DANTE
—No está queriendo firmar los papeles —me comunicó mi abogado.
> No quería seguir atado a una mujer como Sophia. Era jodido porque había estado con ella siete años y la mayoría fueron años buenos; era una mujer extraordinaria cuando no se estaba follando a sus compañeros de trabajo. Yo también fui un gilipollas, le perdoné demasiado y me terminé follándome a sus amigas. Nuestro matrimonio estaba roto desde hacía tiempo.
—¿Y si vamos a juicio?
Me miró y sacudió la cabeza. ¿Por qué coño no los firmaba?
—¿De verdad quieres remover todo esto y que se haga público todo? No te conviene meterte en una pelea de juicios. Sus abogados saldrán con tus antecedentes.
Resoplé. Había amado a Sophia pero había estado a punto de joderme la vida. Era una buena manipuladora hasta con lo que yo sentía.
—¿Entonces? Han pasado ocho meses.
—Deja que piense otra estrategia para que los firme por voluntad propia. Lo resolveremos.
—Eso espero porque por algo te he contratado a ti. Haz bien tu trabajo.
Tenía dinero de sobra, podía hacer lo que me diera la gana y sin embargo estaba enredado en un divorcio de mierda gastándome cantidades de dinero ingentes en el mejor abogado de esta parte del país.
Frunció el ceño desde el otro lado de la mesa, enfadado a través de sus gafas.
—Me harías el trabajo más fácil si no hubiera tenido que interponer una demanda a los que te han sacado fotos con tu nueva novia. ¿No puedes llevarlo en secreto hasta que tengamos los papeles del divorcio firmados?
Eso estaba siendo otra putada.
Me froté la cara. Por suerte las fotos con Maya no vieron la luz, tenía que tener cuidado.
—Lo intentaré.
—No lo intentes, hazlo.
Me dieron ganas de decirle que el que pagaba era yo, pero él era mi abogado, sabía más que yo de esos temas y de lo que me convenía ese momento.
Nos reuníamos casi todas las semanas para debatir lo mal que iba el proceso y él criticaba la mala práxis de los abogados de Sophia. ¿Qué se esperaba? Su mejor abogado era su padre y sabía que me tenían cogido por los huevos. Les daría dinero sólo por agilizar esto, pero no lo estaban aceptando.
—¿Y si subimos la cantidad? —propuse casi al finalizar la cena.
—No quieren dinero, ella no quiere tu dinero, quiere volver contigo. Ha solicitado una terapia de pareja para que podáis ir. ¿Qué te dijo?
A veces todavía me veía con ella, intentaba convencerle de que lo nuestro era imposible y lo había jodido un par de veces al acostarme con ella. Era jodido porque le había querido tanto que todavía me jodía como habían terminado las cosas. Mucho antes de pedir el divorcio ya había intentado arreglar nuestro matrimonio. Le di todo.
—Eso mismo, está convencida de que es otra mala racha.
—Debiste ponerle el divorcio a la primera hace años.
Me froté la cara de nuevo, me estaba estresando escuchar la misma mierda de todas las semanas. A veces parecía mi jodido consejero personal más que un abogado con esas mierdas que me decía. Yo ya sabía que no tenía que haberme acostado con ella después de pedir el divorcio, sabía que no tenía que haberme pensado el retirar el proceso y sabía que tenía que habérselo pedido la primera vez que me quiso j***r. No necesitaba un jodido abogado que me costaba miles de dólares para que me dijera eso.
Los fines de semana estaban siendo una mierda. Por lo menos retomé amistad con algún par de colegas de los que me alejé cuando aún estaba enredado con ella.
A media mañana recibí un mensaje suyo:
"¿Podemos vernos esta noche?" "Tenemos mucho de lo que hablar aún"
No teníamos nada más de qué hablar. Tenía que firmar los putos papeles.
Tecleé sin ganas:
"Tengo mucho trabajo esta semana"
Me metí en los contactos para ver qué podía hacer el fin de semana. Había tenido una semana de mierda, siempre era igual después de hacer nuevos socios y aceptar nuevos contratos. Todo eran reuniones, papeles, contratos, firmas y establecer el trabajo en equipo de las empresas. Estaba saturado del trabajo.
Y entre los números encontré el de Maya. Hablar con ella era fácil y cómodo, siempre tenía algo que contar. Podía hablarme durante horas de sus cosas y sería interesante. No lo sé, pero marqué su número.
—¿Diga? —contestó dudosa.
—¿Haces algo ahora?
—Oh, hola, Dante. Yo estoy bien, ¿y tú? Me alegra que lo preguntes —soltó con sarcasmo. Era divertida, Maya era la primera mujer que me encontraba que tenía esa personalidad—. Estoy estudiando.
—¿Y no puedes estudiar en mi casa?
Escuché cómo se reía. ¿Por qué no? Maya no estaba mal, me interesaba.
—¿Vas a venir a por mi? Porque no tengo coche. Cindy se lo ha llevado.
Miré el reloj y lo sopesé. Podía buscarla, eso no suponía nada. Estar en mi casa no sería algo público.
—Te recojo en una hora.
—Vale. Pues... te veo ahora.
Llevaba todo el día en chándal (los trajes no me gustaban del todo) y no me cambié para coger uno de mis coches: el todoterreno. Era el mejor para recogerla, tenía los cristales tintados y eso me bastaba.
Conduje hasta la universidad, en mis años era igual, habían renovado un par de cosas desde entonces pero los caminos eran los mismos. No tuve que esperarle mucho, Maya era rápida y puntual en la medida de lo que podía. Salió por la puerta de la residencia con el abrigo puesto y el pelo se le revolvió con el frío viento de la calle.
Maya era una chica guapa, y era interesante. No tenía pinta de querer joderme la vida pero, en su contra, Sophia al principio parecía igual de buena.
Saltó dentro del coche y trajo el frío.
—Hola —me dijo.
—¿Y tus cosas?
—Estudiaré mañana, me lo sé, más o menos. Tengo un examen práctico y dudo que tú tengas un laboratorio en tu casa.
Se recostó contra el respaldo del asiento de cuero y se frotó las manos. Subí más la calefacción y me sonrió.
—No tenemos una buena calefacción en la residencia —dijo—. ¿Qué tal la reunión de ayer?
Maya siempre tenía palabras en la boca, eso me distraía. El silencio me hacía pensar y ella parecía no saber lo que era aquello.
—Jodida —confesé. Las reuniones con mi abogado no estaban avanzando tan rápido a como me gustaría.
—Oh... —musitó—. Y... ¿cuál es el plan?
—¿Sabes cocinar?
Me miró y levantó una ceja. Tenía un perfil fino, muy femenino, sin retoques como el resto de mujeres con las que yo había estado. Maya era natural, era todavía demasiado joven.
—¿Me estás usando para hacerte la comida?
—Te estoy proponiendo algo diferente a salir por ahí.
Apretó los labios en una ligera sonrisa. Tenía los labios más normales del mundo. Ella era una chica normal del mundo estándar.
—¿Tú sabes cocinar?
—Tengo tanto tiempo libre que en algo lo he empleado. Soy un cocinero de la hostia.
—¿Ah, sí? —ironizó—. Tendrás que enseñarme. No voy a sobrevivir a base de pizzas y hamburguesas cuando nos mudemos. No he tocado una cocina en mi vida. Mi padre se pasó los años cocinando fritos y cosas precocinadas, si vuelvo a eso me voy a tirar por la ventana. Y en la residencia todo sabe a lo mismo, ya ni se esfuerzan.
El viaje se hizo ameno, hablar con una tía nunca había sido tan fluido.
Era la segunda vez que estaba en mi casa y miró todo como la primera vez: asombrada.
Fue un buen plan, cocinar me gustaba y Maya lo hacía todo tan cómodo... Sí, era un desastre, pero era un desastre divertido, genuíno. Si la hubiera conocido antes de Sophia creía estar seguro de que me hubiera quitado miles dolores de cabeza.
La miré de reojo, se había recogido el pelo en una coleta y fruncía el ceño cuando se concentraba, eso era algo que ya había visto en la empresa. Corrí a su lado para ponerle la tapadera a la batidora. Sí, no tenía ni idea de cosas de la cocina.
—Ups —me miró y sonrío.
> Cuando se dio la vuelta para hacer otra cosa, los ojos me bajaron a su culo ceñido en esos pantalones vaqueros que le quedaban tan bien. Tenía un buen cuerpo, no era comparable al de otras mujeres, al de Sophia, porque el cuerpo de Maya todavía era joven, todavía era natural.
Dejó de cocinar a la mínima que pudo, le indiqué dónde estaban las cosas y puso la mesa para los dos. No dejamos de hablar ni durante, ni después de la comida cuando nos echamos en el sofá de la sala de estar y encendí la chimenea. Se encogió a mi lado y apoyó el codo en el respaldo mirándome mientras hablábamos de cosas tontas sin importancia. Alargué la mano a sus piernas y me las pasé por el regazo. Maya se acercó más y sus uñas me acariciaron el cuello.
—¿Cómo va lo del perro? —me preguntó.
Sus uñas me acariciaron la nuca y me puso la piel de gallina.
—No estoy muy puesto a ello. ¿Cómo va lo de irte de la residencia?
—Bien, supongo. Cindy iba a llamar hoy a un par de apartamentos para ver cuándo podemos ir a verlos. Tenemos pagado este semestre, hasta después de Navidad, ese es el plan —me contó.
Me fijé más en como se movían sus labios que en lo que me contaba. Maya sería joven y esas cosas pero el sexo con ella era bastante bueno. No lo pensé dos veces. La tenía dura de solo imaginar cómo quería quitarle esos pantalones.
Le apreté el muslo y la empujé a mi regazo. Me entendió y consiguió pillarme el rollo cuando le besé como un animal. La buena comunicación que teníamos al hablar, al follar no era diferente. Se frotó contra mi polla sobre los pantalones y le apreté el culo con fuerza moviéndola sobre mí.
Era la segunda vez que la follaba en ese sofá. Su ropa se quedó por ahí enredada con la mía y me empujó por el pecho. La envolví por la cintura, el sudor de su cuerpo se pegó al mío y nos di la vuelta. Sus tetas se agitaron delante de mi cara y me las llevé a la boca. Su coño me apretó la polla mientras me cabalgaba. Emitía unos sonidos tan eróticos que me estaba volviendo loco.