El sol de Roma no perdona ni siquiera en la mañana. Es una luz dorada que se derrama por las fachadas de los edificios, que brilla en las cúpulas lejanas y hace que hasta las sombras parezcan tener historia. Me arremango un poco la camisa de lino mientras observo cómo Nicoló sostiene a Emilio en su regazo. Es nuestra última mañana en Roma y hemos decidido pasarla recorriendo lo que podamos y a nuestro estilo. Luego del incidente de Emilio, lanzando un chorro de orina en el pecho a su padre, preparé el desayuno y decidimos salir a pasear solo los tres. La plaza está llena de vida, de turistas que van y vienen, de vendedores que gritan sus ofertas en italiano con ese tono musical tan característico, de niños que corretean persiguiendo burbujas. Pero en medio de ese caos hermoso, lo único qu

