Capítulo 5

1755 Words
POV. Emilia Francisco pasó las últimas horas contándome todo sobre su familia. Sobre sus hermanos menores —uno obsesionado con el fútbol, otro con las matemáticas—, sobre sus padres que parecen vivir en una pasarela de arquitectura moderna, y sobre su abuela, una señora que, según él, puede oler una mentira desde cinco kilómetros de distancia y que probablemente fue espía en otra vida. Me dijo santo y seña sobre todos ellos. Con nombres, fechas, manías y hasta advertencias (“No hables de política con mi padre”, “No intentes ganarle un debate a mi abuela”, “No menciones las novelas turcas a mi madre”). Una presentación corporativa completa digna de una junta directiva. Pero, sobre todo, me contó sobre su ex novia, Claudia Serrat. Una influencer de diseño. Hija de una familia española poderosa. Bella. Exitosa. Educada en escuelas europeas que seguramente tienen fuentes de mármol y salones donde la gente respira mejor. —Es una mujer con… presencia —dijo él en algún momento, como si describiera una obra arquitectónica. Me mostró una foto. Y sí. Tiene presencia. Y luz. Y piernas infinitas. Y un peinado que parece peinado incluso cuando se despeina. Guapísima. Alta. Una sonrisa bien formada, de esas que cuestan años de ortodoncia, colágeno y bendiciones genéticas. Nada que ver conmigo, que parezco… bueno. Una mujer normal. Humana. Terrenal. De las que compran sus propios tintes de supermercado y se les corre el delineador cuando parpadean muy fuerte. Vuelvo la pantalla del celular hacia él y se la entrego. —Es… linda —digo con un nudo en la garganta que no sé de dónde salió. —Lo es —admite él, sin dudar. Genial. Gracias, universo. Justo lo que necesitaba: confirmación directa del protagonista masculino. —Es perfecta… —comenta él, como si hablara del clima. —Y, ¿por qué terminaron? —pregunto, lista para juzgar. —Distancia… —dice, sin más. Claro, distancia. La excusa favorita de los cobardes emocionales. —Es la mujer de mis sueños —añade, como si fuera una verdad universal—, así que no permitiré que se case, ¿entiendes? Así que el plan es fingir que tú y yo venimos a España para presentarte como mi nueva novia y fingiremos que no sabemos de la boda… estando ahí, nos colaremos. —¡Qué! —exclamo, casi atragantándome con el aire—. Tú me dijiste que habías sido invitado. Que tu mejor amigo era su hermano. —¡Claro que te lo dije! —se defiende—. ¿Hubieras venido si te hubiera dicho este plan? ¿De verdad crees que soy invitado a la boda de mi ex? —No lo sé, la gente es muy rara… —respondo—. Y mentirosa. Él me lanza una mirada ofendida de millonario incomprendido. —Es una mentira blanca… vamos… —dice, como si eso lo arreglara todo—. Ya estamos aquí. En treinta minutos aterrizamos. —Eres un cabrón por haberme contado todo cuando no tengo más opción… —sentencio. —¿Y cómo piensas colarte? —añado, cruzando los brazos. Francisco se encoge de hombros con la serenidad de quien está a punto de improvisar su propia ruina. —Ya veré… mi plan se va haciendo en el momento. Lo observo. Sus ojos. Su postura. La forma en que finge calma. Y algo dentro de mí hace clic. Sonrío. —Tienes… miedo. —¿Qué? —pregunta, con la ofensa de un hombre cuya identidad está construida en columna de mármol. —Tú no haces planes en el momento —explico, señalándolo con un dedo acusador—. El problema es que no sabes qué hacer y te da miedo improvisar. Eres un hombre perfeccionista. Pides el mismo café siempre. Creo que planeas hasta cuando vas al baño. Y ahora… ahora no sabes qué hacer. Él me mira como si acabara de descifrarle el alma. Y detesta que lo haya conseguido. —¿Por qué encuentras esto divertido? —gruñe. —Porque lo es… —digo, animada, como si me hubiera tomado tres French 75 y una dosis de confianza—. Don Francisco perfecto… no lo es. Él aprieta la mandíbula. Una vena le tiembla en la sien. Y yo me recargo en el asiento, satisfecha de haber visto al arquitecto impecable… desmoronarse un poquito. Es glorioso. La manera en que se desmorona un poquito. La manera en que parpadea tratando de recuperar el control de la situación. —Sé qué hacer… solo que este plan está planeado así… —se justifica—. Ahora… necesito que me sigas la corriente. Mi familia espera verme con una mujer diferente a Serrat. —¿Por qué quieren a alguien diferente? —pregunto, estrechando los ojos. —Porque… les dije que eres diferente. —¡¿LES DIJISTE?! —exclamo, olvidando por completo que estamos en un avión que empieza a descender. —Sí, pero— —¿CÓMO? ¿CÓMO LES DIJISTE ESO? ¿CUÁNDO? ¿POR QUÉ? ¿ESTABAS TOMANDO? ¿TE GOLPEASTE LA CABEZA? Francisco me toma de la mano. Mi mano. Mi mano temblorosa. Y la aprieta con suficiente fuerza como para que me quede quieta. —Mira… te lo contaría todo —dice rápido—, pero