5

2028 Words
Terminamos en una pizzería en primera línea de playa, no era la primera vez que iba pero para ser pizza era algo caro. Pero estaba bien. Veíamos las olas del mar a través de los ventanales y aunque en verano estaba mucho mejor el ambiente, me gustó muchísimo aquella noche. —¿Nunca has salido del país? —me preguntó. —No. Sólo he cogido aviones para ir y venir de Arizona. —¿No había universidades allí? —se interesó. —Sí, pero ya me aburría. Vivía en un pueblo en mitad del desierto y la facultad de ciencias de la universidad estatal estaba bastante olvidada. —¿Siempre has querido estudiar lo que haces? Asentí, pero luego lo dudé. Había querido ser tantas cosas... —No tanto —admití—. Empecé queriendo estudiar ingeniería aeroespacial y astronomía, luego quise ver la rama de paleontología e historia pero en los exámenes de acceso tuve una nota superior y vi más futuro en intentar mejorar la genética que en cosas del espacio o de hace miles de años. No dejaba de mirarme, pensé que quizás lo estaba aburriendo porque no había dejado de hablar de mis cosas; él no me contó mucho de su vida. —Son un coñazo mis cosas de ciencias, lo siento. —No no —me cortó—. Me gusta escucharte. Eres interesante, Maya. Sonreí. —Pues no tengo mucho más que contar. ¿Qué hay de ti? Parecía retarme con la mirada cuando levantó la barbilla y me miró con recelo en la mirada. —¿Qué quieres saber? —¿Por qué te estás divorciando? —pregunté, se me resbaló de los labios pero tenía muchísima curiosidad—. ¿No eres demasiado joven para que te haya dado tiempo a todo? Te tuviste que casar joven. Bajó la mirada un segundo y le dio vueltas a su vaso de refresco. —Lo normal. ¿O a qué edad te quieres casar tú? —Oh, a ninguna —aseguré—. Era verdad lo de que nadie me aguanta tanto —bromeé y lo vi sonreír. —A mi no me parece difícil aguantarte —dijo y creo que me sonrojé como una tonta. —Estábamos hablando de tí. ¿Por qué te estás divorciando? —Las cosas iban mal —se limitó a decir y percibí como el tema le hacía ver más sensible—. No funcionaban ya. Su trabajo, el mío... Era jodido. Era jodido. Supongo que dejar de querer a alguien era jodido. Me imaginaba que la debió querer mucho y estaba segura de que aún la debía de querer un poco porque sonó triste, como si le jodiera de verdad hablar del tema. —Oh... —exhalé y me miró, ¿debía decir algo más?—. Lo siento. Soltó una ligera risa ronca que me puso la piel de gallina. —Lo tengo superado —dijo, pero no me convenció. Dejamos de hablar de su divorcio, de su mujer, nos centramos en cosas en común como los géneros de películas que nos gustaban y de historias tontas de la universidad. Me contó como eran las fiestas locas a las que iba en la fraternidad y yo le conté que todavía se veía a gente tirada por los bancos del campus la mañana después de una fiesta. Me contó que heredó la empresa de su padre y su padre de su abuelo, y que aunque al principio no estaba seguro de querer seguir los pasos de sus antecesores, ahora se alegra de haberlo hecho. Entre conversación y conversación terminamos de cenar súper tarde, estaban recogiendo el local cuando nos dimos cuenta. Se me pasó el tiempo volando delante de las narices. Nunca me había senido tan cómoda hablando de todo con un chico (o un hombre como Dante). Pagar la cuenta fue una odisea: yo quería pagar aunque fuera la mitad, no me gustaban las invitaciones y sentir que debía algo a otra persona; sin embargo Dante sacó su tarjeta y me sonrió. —Yo te he invitado a salir. Y no hemos terminado. Eran las once y media y tampoco quería volver a la residencia. Volvimos a su deportivo y empezó a conducir hacia alguna parte. La conversación entre los dos siguió fluyendo sobre el sonido suave de la música que salía de la radio. Miraba de vez en cuando hacia la carretera y nos alejábamos cada vez más de la ciudad. No me extrañé ni dije nada porque estaba cómoda. Dante aceleró por la autopista hasta un desvío alejándonos de la costa y metiéndonos de pleno en la densidad de las afueras. Entró en una carretera de doble sentido y vi como cada cuantos kilómetros se levantaba una casa enorme. Era como esos barrios residenciales de película dónde los millonarios querían toda la privacidad. Era un barrio residencial enorme con casas de lujo. Redujo la velocidad y asumí el hecho de que estábamos en su casa y de que debía cerrar la boca para no parecer una tonta. Vivía en una casa ultra lujosa de tres alturas: blanca con las ventanas y puertas en n***o e iluminada con una ténue luz indirecta. También era moderna y vi un par de cámaras apuntar al exterior. Era intimidante pensar en la suguridad que debía tener la propiedad. Dante giró el volante y bajó una rampa de cemento hasta un garaje solapado con su casa ultra moderna. Estaba viendo cosas jamás podría tener. En el garaje tenía cuatro coches de lujo. —¿Son todos tuyos? —¿De quién sino? —bromeó y quitó la llave del contacto. Bajamos, y al atravesar una puerta nos encontramos con un amplio espacio cuadrado y unas escaleras de caracol negras. Había otra puerta pero nosotros subimos y llegamos al vestíbulo de la casa. Otra escalera amplia subía a otra planta, pero Dante me apoyó la mano en la espalda baja y me guió a través de un arco ancho. La mayoría de muebles eran de colores neutros, no había nada que no fuera n***o, blanco o gris y la luz ténue que tan bien iluminaba la casa me hacía sentir cómoda. Era una casa preciosa, amplia y limpia. Parecía que nunca dejaríamos de andar pero al final del enorme salón subimos tres escalones y Dante descorrió una puerta de cristal negra que daba paso a un acogedor espacio con sillones, una chimenea y un mini bar. La casa entera me encanataba porque tenía ventanas enormes con las que se veía todo el jardín que tenía: desde la piscina hasta la pista de baloncesto. —¿No te da miedo que te vean por las ventanas? —pregunté. Dejé el bolso sobre un mueble junto a la puerta y el abrigo junto al de Dante en un perchero. —No se ve nada desde fuera. Son cristales tintados. —Caminó hasta el mini bar y abrió el armario lleno de botellas—. ¿Qué quieres beber? —¿Qué tienes? —De todo. Las paredes del espacio eran grises oscuras y los sofás negros, daba un ambiente relajado, para descansar. Nos quitamos los zapatos y subí los pies al sofá, acobijándome en la comodidad de ese sofá. Dante encendió la chimenea, daba calor pero no era de leña, era artificial. Y seguimos hablando de cualquier cosa durante un buen rato. Entramos en la madrugada y no me hubiera ni entereado de la hora si Cindy no me hubiera mandado un mensaje y yo no hubiera mirado el teléfono. Lo volví a dejar sobre la mesa de centro de cristal y al echarme contra el respaldo sentí su brazo en mi espalda. Lo miré, acabábamos de terminar nuestra tercera copa de la noche, lo vi más guapo de lo que quizás debía pensar de mi jefe. —¿Qué? —me preguntó él con una media sonrisa pícara. Estaba segura de que los dos teníamos claro a dónde ibámos a llegar. Sé que me dije a mí misma que no debía volver a pasar, que era un error, pero... ¿Qué de malo había? Yo quería que él me follara. —Nada. Sus ojos se pasearon por mi cara hasta mi pelo, y sentí sus dedos tirar de la goma que me lo sujetaba. Cerré los ojos cuando sus dedos se hundieron en mis mechones. Estaba algo borracha y era una borracha a la que le encantaba su jefe medio divorciado. La mano de Dante se enredó en mi pelo y abrí los ojos Lo estaba pidiendo a gritos y él también, sino no estaría allí. —A mi no me parece que "nada" —dijo. —A mi tampoco. Me miró a los labios, tenía una mirada atrayente y él sabía lo que provocaba en las mujeres. Sabía lo que me estaba haciendo y tenía el control de la situación. Hubiera hecho cualquier cosa si me la pidiera. Pero no me pidió nada, sólo me empujó contra sus labios y me besó. Me besó como lo hizo aquella noche y aún más confiado. Me apretó el muslo con su otra mano y me subí a horcajadas sobre su regazo. Enredé los brazos en su cuello, acercándome a él todo lo posible. Su lengua se lanzó a por la mía y me tocó como quiso, y yo lo dejé porque lo deseaba. Sus dedos se hundieron en mi culo sobre la tela de los pantalones y me empujó contra su entrepierna. Jadeé. No tardó en ponerse duro. El calor de tanta fricción me empezó a sofocar y le quité la camiseta. Su brazo me envolvió por la espalda y me levantó sobre sus caderas para dejarme tumbada en el sofá. Se echó sobre mí como un animal hambriento; Dante me besa con pasión, su lengua se entrelaza con la mía y sólo me está sofocando de tanta excitación. Pasé mis manos por su pecho definido y por su abdomen sintiendo cada musculo, era tan jodidamente sexy. Apoyó la rodilla a mi lado y sin dejar de besarme empezó a desabotonarme la camisa. Lo hizo rápido, me arqueé para que me la quitara y su boca se trasladó a mis pezones. Estaba demasiado excitada para pensar en nada. Dante se separó, me dejó los pechos magreados con sus besos y, de rodillas entre mis piernas, me desabrochó los pantalones con una agilidad impresionante. Verlo así bajo esa luz tan ténue de la chimenea, con sus ojos negros brillando con deseo, desnudándome... estuve a punto de tener un orgasmo y ni siquiera habíamos empezado. Me sentía sorprendentemente cómoda con el echo de que mi jefe me estaba desnudando por segunda vez. Me senté, sólo porque quería volver a besarlo y no estaba teniendo paciencia. Dante me besó con las mismas ganas y me empujó con sus besos hasta volver a tumbarnos en el sofá. Me acarició todo el cuerpo, desde el muslo desnudo hasta que sus dedos se cerraron alrededor de mi teta y me apretó. Gemí. —¿No era que esto no se iba a repetir? —soltó. —He cambiado de opinión —volví a besarlo y me lo devolvió. Encontré el broche de sus pantalones y no sé como pudo quitárselos porque no dejé de besarlo. Se puso un preservativo y me envolvió por el brazo para sentarme sobre su regazo. Volví a estar sobre él y me dejé caer lentamente. Dante era grande y me llenó entera. Nunca había estado con un hombre, todos eran chicos de mi edad o pocos años más mayores; pero nunca con un hombre de verdad. Se enredó mi pelo en una coleta y me hizo besarlo, y yo estaba encantada gimiendo en su boca. Su otra mano se deslizó como una caricia por mi espalda hasta que hundió los dedos en mi culo y me hizo moverme más deprisa. Lo escuché gruñir, su pecho tembló contra el mío y me tocó con más fuerza. —j***r —bramó. Dante era una mezcla de todo lo que estaba bien en el sexo. No recuerdo la de veces que me hizo correr ni todas las posiciones que practicamos; pero me dejó agotada.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD