Me quedé en casa de Dante hasta que se hizo de noche, hasta que sacó unas pizzas de su congelador y las metió en el horno. Haber pasado el día juntos me estaba gustando, era mucho más de lo que yo había hecho con algún exnovio.
A mitad de nuestra cena, Cindy me llamó y Dante estuvo mirándome mientras hablaba con ella.
—He llamado, podemos ir mañana por la mañana a ver un par de apartamentos. ¡Qué emoción!
Me hizo reír.
—Vale. Estaré de vuelta en un rato. Te veo luego.
—¡Adiós!
Dejé el teléfono sobre la isla, los pies me colgaban del taburete y los balanceé.
—Puedes dormir aquí —me dijo.
Me sorprendió, ¿estábamos ya en ese punto? Lo sopesé bien. Sabía que vivía solo, que nadie entraría y nos vería solos. Dante me gustaba, empezaba a hacerlo demasiado y había llegado a pensar que quizás debería frenarlo un poco. Pero era joven, ¿por qué no? Quería vivir intensamente las cosas mientras duraran porque sabía que muchas cosas no eran para siempre.
—¿Vas a madrugar para llevarme por la mañana a la residencia? —le piqué.
—Ya madrugo todos los días.
—Ay, eres de esos —musité. Yo era incapaz de despertarme pronto con ganas, mucho menos un fin de semana.
Dante soltó una risotada y se levantó para meter los platos en el lavavajillas.
Me dio un tour por su casa, yo me estaba quedando con la boca abierta por cada habitación a la que me llevaba. Tenía todo un gimnasio montado en el sótano junto al garaje y una sala de máquinas recreativas. Tenía una planta entera para cuatro habitaciones grandes con baños privados y una vez entramos en su habitación ya no salimos en toda la noche.
Su cuarto era enorme, en tonos grises, blancos y negros como el resto de la casa pero era impresionante. Tenía un baño igual de grande que toda mi habitación de la residencia y un cuarto aparte como ropero lleno de trajes y ropa. Era una de esas casas que yo jamás podría tener por mi cuenta. Demasiado grande para una sola persona, demasiado lujosa, demasiado todo.
—Tendré algo que te valga —me dijo rebuscando en su armario.
—Yo creo que no, pero me vale cualquier cosa.
Me miró a través de los grandes espejos de la sala y tiró de la manga de una sudadera verde oscura. Me la lanzó y la cogí al vuelo. Vi como se sentaba en un banco acolchado cerca de mí y se inclinó lo suficiente como para meter sus dedos por el bolsillo de sus vaqueros y acercarme a él. Me metí entre sus rodillas y bajé la vista sólo para ver cómo sus dedos me desabrochaban el botón de los vaqueros. Dejé que me quitara los pantalones y yo me quité mi jersey. Dante me acarició las piernas desnudas, sus dedos me cosquillearon por los muslos y treparon hasta el broche de mi sujetador. Me clavó sus ojos y no dejó de mirarme. Pinzó el broche y me quitó el sujetador, no dejó de mirarme tampoco. Sus dedos volvieron a bajar hasta mis piernas y me dio un empujón para sentarme encima suya. No tuvo que decir nada, me apartó el pelo del cuello y sus labios me llenaron de besos dejando un rastro hasta mi boca. Sus labios se abrieron contra los míos y lo acogí por las mejillas para que no dejara de besarme.
Me cogió con fuerza, levantándome sobre sus caderas para ir a la cama. Era la cama más cómoda que jamás probé, pero no lo noté mucho por el momento porque el cuerpo de Dante sobre el mío era lo único que quería sentir. El calor que desprendía me sofocaba y metí las manos por dentro de su camiseta para quitásela. Su piel desnuda se pegó a la mía, quemaba, estábamos ardiendo.
No dejó de besarme para quitarse los pantalones y volvió sobre mi a rozar su entrepierna contra la mía. La cama se hizo un desastre, una almohada terminó en el suelo y empujé sus calconcillos con mis dedos.
—¿Tienes prisa? —jadeó con burla.
Sí, estaba deseando que me follara cuando antes. Quería sentirlo.
—¿No estás viejo para tantos trotes?
Sonrió contra mi boca, una sonrisa animal.
—Un viejo no te follaría como yo lo hago.
Jadeé. Me gustaba que me hablara tan bruto.
Levanté las caderas y las pegué a las suyas, su erección se encajó entre la tela de mi tanga y Dante se la agarró. Me apartó el tanga a un lado, ni siquiera me lo quitó antes de embestirme con lentitud. Fue gentil un momento, después, todo era puro sexo bruto. Un sexo excitantemente duro. Me enredó la mano en el cuello un segundo pero rápidamente la apartó, yo la devolví y la afiancé.
—No me voy a romper —le dije.
La mirada se le volvió oscura. Me apretó el cuello y se inclinó sobre mi boca con más fiereza. El sexo animal me gustaba, el sexo bruto. Me soltó el cuello para cogerme por las caderas y me dio la vuelta sobre su cama.
—Eres jodidamente excitante, Maya.
Apreté la sábana y moví el culo contra su polla. Lo oí gruñir y sus dedos se cirnieros sobre mi piel.
—¿Vas a seguir follándome o qué?
Se inclinó sobre mi espalda, apretando su piel contra la mía y penetrándome. Me hizo gemir. Respiró contra mi cuello, entre mi pelo revuelto, y me puso la piel de gallina, me provocó más cosas aún.
—Cuando termine contigo vas a suplicarme porque te folle todos los días.
Giré la cabeza, lo suficiente para mirarle. De cerca, sudado, con el pelo revuelto y follándome, Dante era increíble.
—¿Crees que eres tan bueno? —lo reté.
No dijo nada, se echó atrás, hundió sus manos en los cachetes de mi culo y me folló como un animal. Sí, quería que me follara así todos los días. Me corrí tres veces antes de sentir como él se corría dentro de mí, sin condón.
Nos tiramos en su cama, agotados, jadeando y desnudos. Dante me miró y alargó la mano a mi cintura acercándome a él. Me dejé llevar, pasé una pierna sobre las suyas y me recosté en él.
—Mañana te compraré la pastilla —dijo.
—No pasa nada —dibujé formas en la piel desnuda de su ambdomen—. Me cuido.
Asintió con la cabeza y nos tapó con la sábana. Al final, buscar su sudadera no sirvió de mucho porque me dormí desnuda.
Por la mañana me desperté sola en esa cama tan grande, su lado todavía estaba caliente y escuchaba el sonido del agua de la ducha salir del baño. Me senté arrastrando la sábana para taparme.
El paso de agua del grifo se cerro, todo se quedó en silencio y Dante salió del baño con solo la toalla enredada en su cintura. ¡Dios! Qué espectáculo de hombre. Las gotas de agua aún le escurrían por la mandíbula y el pelo mojado le sentaba de maravilla. Parecía mentira que hubiera podido terminar con ese hombre.
—Buenos días —dijo, noté un tono divertido.
—Hola —murmuré. Seguía cansada, tenía agujetas y quería dormir más. Me tiré de vuelta a la cama.
—Deberías darte una ducha. Hueles a sexo.
Me reí.
—¿No es pronto?
—¿Quieres que te lleve o no?
Sí, le prometí a Cindy estar pronto por la mañana para ver los apartamentos.
Con pereza bajé de la cama, la sábana dejó de cubrir lo desnuda que estaba y caminé hasta su baño. De todas formas ya me había visto lo suficiente desnuda.
Su baño era increíble y me costó un poco entender como funcionaba su ducha. Entrarían cinco personas juntas. Le cogí algo de champú, me quité los rastros de semen de entre las piernas y me desenredé el pelo. Hasta las toallas que tenía eran más cómodas de lo que jamás imaginé que unas toallas podrían ser.
Me envolví entera y me sequé el pelo un poco antes de salir. Dante ya se había puesto unos pantalones de chándal negros y estaba sentado en el borde de su cama perfectamente ordenada. Al pasar por delante suya me azotó el culo y sacudí la cabeza. ¡Qué hombre!
—Te espero en la cocina para desayunar —dijo.
Yo me vestí y le mandé un mensaje a Cindy:
"Te veo en el primer apartamento"
Enseguida respondió:
"Vale" "Quiero que me cuentes TODO el sexo loco que estás teniendo"
Lo dejé correr por el momento, pero en cuanto Dante me dejó delante del edificio en el que había quedado con ella, Cindy levantó las cejas.
—Cuéntame.
Le conté un poco mientras esperábamos a la mujer que nos enseñó el apartamento. Nos pasamos gran parte de la mañana y parte de la tarde yendo de un lado a otro apresuradas y entusiasmadas.
El primer apartamento que fuimos a ver quedaba algo lejos del campus y tenía una accesibilidad horrorosa para el transporte público, fue una pena porque era precioso. El segundo que fuimos a ver estaba a más o menos diez minutos andando del campus, y tenía garaje, pero era más pequeño y anticuado. Y el último que vimos en el día era uno completamente diferente al de las fotos.
Volvimos algo decepcionadas a la residencia.
—Todavía nos queda llamar a tres más —animó ella mientras cenábamos en la residencia.
—Llamaré mañana.
No es que tuviéramos exagerada prisa, pero todavía no le había dicho a mi padre que tenía pensado irme de la residencia y las Navidades estaban a la vuelta de la esquina (en un mes).