ya estamos a punto de aterrizar… —No. Me dices. Si no, no bajo de este avión. Mi voz sale grave, amenazante, como si realmente pudiera quedarme a vivir aquí, bebiendo French 75 hasta morir. Francisco respira. Hondo. Muy hondo. —Hace unos días mi hermano me llamó para decirme que Serrat se casaba —empieza—. Yo traté de fingir que no me importaba. Les dije que estaba en una relación con una mujer… y cuando me preguntaron el nombre… dije… Emilia. Lo miro con la expresión exacta de una mujer que acaba de descubrir que su vida fue usada como comodín familiar sin consentimiento. —¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —exploto—. ¡LO SABÍA! Tú, tú… arquitecto emocionalmente incompetente, ¡usaste mi nombre! —Lo sé. Y lo siento —dice, levantando las manos como si yo fuera un perro rabioso—. No sé por qué se me vino a la mente tu nombre. Pero agradezco que estés aquí. Ahora que sabes todo… por favor…no lo arruines. —¡Oh, sí! ¡Lo voy a arruinar! —digo, enojada, indignada, traicionada y lista para incendiar España entera. Intento ponerme de pie, pero el cinturón no me deja. Lo suelto. Me levanto con la intención clara de caminar hacia la cabina y decirle al piloto que dé media vuelta, que nos lleve a un país donde Francisco no exista, donde los arquitectos no usen camisas blancas perfectas y donde yo no haya arruinado mi vida por veinte mil dólares y dos laptops. Pero en un acto de desesperación absoluta, Francisco también se pone de pie… y echa su cuerpo contra el mío. Literalmente. Como si fuera un escudo. Como si pudiera detener un huracán llamado Emilia con su pecho de mármol y su aliento caro. Caigo de nuevo en el asiento, atrapada entre él, el respaldo y mis decisiones pésimas. —¡¿Qué haces?! —grito en sus narices. —Evitando que causes un incidente aéreo internacional —dice, respirando agitado. —¡Muévete! —No hasta que prometas no salir gritando que no quieres participar. —¡NO prometo nada! —Entonces no me muevo. —¡Francisco! —Emilia. Estamos pecho contra pecho. Aliento contra aliento. Odio contra arrogancia. Y entonces, sin querer, la turbulencia sacude el avión. Su cuerpo cae un poco más sobre el mío. Su mano termina apoyada junto a mi cadera. Sus ojos quedan demasiado cerca. Demasiado. Mi respiración se detiene. La suya también. Y por un segundo absurdo, imposible, peligroso…Se siente como si todo lo demás desapareciera. El avión. La mentira. La ex. El plan. Los veinte mil dólares. Solo estamos él y yo. A centímetros. Mirándonos. Su respiración choca con la mía. Su mano sigue apoyada junto a mi cadera. Y su cuerpo —su cuerpo perfecto, idiota y arrogante— está peligrosamente cerca del mío. Demasiado cerca. —Emilia… —susurra. Y odio cómo tiembla mi estómago cuando lo dice así. —No voy a dejar que esto salga mal —continúa—. No para mí. No para ti. Solo… sigue mi plan. Cinco días. Eso es todo. Lo dice con esa voz baja y segura que usa cuando está negociando con la realidad. Esa voz que te hace pensar que quizás… quizás él sí sabe lo que está haciendo. Aunque no tenga ni idea. Respiro hondo. Intento no sentir su pecho moviéndose contra el mío. Intento no notar el calor de su cuerpo. Intento no dejar que el silencio diga más que sus palabras. —Emilia —repite, casi como una promesa—. No te voy a dejar sola en esto. Cierro los ojos un segundo. Porque no esperaba eso. No de él. No así. —Está bien… —susurro, vencida por la lógica, por la desesperación… y por algo más, algo que no quiero analizar todavía—. Lo haré. Puedo sentir cómo su cuerpo se relaja un poco. Un suspiro silencioso. Una tensión que se disuelve. —Gracias —dice él, apenas audible. Abro los ojos. Lo miro directo. Y entonces, con toda la dignidad de la que soy capaz en esa posición ridícula, digo: —Pero… quítate de encima. Tarda medio segundo en procesarlo. Luego se echa hacia atrás tan rápido que casi cae al pasillo. Se recompone, carraspea, se ajusta la camisa como si así pudiera arreglar lo que acaba de pasar. —Claro —dice, demasiado serio para lo que acaba de ocurrir—. Perdón. Me abrocho el cinturón otra vez, tratando de no pensar en que hace diez segundos estábamos a un centímetro de causar un incendio emocional. El altavoz del avión suena: —Señores pasajeros, estamos iniciando el descenso. Aterrizaremos en Madrid-Barajas en aproximadamente cinco minutos. Las luces se atenúan. El suelo vibra. El mundo cambia. Y yo… yo miro por la ventanilla y veo la ciudad aparecer entre nubes rosadas. Madrid. España. La boda. El caos. Mi nueva vida de mentira está a punto de comenzar. Francisco se acomoda a mi lado, muy digno, muy recto, muy él. —¿Lista? —pregunta. —No —contesto. Pero ya es demasiado tarde. El avión ha tocado tierra…
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD