LO QUE SE MANTIENE

886 Words
[BENICIO] La puerta del ascensor se abre y el piso ejecutivo recupera su ritmo habitual, como si nada hubiera cambiado. Sin embargo, la sensación que me acompaña desde hace unos segundos no desaparece con el movimiento ni con el ruido contenido del entorno; se mantiene, constante, lo suficientemente clara como para no poder ignorarla del todo. Camino hacia mi oficina sin detenerme ni comprobar si Siena me sigue. No es necesario. Escucho sus pasos detrás de mí, ajustados, medidos, exactamente como deberían ser dentro de este lugar. Todo en ella encaja con el entorno de una forma que, en cualquier otro momento, habría considerado adecuada. Hoy, en cambio, no es suficiente para devolver las cosas a su punto inicial. Entro primero y dejo la puerta abierta lo justo para no convertir el gesto en algo deliberado. Me quito el saco con calma y lo dejo sobre el respaldo de la silla mientras intento ordenar mi atención en lo único que siempre ha funcionado: estructura, lógica, decisiones claras. —El informe —digo finalmente, sin girarme de inmediato—. Quiero una segunda versión con los ajustes de hoy antes de las seis. —De acuerdo. Su respuesta es inmediata, sin vacilaciones ni matices. Es correcta, profesional, exactamente lo que se espera. Me giro entonces, lo suficiente para verla sosteniendo la carpeta contra el cuerpo con una postura firme, quizás demasiado controlada para ser completamente natural. No es inseguridad; es más bien una forma de contención que todavía no termina de encajar del todo con el entorno. —Empieza por la proyección del tercer bloque —añado—. Es donde suelen aparecer los errores. —Lo revisé —responde—. No es el bloque lo que falla. Son los supuestos iniciales. Levanto la mirada con más atención. —Explícate. Siena avanza un paso y rodea el escritorio con una seguridad discreta, sin imponerse pero sin dudar. Abre la carpeta y gira el documento hacia mí, señalando un punto específico con precisión. —Aquí están proyectando estabilidad en un escenario que no la tiene. Si eso cambia, todo lo demás se ajusta. Me acerco lo suficiente para revisar el documento, consciente de que la distancia se reduce más de lo necesario para una explicación técnica. No hay contacto, pero la proximidad se vuelve evidente de una forma que no debería tener relevancia, y aun así la tiene. La línea de su cuello queda demasiado cerca para algo que debería ser completamente impersonal. Su voz, más baja en ese ángulo, llega con una claridad distinta, como si el espacio entre ambos amplificara detalles que en otro contexto pasarían desapercibidos. —Si modificas ese punto —digo, señalando el documento—, cambias el nivel de riesgo completo. —Sí —responde sin dudar—. Por eso lo ajusté desde el inicio. El silencio que sigue no es largo, pero tampoco es neutro. Permanece lo suficiente como para evidenciar algo que no está en lo que se dice, sino en la forma en que ambos permanecemos dentro de ese espacio reducido. Levanto la mirada y la encuentro más cerca de lo necesario, con la misma atención contenida que ha mostrado desde el principio. No hay provocación en su expresión, pero tampoco hay desconexión. Y eso resulta incómodo de una forma que no debería serlo. Me aparto primero, cerrando la carpeta con un gesto controlado. —Está bien —digo—. Déjalo así por ahora. Siena asiente, pero no se mueve de inmediato. Ese pequeño retraso, casi imperceptible, es suficiente para prolongar un silencio que ya no debería existir. —¿Algo más? —pregunto. Niega con suavidad. —No. Sin embargo, tarda un instante más en reaccionar, como si necesitara confirmar que no hay nada más que añadir. Finalmente, se gira y se dirige hacia la puerta con la misma calma con la que ha manejado todo desde que llegó. Cuando sale, el sonido de la puerta al cerrarse es leve, pero suficiente para marcar una diferencia clara en el ambiente. Permanezco de pie unos segundos, apoyando una mano sobre el escritorio mientras dejo escapar el aire con lentitud. No hay nada fuera de lugar en lo que acaba de ocurrir, nada que no pueda explicarse dentro de un contexto completamente profesional. Y, aun así, la sensación persiste. No se trata de atracción, al menos no en el sentido más evidente. Es algo más difícil de definir, una reacción que no depende de lo que ella haga, sino de la forma en que mi propia percepción empieza a reorganizarse frente a algo que no estaba previsto. Tomo el primer archivo que encuentro e intento concentrarme en él, forzando la atención hacia un terreno donde las variables son claras y las decisiones tienen una lógica definida. Funciona durante unos minutos, lo suficiente como para retomar cierta estabilidad. Hasta que deja de hacerlo. Porque incluso sin tenerla enfrente, sin verla, sin escucharla, hay algo que permanece. No es una imagen concreta ni un recuerdo definido, sino una certeza incómoda: la de reconocer exactamente qué parte de mí se ha activado y lo que implica cuando eso ocurre. Cierro el archivo con más fuerza de la necesaria y me obligo a recuperar el control desde el único lugar donde siempre ha sido absoluto. Esta vez no puede ser distinto.
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