Erin movió sus hombros y bajó la mirada, tenía la impresión de que su escote era muy pronunciado y subió el borde de la tela para cubrirse, dos minutos después le picaba el cuello y se rascó ligeramente para no dejar marcas en rededor de la gargantilla, diez segundos más tarde acomodó su cabello detrás de la oreja, se humedeció los labios, desvió la mirada y volvió a tirar de la tela de su vestido para cubrir su pecho. Marius dejó el lápiz recargado contra el boceto – podría, por favor, ¡honorable señorita!, ¡DEJAR DE MOVERSE! – alzó la voz. Erin palideció – y usted, ¡podría dejar de mirarme! – Puedo, sí es lo que prefiere puedo dibujarla con los ojos cerrados, pero no me haré responsable si el resultado termina pareciéndose a un simio. Erin apretó los labios – no me refiero a eso, su