Capítulo 9

1568 Words
La cabeza me va a reventar, echo de menos a JP, echo de menos el circo. Estoy desesperada por saber que es de River, nunca lo he abandonado desde que nos conocemos. Soy su apoyo, puede que incluso tenga cierta dependencia emocional, no lo sé, pero temo que se haga daño en el tiempo que no estoy y si es que vuelvo. Tengo la esperanza porque estos solo me quieren para matar al que hasta hace un mes pensaba que era mi padre. Pero es que ya han pasado dos semanas y media desde que estoy aquí, y nunca he estado tanto tiempo sin hablar con River. Estoy desesperada. Y encima, me ha sangrado el oído varias veces, comienzo a pensar que tengo alguna infección. No es normal que sangre tanto a no ser que tenga algo extraño, y el único objeto extraño en mi implante. Ya lo que me faltaba, que la infección afecte a mi oído sano y acabe por quedarme sorda por completo. Dejo de compadecerme cuando me llegan voces infantiles. No creo que este sea el mejor lugar para niños, de hecho no deberían estar aquí y quien sea que esté encargado de vigilarlos seguramente no lo está haciendo o lo hace fatal porque ni a mi se me escapan los niños cuando están en el circo y mira que hay sitio para perderlos. — Niños. – les llamo la atención en cuanto los veo, dos pequeños que no deben tener ni diez años. – Creo que no deberían estar aquí. — Mira Alina, es una mujer. – el niño me señala. – ¿Entramos? — Papá nos regañará, Yuri. — No se ve mala como el resto. — Bueno, entramos entonces. El niño toma la delantera, abre la puerta con unas llaves y se sientan a una distancia prudencial de mí. Los niños me observan igual que hago yo con ellos, se parecen bastante a Malec así que supongo que son sus hijos, aunque podrían ser hijo de Maxim. — ¿No deberían estar con sus papás? — Nuestra mamá está en el cielo. – se apresura a decir la niña. — ¿Y vuestro papá? – ambos se encojen de hombros. – ¿Cuántos años tienen? — Siete. – es el turno del niño. — Mellizos. — No. – los miro confusa. – Yo nací en enero, Alina es de noviembre. — Gemelos irlandeses. – sonrío. – ¿Qué hacen por aquí? — Nos aburrimos, y nuestra niñera es mala, está con su novio haciendo sonidos raros. Intento que los niños no noten mi cara de desagrado, se supone que a esa mujer le están pagando para que cuide de ellos no para que se esté tirando a su novio. No puedo creer que existan niñeras tan despreocupadas, las mías no me perdían de vista sino estaba con mis hermanos mayores. De hecho, a una la asesinaron para secuestrarme a los seis años. — ¿Eres el mayor? – el niño asiente. – Cuida mucho de tu hermana pequeña. — Siempre lo hago, soy muy fuerte. – le sonrío. – ¿Tu tienes hermanos? — Si, algunos. — ¿Y te cuidan? — Uno de ellos me cuidaba, pero ahora está en cielo. – contengo las lágrimas al recordarlo. – Y a otro tengo que cuidarlo yo, soy su hermana mayor. — ¿Qué le pasó al que te cuidaba? — Le hicieron mucho daño cuando me protegía, intentó que no me hiciesen daño, pero se lo hicieron a él. — A nuestra mamá y a nuestra abuela también le hicieron mucho daño. — Lo siento mucho. Ambos niños se levantan del suelo y se sientan en el espacio vacío de la cama. Me quedo muy quita, no esperaba el movimiento de los pequeños. Siempre he tenido facilidad con los infantes, a pesar de mi mirada o la cantidad insana de tatuajes que me cubren el cuerpo, los niños pequeños jamás me han visto como una amenaza. Cuando llevo a Diana al parque, otros niños se acercan a mí como si fuese lo más interesante del parque, aunque a sus madres no les gusto tanto. Ellas si que juzgan mi apariencia. — ¿Y tu hermano pequeño? — JP es un niño bueno, está en el instituto. – sonrío. – Es fácil cuidar de él, nunca se mete en líos y lleva siempre mucho cuidado al elegir con quien se junta. — Nosotros no tenemos casi amigos. — Yo solo tengo un amigo. — ¿Solo uno? – me pregunta la niña con demasiada sorpresa. – Pero eres muy guapa. — Si, pero no les gustaba que fuese más lista que ellos. – me río. – Mi único amigo es suficiente, yo lo cuido a él y él me cuida a mí. – los tranquilizo. – Lo conocí hace algunos años, en el instituto. Su hermana pequeña adoraba venir al circo y vernos. — ¿Trabajas en el circo? – me preguntan los dos niños emocionados. – Eso es súper guay. — Alina y yo hemos ido un montón de veces. – me sonríen. – A Alina le dan un poco de miedo los payasos, pero a mi me encantan. — A mi al principio también me daban un poco de miedo. — ¿Nos puedes contar todas las cosas del circo? A pesar del dolor de cabeza y que vuelvo a sentir sangre saliendo de mi oído, soy incapaz de matar las ilusiones de estos dos pequeños. Su padre puede haberme secuestrado, pero entiendo que quiere venganza y justicia por la muerte de su esposa, de la madre de sus hijos. Quizás es por eso que no estoy tan cabreada como debería. A pesar de que la ansiedad por saber como está River me consume, no puedo estar del todo enfadada con Malec porque entiendo sus razones. Me paso un buen rato contándole toda mi historia en el circo, los niños escuchan con una atención admirable. Piden permiso para hacer preguntan y no interrumpir mi relato. Es como estar contándole su cuento favorito, prestan tanta atención que me siento un poco abrumada, pero al menos me alegra mantenerlos distraídos mientras su niñera no hace su puñetero trabajo. Cuando Malc venga a gritarme como hace todos los días, le gritaré que despida a su niñera y contrate una nueva porque la que tiene ahora mismo y lo suficiente inútil como para que a los niños les ocurra algo. Si hubiesen entrado a alguna de las otras celdas la historia podría ser muy distinta y podría estar lamentando la muerte de uno o de sus dos hijos. — ¿Podemos ir a verte? — Hace poco dimos nuestra última actuación, volveremos en algunos meses pero seguro que os puedo colar en algún entrenamiento. — ¿En serio? – me miran ambos niños muy ilusionados. — Claro. — Siempre has querido ser artista de circo. — No, en verdad no, pronto me retiraré. — Pero, ¿por qué? Es el mejor trabajo del mundo. – se indigna Alina conmigo. – Entonces serás aburrida. — Posiblemente. – me río. – Pero estoy estudiando algo que también me gusta mucho, no he estudiado tantos años para no hacer nada. — Nada es mejor que el circo. – Yuri coincide con su hermana menor. — Nunca dejaré el circo al cien por cien, mi familia es parte de él y no puedo alejarme de las personas que amo. – comento. – Haré apariciones ocasionales seguro. – les sonrío. – No tienen que preocuparse. — ¿Nosotros podemos trabajar en el circo? — Con mucha dedicación y esfuerzo creo que podrían entrar al circo sin ningún problema. Me detengo, no porque escuche algo o porque lo niños me interrumpan. Me gustaría seguir hablando con ellos porque es ameno, pero la cabeza comienza a martillearme con bastante fuerza. Me tomo unos momentos para respirar profundo e intentar que el dolor disminuya, sé que no va a desaparecer. — ¿Estás bien? – abro los ojos al escuchar la voz de Alina. — Si, no te preocupes. – intento calmarla. – Así que, ¿de mayores quieren ser artistas de circo? — Yo quiero ser tapecista. – me río al escuchar su intento por pronunciar trapecista. — Pues yo payaso para darle sustos a Alina. — Eso no es justo. – se queja la pequeña, son adorables. – ¿Seguro estás bien? Me cuesta escuchar a la niña, más que escucharla le leo los labios. Vuelvo a retomar las respiraciones, ya no solo es que me duela la cabeza sino que el oído me está matando. Algo está mal con mi audífono, algo va mal. Creo que tengo una puñetera infección. — Yuri, mira. – le leo los labios y veo como señalan mi oreja, casi no puedo escucharlos con la audición de solo un oído. — ¡Tienes sangre! — Mierda. – grito antes de quitarme el procesador de sonido de un tirón. Toco mi oreja, me está saliendo bastante sangre del oído. He cogido una puñetera infección por dormir con el implante puesto. No tendría que haberlo hecho. ¿Qué más daba que supiese que soy medio sorda? No era el fin del mundo. Sollozo por el dolor, logro escuchar a los niños porque deben estar gritando. Mi oído derecho también resultó herido en aquella última paliza aunque aún puedo escuchar un setenta por ciento por ese oído.
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