuda, ni siquiera a él, pero esta vez la situación lo llevó al límite, aunque él no quiera admitirlo.
Axel no muestra ni una pizca de emoción en su rostro, ni un gesto que delate lo que está sintiendo. Pero, tanto su hermana como su amigo, pueden ver más allá de su expresión imperturbable; lo conocen lo suficiente para darse cuenta de que está bastante enfadado.
El silencio en la sala es casi insoportable, y cada minuto que pasa aumenta la tensión. La asistente desea con todas sus fuerzas que llegue su salvadora para liberarla de la incomodidad de estar parada ahí sin saber qué hacer. Pero no hay rastros de Lia. ¿Qué habrá pasado? Ella siempre se presenta muy puntual.
Finalmente, Kai es el primero en romper el silencio. Carraspea levemente y luego dice:
—Bueno, al menos el día es precioso para celebrar tu ascenso.
La mandíbula de Axel se tensa ligeramente, pero no responde. Kai suspira, frustrado, y se levanta del sofá para acercarse a su escritorio.
—Sé que este no es tu mejor momento —continúa Kai—, pero no puedes seguir así. Tío Victor va a llegar dentro de unos minutos. ¿Qué va a pensar si te ve con esa cara si se supone que este debe ser el día más feliz de toda tu carrera?
Axel permanece en silencio por unos segundos antes de levantar la vista, su mirada es oscura e impenetrable. Cuando por fin habla, su voz sale baja y controlada, aunque teñida de un resentimiento que no está dirigido a su amigo.
—No me importa lo que él piense de mí. Ni él, ni nadie.
Ayla, que había estado en silencio desde que llegó, suelta un suspiro resignado al oír a su hermano.
Axel frunce los labios y deja caer los papeles sobre el escritorio. Se levanta de su silla, alto e imponente, y camina hacia el ventanal, donde la ciudad se extiende ante él como una gigantesca maqueta en movimiento. Ciudad que ahora está completamente bajo su dominio al ser ascendido a comandante de la guardia nacional.
Permanece allí parado en silencio. Sabe que Kai tiene razón, hoy debía ser el día más feliz de su vida, pero la batalla interna que libra en su mente y su corazón es mucho más complicada de lo que puede explicar.
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