Después de mi metida de pata —por llamarlo de alguna manera—, Alenka y yo salimos de la oficina y caminamos hasta un bar que está a apenas dos calles de la empresa. Algo práctico. Conveniente. Perfecto para evitar el caos del tránsito neoyorquino a las seis de la tarde, cuando la ciudad parece colapsar sobre sí misma.
El lugar es discreto, con luces cálidas, música baja y ese murmullo constante que mezcla risas, vasos chocando y conversaciones ajenas. Nada pretencioso. Nada que intimide.
—¿Aquí está bien? —pregunto, señalando una de las mesas altas al fondo del establecimiento.
Ella observa alrededor unos segundos antes de sonreír.
—Sí, está perfecto.
Se sienta en una de las butacas y yo hago lo mismo frente a ella.
—¿Qué tomas? —pregunto mientras hojeo la carta.
Alenka se encoge de hombros.
—Lo que tomes tú. Me da igual.
Sonrío.
—¿Cerveza o vodka?
—Mañana hay que regresar a trabajar —responde sin dudar.
Nos miramos apenas un segundo.
—Cerveza —decimos al mismo tiempo.
Reímos.
Llamo al mesero y pido dos cervezas y algo liviano para acompañarlas. El ambiente se siente más relajado de lo que esperaba. Menos rígido. Más… humano.
—Y dime —empiezo, dudando apenas un segundo—, ¿por qué tienes que estar en casa a las ocho? ¿Estás casada? ¿Tienes novio?
Sé que no debería preguntar. La vida privada de mis empleados no es algo que me corresponda. Pero ya es tarde para echarme atrás.
—Tengo una hija —responde.
Parpadeo, sorprendido. No lo esperaba en absoluto.
Ella lo nota de inmediato y sonríe.
—Espero que no creas que eso afectará mi trabajo —añade.
—No, no… —niego enseguida—. Solo me tomó por sorpresa. ¿Cuántos años tiene? ¿Cómo se llama?
El mesero deja las cervezas y los nachos sobre la mesa. Alenka toma su vaso.
—Tiene cuatro años. Se llama Alai.
Y entonces ocurre algo que no había visto hasta ahora.
Su rostro se ilumina. Su sonrisa cambia. Es más suave. Más real.
—¿Vives con su papá? —pregunto con cautela antes de dar un sorbo a la cerveza.
—No. Él nunca se hizo cargo —responde—. Solo la veía en sus cumpleaños. Hace un año murió en un accidente de moto.
La historia cae pesada entre nosotros.
—Lo siento… —digo con sinceridad.
—En realidad, me da pena por Alai —continúa—. A su padre lo conocí por una aplicación de citas. Nos vimos cinco veces. Me vendió una historia preciosa… ya sabes, el cielo, las estrellas, el futuro perfecto. Consiguió lo que quería y después desapareció. Cuando supe que estaba embarazada tuve que buscarlo durante meses solo para decirle que iba a ser padre. No quería dinero. Solo que lo supiera.
Ahora todo encaja.
—Así que sacaste adelante a tu hija sola… —digo—. Eso dice mucho de ti.
—La amo —responde sin dudar—. Es la luz de mis ojos. No me imagino mi vida sin ella.
La miro. La manera en que habla de Alai, cómo se le suaviza la voz, cómo se le humedecen apenas los ojos.
—Te ves hermosa cuando hablas de ella —digo.
Y en cuanto las palabras salen de mi boca, sé que crucé una línea.
—Yo… lo siento —empiezo a decir.
Ella ríe.
—Te entendí. No te preocupes —responde—. Y disculpa si desvié la conversación. Siempre pasa cuando me preguntan por mi hija.
—Es normal —contesto—. Si yo tuviera hijos, probablemente haría lo mismo.
Bebo otro sorbo.
—Entonces… ¿por eso no te gustan las aplicaciones de citas? ¿Tienes miedo de que me pase lo mismo que a ti?
Ella sonríe de medio lado.
—Si soy completamente sincera… creo que te vas a encontrar con muchas mujeres dispuestas a hacer cualquier cosa por quedarse cerca de ti —dice—. Eres uno de los hombres más ricos de Nueva York. Inteligente. Atractivo. Vamos… quien no deslice a la derecha contigo está ciega.
Sonrío.
—¿Tú deslizarías a la derecha? —pregunto.
Alenka se queda inmóvil.
—Yo… es que… perdón —murmura—. No quise decir eso.
Sus mejillas se tiñen de rojo.
—Tranquila —digo—. Es una pregunta inocente.
—Inocente sería preguntarme qué deporte me gusta —responde en voz baja—. No si deslizaría a la derecha al ver tu foto.
Reímos.
—Puede ser —admito—. Pero dime… ¿de verdad crees que todas las mujeres harían lo que dices?
Ella se encoge de hombros.
—Haz la prueba. Ten algunas citas y luego me cuentas.
—¿Es un reto?
—Piénsalo como un experimento.
—¿Y si tienes razón, qué ganas?
—¿Hay premio?
—Me gusta que las cosas sean interesantes.
Ella sonríe, pensativa.
—Un aumento de sueldo.
Asiento.
—Trato hecho. Si salgo con mujeres de la aplicación y en la primera cita me proponen sexo, ganas tú. Si no… gano yo.
—¿Y qué quieres si ganas?
La miro unos segundos antes de hablar.
—Te voy a contar un secreto —digo—, pero no puede salir de aquí.
—Soy toda oídos.
—Se casa mi mejor amigo. No quiero ir solo a la boda. Si no consigo cita… irás tú conmigo.
Su expresión es un poema.
—¿Cuándo es la boda?
—En dos semanas.
Respira hondo.
—Está bien —acepta—. Pero quiero saber qué pasa en esas citas.
—Por supuesto.
Le tiendo la mano y ella la estrecha sin dudar.
¿En qué momento terminé aquí?
No tengo idea.
Pero algo me dice que este experimento va a cambiar más cosas de las que imagino.