Capítulo 4

1319 Words
POV. Emilia Tenía muchos años que no tomaba un avión. El último que tomé fue de Inglaterra a Nueva York y, después de eso, olvidé cuál era el punto de hacerlo. Volar, viajar, moverme… nada tenía sentido en aquella época. Mi vida estaba demasiado rota para aterrizar en algún lado. Sin embargo… nunca había tomado un avión privado. Y por más que intento fingir que esto no me impresiona, sí lo hace. Mucho. Demasiado. Tanto que, cuando subo los escalones metálicos, tengo que concentrarme en no tropezarme y morir antes de cobrar los veinte mil dólares. Sería el colmo. “Aquí yace Emilia: se cayó intentando actuar cool.” La puerta se abre y yo… me quedo congelada. No es un avión. Es literalmente un departamento flotante. Asientos de piel beige, alfombra gruesa, pantallas empotradas, un minibar con botellas que seguro cuestan más que mi arriendo entero. Huele a madera cara y a perfume caro. Y ahí está él, de pie, Francisco, con su camisa blanca perfectamente doblada en los antebrazos. Y esa maldita serenidad de siempre. Como si estuviéramos entrando juntos a una sala de juntas y no a un episodio de “Millonarios Anónimos”. —Emilia —saluda, como si no hubiera notado que casi me tragó la entrada de admiración. —Hola —digo, intentando que mi voz no suene como la de una persona que acaba de descubrir que su vida era una broma de bajo presupuesto. Dejo mi mochila en el asiento que él señala: uno enorme, reclinable, acolchado… Dios mío. Mi cama no se ve así ni en mis sueños. —¿Primera vez en un avión privado? —pregunta él, como quien pregunta si te gusta el clima. —No —miento.Luego parpadeo—. Sí. Luego niego—. Tal vez. Luego suspiro—. Sí, Francisco. Sí. Él asiente como si lo hubiera sabido desde antes que yo. —Te acostumbrarás —dice, revisando su tablet. —No planeo acostumbrarme —respondo, abrochándome el cinturón—. Esto es un fraude. Una ilusión. Un sueño de pobre que va a despertar en su departamento lleno de tazas sucias. —¿Siempre exageras tanto? —pregunta sin levantar la vista. —¿Tú siempre juegas al multimillonario misterioso? —contraataco. —No juego —responde él—. Lo soy. ¿Lo mato aquí o espero a España? Me hundo en el asiento e intento actuar normal. Pero todo eso se rompe cuando la sobrecargo —una mujer alta, elegante, con un moño que podría ganar premios de aerodinámica— comienza a ofrecerme bebidas con nombres raros. —¿Gustas un Bellini de durazno blanco? ¿Un French 75? ¿Champagne con infusión de violeta? ¿Infusión de qué? ¿Estoy en un avión o en una floristería Michelin? —Sólo café… —contesto, rápida, nerviosa, demasiado honesta. Ella sonríe con amabilidad, asiente, y se aleja con su carrito de fantasía elitista. No pasan ni dos segundos cuando escucho a mi lado: —No creo que haya café instantáneo en el avión… —dice Francisco sin levantar la vista de su tablet. Clavo los ojos en él. —Muy gracioso. —No fue un chiste. —Pues sonó como uno. —Porque tú siempre suenas al borde del pánico —responde él, tranquilo, como si no acabara de insultarme en primera clase. Me cruzo de brazos. —El café instantáneo es práctico. —El café instantáneo es un crimen —corrige. —¿Tienes idea de lo que cuesta un frasco de café instantáneo decente? —¿Decente? Emilia… no existe tal cosa. Lo miro con el tipo de desprecio que solo una barista mal pagada puede sentir por un millonario que cree que la vida es un latte perfecto. Francisco baja su tablet y me ve. Sin prisa. Sin emoción. Como si estuviera evaluando un proyecto con grietas. —¿Por qué siempre eres tan… fatalista? —¿Fatalista? —repito, ofendida. —Bueno… amargada —rectifica, con una naturalidad que me da ganas de tirarle la copa encima. —No soy… —trato de contestar, pero la indignación me anuda la lengua—. Simplemente veo la realidad. —¿La realidad? —pregunta él, inclinándose un poco hacia mí, como si quisiese estudiar mi cara. —Sí. No vivo en tu mundo corporativo de fantasía… —¿Corporativo de fantasía? —repite, como si acabara de escuchar la mejor idea del siglo. —Exacto —continúo, decidida a defender mi postura—. Un mundo donde todo se resuelve con dinero. Donde nadie te dice que no. Donde los aviones tienen sillones más cómodos que mi cama. Donde las bebidas tienen nombres que ni Siri puede pronunciar sin confundirse. Donde caminas con esa… esa… —lo señalo con el dedo— arrogancia escénica de protagonista masculino de drama turco. Él aprieta los labios. Y por un segundo, UNO, pienso que quizá lo hice enojar. Pero no. Él se ríe. —¿Arrogancia escénica? —dice. —Sí. —Interesante diagnóstico. —No era un diagnóstico —aclaro. —Lo pareció —responde. —Bueno, no lo era. —Te lo creo. No suenas tan inteligente como para diagnosticar nada —dice Francisco, con esa calma irritante que debería venir con advertencia de “puede provocar violencia”—. Simplemente me sorprende tu vocabulario, el uso de tus palabras y esa habilidad que tienes para crear escenas. —Cuando eres escritora es bastante fácil —respondo, sin pensar demasiado. —¿Eres escritora? —pregunta, y por primera vez lo veo sorprendido e interesado. Interesado de verdad. No esa curiosidad clínica suya, sino algo… humano. Me enderezo, incómoda. —Sí. ¿Creíste que había nacido barista? —Eso me sorprende… —admite, con sinceridad que me desarma un poquito—. ¿Qué has escrito? —Nada —digo rápido, cortando el tema de raíz, y volteo hacia la ventanilla como si el ala del avión fuera la cosa más fascinante del universo. Detrás de mí escucho su respiración. Larga. Analítica. Como si quisiera leer mis pensamientos. —¿Nada? —repite. —No. Nada. ¿Ya acabó el cuestionamiento? —murmuro sin voltear. —Entonces… en realidad… no eres escritora —dice él finalmente. Y esas palabras me atraviesan más de lo que deberían. Más de lo que quiero admitir. Más de lo que tiene derecho a provocar alguien que organiza su estuche de lápices por orden de color y nivel de arrogancia. —Tengo un título en Letras y escritura creativa… —respondo, con la mandíbula apretada. —Un título no te hace lo que dices ser —responde él, sin dureza, pero sin suavidad. Como si fuera un hecho. Como si no doliera—. Sin embargo, —continúa—. Sé reconocer talento cuando lo veo. —¿Y qué viste? —pregunto, apenas audible, odiando la vulnerabilidad que se me escapa. Francisco no sonríe. Me observa, serio y atento… demasiado atento. —Veo a alguien que escribe incluso cuando habla —dice. El momento se queda suspendido en el aire por unos segundos. Siento su mirada sobre mí, intensa, calculada, demasiado directa… y yo simplemente la ignoro. No puedo sostenerla. No después de lo que acaba de decir. No después de sentir cómo algo dentro de mí se movió sin mi permiso. Él respira hondo, como si también necesitara romper el hilo invisible entre los dos. —Ahora bien… —dice finalmente, recuperando su tono práctico, profesional, corporativo de fantasía—. Es hora de contarte sobre mi familia. Sobre el plan. ¡Ah! El famoso plan. El motivo por el que estoy en este jet privado con champaña peligrosa y emociones que no pedí. Me acomodo en el asiento, cruzando una pierna sobre la otra, tratando de parecer más preparada de lo que estoy. —Bien… hagámoslo —respondo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD