No volví a verlo hasta pasados unos días, el jueves. Estaba haciendo de becaria como mejor se daba: con el ir y venir de cafés. Llevé un par al despacho en conjunto de contabilidad de la empresa y alguien me pasó un post-it con un número escrito y unas indicaciones.
—Para el jefe.
Cogí el ascensor hasta la última planta y Jeanne me recibió igual de amable que siempre.
—Hola, Jeanne, vengo a traer más recados. ¿Está disponible?
—Sí, le pillas justo, acaba de irse un socio. Puedes pasar.
Cogí aire y golpeé en su puerta antes de girar el pomo. Estaba de pie en mitad del despacho y giró el cuello para mirarme de reojo.
—Dime que no tengo más cosas hoy —me pidió.
Me reí.
—Te traigo un número de teléfono de contabilidad. Dicen que tienes que llamar.
Resopló y estiró la mano. Le pasé el papel y sus dedos rozaron los míos. Lo vi fruncir el ceño y pegó el post-it en la madera de su escritorio. Parecía desganado, me pregunté si tenía algo que ver con su mujer.
—¿Va todo bien? —me interesé—. Me ha dicho Jeanne que has tenido una reunión.
—Estoy hasta los cojones de la reuniones —admitió y me sorprendió su tosquedad—. Me he pateado las empresas de los socios toda esta semana.
—¿Y qué tal? Aunque no tienes cara de que bien.
¿Es por eso o por su mujer? >
—Pues eso —musitó y empezó a caminar hasta un mueble empotrado contra la pared—. ¿Tienes algo qué hacer?
—Trabajar.
Descorrió la puerta del mueble y apareció una barra llena de bebidas y vasos. Wow. Sacó dos vasos y empezó a preparar.
—Ponte cómoda.
—Estoy trabajando, Dante.
Los músculos se le marcaban a través de la camisa blanca y me mordí el labio. Quería que me hiciera de todo allí mismo.
—Te doy el día libre —dijo y se giró con los vasos en la mano. Me miró y me repasó con los ojos—. Así no me ves como tu jefe.
Me hizo sonreír con gracia y acepté el vaso.
—Además, es jueves por la tarde.
Se encogió de hombros y se quedó delante de mi, acorralándome contra su escritorio. Olía de maravilla y desprendía tanto magnetismo... Y entre los dos había algo. Yo lo sabía, lo sentía. Dante y yo habíamos encajado de maravilla, nos habíamos tirado dos noches enteras hablando, riéndonos, tocándonos. Pero no era para mi y debía saberlo. Dante era para una mujer como Sophia, para su mujer de la que había estado enamorado y por la que todavía le quedaban sentimientos.
Sentí como me apartaba el pelo de la cara, sus dedos me rozaron la mejilla y me sorprendió.
—¿Estás bien? —me preguntó.
Asentí.
—Sí.
—No lo parece. Estás más callada que de costumbre.
—¿Tanto me conoces ya?
Torció una sonrisa y ladeó la cabeza.
—Creo que sí. —Le pegó un trago a su vaso y me envolvió por la cintura con su brazo—. Vamos a sentarnos. Necesito que me cuentes algo de lo tuyo para dejar de pensar en esta mierda de semana.
¿Tanto le gustaba escucharme?
—¿Tanto te interesa escucharme? —fingí sorpresa para no sonar tan interesada de verdad en su respuesta.
—Sí. Eres una mujer interesante, ¿no lo sabías?
—Claro que lo sabía —bromeé con ironía.
Dante soltó una risa y yo otra. Nos sentamos juntos en un sofá de tres plazas n***o que tenía contra la pared junto a la puerta, y no dejó de tocarme. Me apoyó la mano en el muslo y yo me giré para no dejar de mirarnos. Estábamos tan cerca... Su mano me acariciaba el muslo sin parar y yo cada vez me acercaba más a él. Me gustó ver como pasó de estar estresado por el trabajo a sonreír, sonreía y se reía conmigo.
—¿Vas a estar aquí en Navidad? —me preguntó, pero me centré más en como su mano subía por mi pierna y se envolvía en mi.
Flexioné el brazo sobre el respaldo del sofá y apoyé la cabeza contra mi mano. Dante me escuchó suspirar.
—No lo sé, no creo. Suelo irme antes de Nochebuena a pasar las fechas con mi padre.
Y son todas un coñazo. Desde la marcha de mi madre las navidades no son lo mismo. Antes eran más familiares aunque fueran mentira; y después, solo eran cenas como las de cualquier otro momento.
Dante se acomdó, girándose más; se había bebido su vaso y el mío, pero estaba fresco y feliz. Levantó la mano y me quitó otra vez el pelo de la cara. Se enredó mi pelo en el dedo, no tenía ni punto de comparación con el pelo rubio de Sophia.
