¿QUÉ HICE?

949 Words
Me he pasado el día entero saltando de reunión en reunión. Gráficos, proyecciones, cifras, decisiones que comprometen millones. Y, entre una y otra, mensajes. Mensajes con Jazmín. Le respondo cuando puedo, entre pasillos, cafés fríos y agendas apretadas. Y aun así, cada palabra que escribo me hace sentir como un adolescente torpe… o peor: como un futbolista que lleva tres años sin pisar una cancha y de pronto lo lanzan a jugar una final. Definitivamente no soy bueno en esto. Tal vez sea porque nunca me acostumbré al coqueteo virtual. O porque, en el fondo, no estoy listo. O porque no importa cuánto lo intente, sigo comparando cada gesto con ella. Con Haizel. —Gerrard, ¿necesitas algo más? —pregunta Alenka mientras salimos de la sala de juntas, después de la extensa reunión con la gente de LookOut Enterprises. Ha estado impecable. Segura, clara, brillante. Su manejo de los números fue clave para cerrar el acuerdo, y lo sabe. Yo también. La miro con cierta duda. Hay algo que me ronda la cabeza desde hace horas, una pregunta que no debería hacerle… pero el impulso me gana. Y cuando me doy cuenta, ya es tarde para retractarme. —¿Alguna vez has tenido una cita usando una de esas aplicaciones de citas? —pregunto. Ella se detiene en seco y me mira como si acabara de decir algo completamente fuera de lugar. —¿Estás… digo, estás usando una aplicación de citas? —inquiere, sorprendida. Gran idea, Gerrard. Brillante. —Olvídalo. No debí preguntar —digo rápidamente, retomando el paso hacia mi oficina. Entro, pero para mi sorpresa, Alenka me sigue y cierra la puerta detrás de ella. —Gerrard… disculpa —dice—. Sé que no nos conocemos mucho y probablemente no debería meterme, pero… es extraño. ¿Qué hace un hombre como tú en un sitio así? Me siento en el sillón frente al escritorio y la observo. —Normalmente —continúa— los hombres que usan esas aplicaciones es porque… ya sabes, les cuesta mucho encontrar a alguien. O al menos, eso creo yo. Genial. Ahora también soy “ese tipo de hombre”. —¿Has usado una de esas aplicaciones alguna vez? —le pregunto. —Sí —confiesa, sin rodeos. Arqueo una ceja. —¿Ves? Yo podría decir lo mismo de ti. ¿Qué hace una mujer como tú en un sitio así? Eso solo lo usan mujeres a las que les cuesta encontrar un hombre… —¿Crees que no me cuesta? —replica, entrecerrando los ojos. No puedo evitar sonreír. —Mírate —respondo, señalándola con la mano—. Te aseguro que la mitad de los hombres de este edificio ya te han pedido una cita. Y entonces lo noto. Baja la mirada. Se acomoda el cabello. Un gesto pequeño, nervioso. Mierda. —Lo siento —me apresuro a decir—. Por favor, no me tomes a mal. Ni se te ocurra pensar que es acoso ni nada parecido. Te juro que no fue mi intención. Ella suelta una carcajada. —No te voy a acusar —dice entre risas. Se acerca a la silla frente a mi escritorio y me mira, pidiéndome permiso en silencio. Asiento, y se sienta. —Pero dime una cosa —continúa—. ¿Por qué tienes tanta prisa en encontrar a alguien? ¿No crees que es mejor dejar que el amor te sorprenda? Suelto una risa nerviosa. —Me encantaría que me sorprendiera —admito—. Pero si no hago algo, me voy a volver loco. Exhalo. —Yo no quería enamorarme. Y aun así lo hice. De una mujer que me rompió el corazón cuando decidió volver con su exnovio. Y aquí estoy… cuarenta años, aprendiendo a amar tarde, con una decepción amorosa encima y tratando de salir adelante. Por eso estoy buscando a alguien que me quiera de verdad. Y a quien yo pueda querer. Alenka asiente despacio. —Lo entiendo —dice—. Y perdona que me meta, pero… creo que primero deberías olvidarte de ella antes de intentar enamorarte otra vez. Eso de que un clavo saca otro clavo… no sé qué tan efectivo sea. Río. —Eres muy directa. ¿No tienes miedo de que te eche? —¿Me vas a despedir por darte consejos amorosos? —pregunta, divertida—. ¿Qué diría la carta de despido? “Despido por sugerir no usar aplicaciones de citas”. Su risa es contagiosa. —Buen punto —admito—. No, no te voy a echar. Y siendo sincero… nunca había visto a alguien tan hábil con los números como tú hoy. Creí que era bueno. Creí que no encontraría a nadie que hiciera buen equipo conmigo. La miro fijamente. —Me equivoqué. Eres muy buena. Y perderte solo porque me aconsejas no usar una aplicación de citas sería bastante estúpido de mi parte. Sonríe, genuina. —Qué bueno —murmura. Se levanta de la silla. —Yo te dejo seguir con lo tuyo. En una hora me voy, pero si necesitas algo, avísame. Camina hacia la puerta. —Alenka —la llamo antes de que salga. Se da vuelta. Sus ojos azules se clavan en los míos. —¿Sí? No lo pienses. Hazlo. —Me gusta hablar contigo —digo—. ¿Te invito una copa after hours y seguimos conversando? Mira la hora. —A las ocho tengo que estar en casa. —A las ocho te dejo en tu casa —respondo. No sé exactamente qué acabo de hacer. Pero ya lo hice. Y, por primera vez en mucho tiempo, no me arrepiento.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD