POV. FRANCISCO Emilia dijo que sí. Todavía me cuesta escribirlo sin sentir un ligero mareo existencial. Dijo que sí a venir conmigo a Madrid. Dijo que sí a sabotear la boda de Serrat. Lo que no sabe —detalle menor, insignificante, casi decorativo— es que mi familia la espera convencida de que es mi novia. Mi. Novia. La palabra me provoca urticaria emocional. No porque Emilia no sea maravillosa —lo es, dolorosamente— sino porque yo todavía cargo demasiados restos de una guerra que no terminé de entender. Serrat dejó marcas. Y yo aprendí a sobrevivir, no a vincularme. Así que aquí estoy. En un avión rumbo a España. Con una mujer que aceptó un plan descabellado sin saber que el primer acto ya incluye una mentira monumental. Hans no ha parado. HANS: Tienes que decirle, hermano. Ignor

