Capítulo 3

1805 Words
Sonrío al escuchar los aplausos del público por nuestra actuación de esta noche. Baltus me mira, estuve apunto de acabar en la malla por su culpa, pero son cosas que pasa. No siempre las actuaciones salen impecables y un mínimo error te puede hacer fallar. Algunas veces yo cometo el error, y otras veces lo cometen mi compañeros. Ensayamos para corregir esos errores y que sucedan con la menor frecuencia posible. Lo más probable es que el público ni se haya dado cuenta y pensase que todo era parte de la actuación. Salgo cuando nos dejan salir, quiero darme una ducha antes de ir al hospital. Lo hablé con los padres de JP, puedo ir una última vez para darle un final a mi historia, para rogarle por última vez que haga algo por mí si de verdad me quiere. He estado observando su habitación en el hospital varios días, y a pesar de que “me escapé”, no han cambiado su forma de trabajar. Los hijos mayores de mi padre solo van a verlo por un par de horas a la mañana, llevan a mis “sobrinos” a que vean a su abuelo y luego no vuelve. Y los guardias cambian cada cinco horas, y dejan un margen de dos minutos entre uno y otros. Esta vez estarán más tiempo, Laure se encargará de eso. No era lo que quería, pretendía quedarme cinco horas hasta que los guardias volviesen a cambiar pero Laure dice que es mejor que sea una visita corta. Me doy una ducha rápida, no queda mucho para el intercambio de guardias y yo necesito ser lo más rápida posible. Nadie puede verme entrar y salir de esa habitación sino quiero volver a la mafia, a ser el saco de boxeo de mis hermanos mayores. Aunque ya no soy una mujer apetecible para el matrimonio, con todos mis tatuajes tendría que buscar al primer tonto que estuviese dispuesto a desposarme, y no era lo que querían. Conduzco mi propio coche hasta el hospital, como era de esperar, uno de los mejores de todo el estado y casi me atrevería a decir del país. Me cubro la cara con la capucha de mi sudadera y después de una última mirada con Laure entro al hospital. Evito las cámaras a toda costa y el ascensor, no quiero que sepan como me veo ahora. Si bien mi cara no ha cambiado demasiado, ya no tengo tantos mofletes pero esa es la única diferencia, podrían reconocerme por los tatuajes si llegasen a verlos. La máscara que utilizo para actuar no tapa mis tatuajes por mucho que me gustaría. Espero en la esquina contraria a los ascensores, miro un par de veces el reloj de mi muñeca. No por impaciencia, sino por anticipación. En cuanto el reloj marca las doce, ambos guardias se marchan en dirección al ascensor. Corro para perder el menor tiempo posible, sé que en cuanto vibre mi teléfono el tiempo se me habrá acabado por completo. Al entrar en la habitación todo está bastante oscuro, normal con la hora que es. Mi padre parece estar ya fuera de peligro, una de las balas solo le rozó, la otra si que lo tuvo entre la vida y la muerte. Es sorprendente que con casi setenta años y el trabajo que tiene aún siga vivo, pero aquí sigue jodiendo. — Buenas noches. – mi padre se despierta sobresaltado. — ¿Nyx? — La misma. – me siento en la silla que hay cerca de su camilla. – No te ves tan mal como pensaba. — ¿Por qué te fuiste? — Tus hijos me daban palizas. – me cruzo de brazos. – ¿No te dabas cuenta o preferías hacerte el ciego? – se queda callado. – Pero no solo era él, tu amada esposa, mi madre, me insultaba con tanta frecuencia que pensé infinidad de veces quitarme la vida. Y se reía cuando sus hijos me daban palizas, hasta que en la última ya no pude más. — Tus hermanos… — Me dejaron sorda de un oído, y estaría muerta si unos extraños no me hubiesen ayudado. – le detengo. – No he venido para verte padre, he venido para despedirme y pedirte que alejes a tus hijos de mí, si de verdad me quisiste alguna vez no dejes que se me acerquen. — Nyx, ¿nunca te has preguntado por qué no te pareces a ninguno de nosotros? — Intuí que era hija de una aventura, por eso ellos me odiaban tanto. Mi padre se ríe, una de esas risas huecas que tantas veces escuché antes de que le diese una noticia devastadora a alguien o antes de matar a algún enemigo. Siempre fue una persona cruel, pero cuando eres más pequeña y te cuidan, muchas veces te haces la sorda, en especial cuando no puedes hacer nada por cambiarlo. — Nyx, ni siquiera eres mi hija. – trago con fuerza. – Claro que sabía que mis hijos te daban palizas, pensé que cuando llegase el momento si yo te trataba bien me elegirías a mí antes que a tus verdaderos padres. – se ríe. – Te secuestré cuando tu madre casi pierde la vida en tu parto, fue fácil y tu padre pagó pero yo decidí quedarme contigo porque en una guerra futura podrías servirme. — ¿No… no soy bosnia? — No, si que lo eres, eso y tu nombre es lo único real. – la rabia ruge por mis venas. – Tienes la mirada más intimidante que haya visto jamás, siempre me gustó eso de ti. – resopla. – Mis hijos se pasaron en esa última paliza, perdimos nuestra ventaja. – chasquea la lengua. – Pero no parece que hayas encontrado a tus verdaderos padres, una pena. – se ríe con maldad. — Ojalá te mueras pronto. – me levanto de la silla. – Y sufriendo. — Si que existe algo de maldad en ti. — Todos tenemos algo de maldad en nuestro interior, hasta los quince viví en tu casa es normal que exista algo de maldad en mí. – mi teléfono vibra. – Espero que no nos volvamos a ver. – le lanzo la silla a la cara, para que al menos tengo un último recuerdo de mi parte. Salgo corriendo de su habitación, no tardo mucho en llegar a las escaleras. Ni siquiera me detengo cuando choco con un chico, ni le pido perdón. En un día normal me hubiese disculpado, pero esta noche me han arrancado mi identidad. No sé quien soy, siempre he creído que era una persona y ahora resulta que soy otra. Al parecer nunca fui Nyx Hodžić, tengo otro apellido, tengo una familia que al parecer si me quería de verdad. Al llegar a mi coche veo a mi madre adoptiva apoyada en él, era obvio que ella llegaría bastante antes que yo, estaba más cerca. Intento controlar mis emociones, y lo consigo hasta poder mentirle a ella. Relajo tanto el semblante que cualquier persona podría decir que acaban de soltarme una bomba. — ¿Todo bien? — Si. – le sonrío. – ¿Puedo llegar tarde? Quiero irme a pensar. — Vuelve mañana, pero ten cuidado. — Te quiero mucho. – la abrazo. – Tu y Mason fueron un regalo, Emir y Hana fueron una mala experiencia. — También te quiero mucho bambalina. – besa mi moflete antes de subirse a su coche. Me quedo viendo como se pierde en la noche, mientras yo me quedo esperando, observando desde lejos como los que hasta hace unos momentos creía que eran mis hermanos llegan al hospital. Los guardias deben haberle alertado del atentado. No me importa que sepan que estoy viva, lo han sabido todos estos años, sé a quien tengo que pedirle un favor si me siento acorralada. Esa familia cometió muchos errores, uno de los principales subestimarme. Me subo al coche antes de que puedan verme, me voy en dirección contraria, hacía las afueras de la ciudad donde se encuentra la mansión del gobernador de la ciudad. Ahora mismo necesito el apoyo de alguien que nunca me juzgará, que da igual los errores que cometa. River y yo nos hicimos amigos de casualidad, fui su apoyo cuando nadie más lo era, lo animé a buscar ayuda y estuve a su lado, de forma literal y figurada, hasta que consiguió recuperarse. Llamo al timbre de la casa con frenetismo, el gobernador de la ciudad, Fred, es quien abre la puerta medio dormido. No se lo piensa ni diez segundos antes de apartarse de la puerta y dejarme subir a la habitación de su hijo. No tiene que tener visitas si me ha dejado entrar con tanta facilidad. — No gritéis. – me sonríe, nunca se me ocurriría acostarme con River pero aprecio la mala broma. — Gracias. Toco con urgencia la puerta del único amigo que tengo o he tenido nunca. River abre la puerta solo con los pantalones largos del pijama y cara de recién levantado que desaparece en cuanto ve el estado en el que estoy, a punto de llorar. Sin pensarlo dos veces me atrae a su cuerpo en un abrazo cálido que me tiene derramando lágrimas antes incluso de que cierre la puerta. Odio llorar delante de la gente pero necesito hacerlo ahora. — No es mi padre, no es mi padre. – sollozo. — ¿Qué ha pasado Nyx? — El hombre que pensaba que era mi padre en verdad no lo es, me secuestró recién nacida. – las piernas me tiemblan, no caigo al suelo porque él me sostiene. – ¿Quién soy? — Nyx, bosnia, mi mejor amiga, la artista de circo, la hermana mayor de JP. — Una niña robada. — Puedo ponerme a investigar quien es tu padre si es lo que quieres, sabes que haría cualquier cosa por ti. — Puedes abrazarme toda la noche hasta que me quede dormida. — Puedo abrazarte eternamente Nyx, siempre. Me deja ropa suya para que pueda dormir cómoda, incluso me deja darme una ducha a pesar de las horas. Mañana volveré a fingir que todo está bien, que la verdad no me ha dejado con una sensación de vacío a la que jamás me había enfrentado. Fingiré, saldré a pasear junto a Lira, la hermana menor de River y jugaré a las cartas con JP como hago cada sábado. Necesito una rutina que mantenga mi cabeza ocupada, si pienso en lo que me acaban de decir me voy a volver loca por completo. No puedo perder la cabeza, no cuando hace años decidí que ellos no volverían a tener importancia en mi vida. Si vuelven a tenerla, todos los años que he luchado por una vida normal se irán a la mierda y no estoy dispuesta a perder mi normalidad.
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