Me desperté por la mañana, desnuda en ese sofá n***o y cubierta por una manta gruesa. Tenía unas pocas agujetas pero me senté y sujeté la manta contra mi cuerpo para taparme. Mi ropa estaba ordenada sobre la mesa de centro y la chimenea seguía funcionando. ¿Y Dante?
No se escuchaba nada, así que me vestí y doblé la manta antes de coger mi teléfono y descubrir los mensajes de Cindy y una llamada perdida de mi padre. Ya hablaría con ellos después. Estaba abrochándome los botones de la camisa cuando la puerta se abrió y él apareció. Iba con unos pantalones de chándal grises y sin camiseta; ¿Hacía calor de nuevo, era yo o era el calor de la chimenea?
—Buenos días —dijo.
—Hola. ¿Puedes llevarme a la residencia?
Asintió con la cabeza pero no dejó de mirarme ni hizo nada por moverse.
—¿Te estás comiendo la cabeza otra vez?
Negué.
—¿Por qué lo haría?
—Lo hiciste la otra vez.
—Era diferente.
Estuve a punto de decir que sólo era un divorciado más, pero remover ese tema a Dante le afectaba, lo vi por la noche mientras cenábamos y me hablaba de su divorcio. Le quedaban sentimientos por aquella modelo y yo no quería traerlos a flote.
Y para serme sincera, me repetí que aquello solo fue sexo. Yo sólo estaba siendo una distracción. Una simple distracción.
Empezó a acercarse, yo seguí abrochándome la camisa hasta taparme el sujetador.
—Sigo siendo tu jefe —dijo y de reojo vi como bordeaba el sofá y lo sentí ponerse detrás de mi. Dejó caer sus manos en mis hombros y me dio un ligero masaje—. ¿Eso no era otro motivo?
Me abroché el último botón.
—No estoy en horario de trabajo así que no estás siendo mi jefe.
Me volvió a apretar los hombros y cuando me puse los zapatos me llevó a su enorme cocina de mármol blanco y gris. No tocamos el tema del sexo en todo el desayuno e intenté no pensar más allá. Yo le conté que tenía exámenes durante la semana y él me habló de que llevaba menos de un año en esa casa (desde que se separó).
—¿No tienes perros o algo? —me dio por preguntarle, me parecía una casa demasiado grande para él solo.
—Estaba pensando adoptar uno.
—Un chihuahua te vendría bien —bromeé.
Se rió.
Una media hora después nos montamos en uno de sus deportivos y me llevó a la residencia. Ese día el campus estaba más animado y me quise hundir en el asiento cuando todos empezaron a mirar el coche. Dante me miró de reojo. Frenó justo delante de la residencia y me incliné sobre las marchas para darle un beso en la mejilla.
—Adiós. Hasta mañana —me despedí y empujé la puerta del coche.
—Hasta mañana, Maya.
Sonreí y en cuanto atravesé la puerta de la residencia me llevé un susto. Cindy me estaba mirando con la boca semiabierta a medio camino de morder un trozo de pan.
—¿Me estabas esperando? —pregunté.
—No, he bajado a desayunar y algunas chicas hablaban del coche. Necesito que me lo cuentes todo.
Se lo conté todo, Cindy me escuchó divagar sobre mis dudas y mis líos mentales y sin entrar en los temas personales de Dante, dije en voz alta lo que era:
—Sólo soy una distracción para él. Lo está pasando mal con su divorcio —admití.
Cindy me miró desde su cama y suspiró conmigo.
—Deberías separar el sexo de los sentimientos, Maya. ¿Por qué no te animas a salir de nuevo con ese buenorro de la fraternidad? Tu jefe es...
—Demasiado para mi, lo sé —musité y me bajé de la cama para zanjar el tema—. Iré a llamar a mi padre.
Fue una conversación de un minuto y medio.
El lunes me desperté agitada. Tenía un examen y, aunque me lo sabía, siempre me ponía algo nerviosa; por suerte salí antes de mis clases, pasé por el laboratorio y pude descansar un rato antes de coger el coche hacia la empresa. Me pregunté como serían las cosas después de acostarnos (por segunda vez), pero no le di más vueltas.
Subí a recepción a fichar mi entrada y mentiría si dijera que durante mi jornada no estuve mirando por todas partes por si nos encontrábamos. No pasó como me gustaría.
Antes de irme tengo que dejar unas fichas en la recepción del vestíbulo y casi se me cayeron cuando se abrieron las puertas del ascensor. ¿Era normal aparecer en la empresa del hombre del que te estabas divorciando? Esa modelo estaba ahí, hablando animadamente con los de la recepción y se me olvidó hasta caminar. ¿Qué hacía ahí? Pero no era nadie para preguntármelo.
Sujeté con fuerza las fichas y atravesé el vestíbulo. Esa modelo alta, rubia, de ojos azules y vestida a la perfección me miró y me regaló una sonrisa. Por si fuera poco, la recepción era enorme pero tenía que dejar los papeles justo dónde ella estaba. Con esa sonrisa perfecta de anuncio me dejó el hueco.
—Vengo a dejar estas fichas —anuncié.
—Oh, eres nueva —comentó esa modelo.
Cerré los ojos. > Giré lentamente y puse mi mejor sonrisa. Sabía quién era porque, además, su cara estaba en un montón de revistas, en carteles publicitarios de marcas súper lujosas y era una de las modelos más reconocidas.
—Umm.. Sí. Bueno, llevo unos cuantos meses más.
—¿Eres su nueva secretaria? —no dijo su nombre pero lo tuve claro.
—Estoy de becaria —respondí.
—Oh. Seguro que te tienen de un lado a otro todo el día. Conozco a estos trabajadores y tienen la cabeza metida en papeles —bromeó—. Son todos muy serios y estrictos pero te aseguro que no muerden.
—Me he hecho a las órdenes.
Se rió.
—No dejes que te intimiden. Soy Sophia —se presentó con una sonrisa radiante.
—Maya.
Joder. Encima era una mujer que caía bien. Ella también era perfecta, era para Dante.
No quise desanimarme, no tenía por qué. Ella quizás estaba ahí para hablar de su divorcio o para los papeles y eso. Suponía que haber estado casados era mucho follón.
—¿Eres de por aquí? Tienes algo de acento.
Su curiosidad me parecía amable; abrí la boca para responder pero se quedó en una exhalación cuando el ascensor emitió un sonido y él apareció. La manzana de la discordia.
Se quedó un momento de más parado dentro del ascensor, pero se colocó la americana y caminó con seguridad hasta nosotras. Yo tenía que irme, quería irme.
Sophia se colocó el abrigo, era alta, más que yo, y me sentí diminuta.
—¿Nos vamos ya? —le preguntó.
Dante asintió sin dejar de mirarme. Yo me despedí sin que pareciera que esa situación me estaba incomodando como nada. Levanté la mano y con una sonrisa me despedí de todos. Ella, Sophia, me sonrió de la misma forma. >
—Hasta mañana, Maya.
Levanté la mirada y me quedé estática en sus ojos negros.
—Hasta mañana, Dante.