James estuvo durante horas revisando los libros de monstruos y criaturas antiguas. Las páginas pasaban una tras otra bajo sus dedos mientras el tiempo avanzaba sin misericordia. Cada segundo que perdía pesaba como una condena. Hasta que, por fin, encontró la criatura que coincidía con la descripción de Rita. Era un Kiribati. El alivio fue inmediato, pero frágil. En el libro también estaba escrito el antídoto contra el veneno de sus garras. No había margen para errores. James corrió hasta su laboratorio y comenzó a preparar el antídoto para Daniel y Rita. Sus manos se movían con precisión, pero su mente estaba atrapada en una sola idea: llegar a tiempo. Cuando lo terminó, sostuvo el frasco unos instantes, observándolo, esperando que aquello fuera suficiente. Decidió llevárselo primero a

