Camino hacia el elevador con pasos lentos, intentando que la gente que pasa a mi lado no note que estoy en piloto automático. Presiono el botón y las puertas se abren con ese sonido mecánico tan familiar. Entro y respiro hondo, esperando ese breve momento de soledad. Pero antes de que las puertas se cierren, escucho unos pasos rápidos y una voz grave. —¿Te llevo? —Es Arístides, entrando justo a tiempo. Dudo un segundo. No estoy segura de querer compañía ahora, pero su mirada es tan directa y serena que me resulta difícil decirle que no. —Está bien —respondo, con un hilo de voz. Mientras el elevador desciende, siento sus ojos sobre mí. —¿Cómo estás después de esta tarde? —pregunta, con ese tono suyo que mezcla preocupación genuina y una cautela que me hace sentir vista pero no invadida

