La matriarca arrastró a su esposo hasta la habitación donde Daniel yacía inconsciente. James se detuvo en seco al verlo. Empapado en sudor. La piel pálida, demasiado pálida, casi del mismo color que la muerte. El aire pareció volverse más pesado. Con la voz tensa, contenida, preguntó a Rita: —¿Qué le pasó? Rita apenas lograba mantenerse consciente. Cada respiración le costaba un esfuerzo enorme; el cuerpo le temblaba como si fuera a quebrarse en cualquier momento. No estaba mucho mejor que Daniel. Aun así, obligándose a no cerrar los ojos, respondió: —Nos atacó... una criatura extraña. Tenía la piel traslúcida, garras afiladas y forma humana. En toda mi vida... nunca había visto algo así. Sus garras... estaban impregnadas de veneno. James se inclinó de inmediato para examinar la herid

