Camino junto a Beatriz por el pasillo principal del piso directivo con paso firme, pero sin apurarla. Aún hay algo de incertidumbre en sus ojos, esa mezcla de emoción y nerviosismo que acompaña el primer día en una empresa de este calibre. La entiendo. Es un mundo de trajes sobrios, puertas con nombres que pesan y decisiones que se convierten en cifras en tiempo récord. —Esa oficina de la esquina —le señalo mientras pasamos frente a los paneles de vidrio polarizado— es la de la directora de estrategia internacional. Está vacía desde hace tres semanas. El último inquilino fue ascendido a París. Ella asiente, toma nota mental, o eso supongo. Beatriz no habla demasiado, lo cual agradezco. Su silencio no es incómodo; es expectante, atento. Le señalo un par de puertas más. Una, la del área le