—¿Qué hay de tu madre? Nunca la mencionas.
No sabía si su seguridad para preguntarme eso venía por la confianza que nos teníamos; pero no me importaba.
—¿Tú sabes dónde está mi madre? —pregunté.
Frunció el ceño y se puso algo rigídio e intrigado.
—No.
—Yo tampoco —solté y la cara que puso me hizo reír. No debía reírme, era un tema serio el abandono de una madre, pero lo tenía asumido y no me molestaba el tema—. Un día simplemente ya no estaba. Fue hace mucho, cuando yo tenía catorce años. Nunca he vuelto a saber de ella.
Dante no dejó de mirarme con su intensidad, me estaba leyendo a través de la mirada y yo estaba completamente bien abriéndome a él.
—Es lo último que me hubiera imaginado —admitió.
Sonreí y sacudí la mano sin importancia, al bajarla, la dejé caer sobre su pecho y jugué con los botones de su camisa.
—Lo tengo superado, ya no me importa. ¿Tú pasas aquí las Navidades? —cambié de tema.
—Sí. ¿Cómo llevas lo de salir de la residencia?
Me gustaba como me miraba, como si estuviera intrigado de verdad en lo que tuviera que decir.
—Cindy y yo hemos encontrado un par de apartamentos, tenemos que llamar para solicitar una visita.
—Puedo ayudarte con lo que sea.
—Y no lo dudo, pero no es como que necesite esconder un c*****r —bromeé.
Sonrió y me pilló mirándolo como una tonta. Tenía el impulso de preguntarle por Sophia, del por qué su visita a la empresa del lunes, pero no tenía por qué importarme a mí.
Al rato, Cindy me llamó; mi hora ya había pasado y debía de estar ya en la residencia, pero no lo estaba porque estaba disfrutando de hablar con Dante, con mi jefe. No quería irme, pero era jueves y tenía clase al día siguiente.
—Debería irme —anuncié.
Al apoyarme en su pecho para levantarme, sus dedos se envolvieron en mi muñeca y tiró de mí hasta que me caí tan cerca suya que su respiración se mezcló con la mía, su nariz me rozaba y abrí la boca. > Y estuvimos a punto, Dante me miró los labios y se me subió el corazón a la boca.
>> —Es tarde —dije, por dejar claro que no podíamos pasar de allí. Quería que me besara, pero eso era todo, yo tenía una vida completamente diferenta a la suya con responsabilidades de otro mundo: como irme a la cama pronto para despertarme a las seis de la mañana.
Pero no me besó. Miró la hora primero.
—No voy a follarte aquí —me soltó, rozando sus labios con los míos—. A no ser que tú quieras.
Yo di el paso. Pegué mis labios a los suyos y Dante me empujó sobre su regazo. Me rodeó con sus brazos con tanta fuerza que me fundiría con él mismo. Pudimos estar así minutos, largos minutos antes de separarnos. Levantó el pulgar y me acarició los labios, sentía que los tenía hinchados y húmedos gracias a él, justo como él tenía los suyos.
—Voy a dejar que te vayas esta vez —dijo.
Me hizo sonreír y me bajé de él.
—¿Tú no te vas?
Se levantó y su presencia tan cercana me hizo verme diminuta, pero bien. Con Dante me sentía bien.
—Tengo papeleo que quiero terminar. Mañana no estaré porque tengo otra reunión.
—Oh —me llevé una mano al pecho con fingido drama y Dante me miró con una ceja arqueada—. ¿Así que no te veré mañana? Creo que voy a llorar —bromeé.
Soltó una carcajada que me hizo reír. Levanté la mano para despedirme pero me la cogió, sus dedos se enredaron en mi mano y tiró de mi con suavidad a su lado. Cogió su teléfono del escritorio y lo desbloqueó.
—¿Por qué no me das tu número?
—Pensaba que ya lo tenías, eso y todos mis datos.
Pero cogí su teléfono y empecé a agendarme.
—Prefiero que tú me lo des.
Unos segundos después le devolví el teléfono y lo dejó de nuevo en el escritorio. Era hora de que me fuera, suficiente tarde se me estaba haciendo ya.
Di un paso atrás para irme y atravesé todo su despacho hasta la puerta. Sujeté el pomo y lo giré, y al mirar atrás para despedirlo lo pillé mirándome el culo.
—¿Vas enserio? —solté con una risita.
Levantó la mirada y por primera vez me pareció algo avergonzado. Sonreí más. Dante era un hombre increíble, nunca había conocido a uno como él y nunca me había sentido tan cómoda con un chico.
—Hasta el lunes, Dante —me despedí.
—Te hablaré.
Asentí conforme.