Capítulo 2

1032 Words
El cementerio de la familia Cavallaro era un hermoso mausoleo de mármol blanco y cipreses que lo rodeaban como centinelas bajo un cielo que amenazaba con su color grisaceo, el aire era gélido, pero no tanto como el ambiente que rodeaba la fosa abierta. Elio estaba de pie junto a su madre, Doña Carlota, una mujer de delgaba figura y muy bien conservada para la edad que tenia, y su hermana Genova, una joven agraciada y de belleza similar a la de su madre, de cabello castaño y ojos verdes,labios rosados y dulces, un atractivo prospecto para cuaquier hombre que lograra cautivarla. Los tres mantenian una compostura tranquila y rigida, en contraste con lo que se esperaría de una familia que acaba de perder a su padre y a su esposo tras una agónica lucha de cinco años contra el cáncer, no había lágrimas ni una mueca de debilidad. Doña Carlota mantenía la mirada fija en el horizonte con una dignidad de acero, como si el llanto fuera una debilidad impropia de ella y era verdad que esa mujer estaba hecha de acero, no solo por la enfermedad de su esposo, sino porque habia aprendido con el tiempo que la esposa de un hombre poderoso, no podia ser menos, sino queria terminar muerta. Genova, por su parte, acomodaba su velo de encaje con una fijeza que hablaba más de vanidad y protocolo que de dolor. Ella amaba a su padre de la misma forma que podia amar una flor marchita, una vez muerto, su amor tambien moria con él. Genova apesar de nunca haber sido considerada para ser heredera, habia tenido la misma educacion que Elio, solo que a ella nunca le habia tocado ver el trabajo sucio, asi que se habia vuelto arrogante y vanidosa, ella tenia sus propias metas y que su padre estuviera muerto, era una de ellas. Elio, sin embargo, no sentía indiferencia como su familia. Lo que él sentía era odio. Mientras el sacerdote oficiaba la última misa con palabras huecas sobre la paz eterna, Elio observaba el féretro de madera oscura de su padre,danse cuenta de que esa seria la ultima vez que lo veria. El sonido de la liturgia se desvaneció, y en su lugar, el presente fue devorado por un recuerdo que quemaba más que las cicatrices de su espalda. Se vio a sí mismo cinco años atrás, irrumpiendo en la oficina de su padre, Cosimo Cavallaro. Aquel dia Elio tenía los ojos inyectados en sangre, las mejillas surcadas por lágrimas que se negaban a detenerse y el alma hecha pedazos. Había ido allí a exigir justicia, a reclamar la cabeza de quien fuera que hubiera incendiado su hogar. Las investigaciones preliminares eran claras: el fuego se originó exactamente en la habitación principal donde Amalia dormía. Ningún fallo eléctrico, ninguna chimenea encendida. Alguien había rociado acelerante mientras ella descansaba. El cuerpo había permanecido tres horas bajo las llamas antes de que los bomberos pudieran apagar el infierno, quedando en tal estado que era imposible determinar si Amalia había sufrido heridas antes de que el fuego la consumiera. —¡Quiero sus cabezas! —había gritado Elio, golpeando el escritorio—. ¡Dime quién fue! ¡Dime a quién tengo que matar! Cosimo se había mantenido imperturbable tras su escritorio, observando a su hijo con una frialdad que Elio confundió con fortaleza. Solo cuando Elio cayó de rodillas, derrotado por el dolor, pero movido por la sed de venganza, su padre decidió hablar. —No hay nadie a quien buscar, Elio —dijo Cosimo con voz plana y fria, pero no como si le estuviera hablando a un hijo de su sangre, sino a un socio al que le comunicaba una decision que habia tomado por su cuenta—. Fui yo. Elio se quedó inmóvil. El tiempo pareció congelarse en la oficina. El impacto de la noticia fue un golpe físico que le robó el aire. Miro a su padre mientras el cuerpo comenzaba atemblarle, aun sin comprender sus palabras. —Tuve motivos poderosos.Solo quería protegerte de los pensamientos que esa mujer estaba metiendo en tu cabeza. —continuó su padre, levantándose—Mis hombres me informaron que planeabas abandonarnos. Que ella te había convencido de huir, de renunciar a tu derecho de nacimiento. Ella no pertenecía a nuestra sociedad, Elio. Era un parásito que estaba destruyendo tu futuro. —¿Por...qué? —murmuro Elio, dejando caer sus manos al suelo, sin fuerzas para mantenerse en pie ni mirar a su padre—. ¿Por qué Amalia era peligrosa para la organización? Ella... ella solo me amaba. —Si te marchabas, dejabas a tu familia a merced de nuestros enemigos —respondió Cosimo, rodeando el escritorio para mirar a su hijo desde arriba—. Tu madre y tu hermana terminarían igual o peor que tu esposa si los Cavallaro perdían a su heredero más capaz. Tomé la decisión más difícil por ti. Sacrifiqué a uno para salvar al resto. Elio no respondió. El silencio en la oficina se volvió sepulcral, roto solo por el tic-tac de un reloj de pared. Entonces, Cosimo añadió con una sonrisa amarga mientras las lagrimas le quemaban las mejillas: —Aprecia tu vida, Elio. Porque tengo cáncer y no viviré mucho tiempo. Espero que sepas lo que tuve que pagar por tu seguridad. El recuerdo se disipó con el sonido de la primera palada de tierra golpeando la madera del féretro. Elio volvió al presente, al frío cementerio donde finalmente su padre habia recibido su castigo, una muerte dolorosa. Su madre se adelantó primero, dejando caer un puñado de tierra con elegancia mientras todo el mundo la observaba como lo que era, una mujer de hierro. Luego Genova hizo lo mismo, sin desordenar su traje de diseñador. Llegó el turno de Elio. Se acercó al borde de la fosa de dos metros de profundidad. Tomó un puñado de tierra húmeda entre sus dedos enguantados y, mientras la dejaba caer sobre la caja que contenía los restos de su progenitor, susurró para sí mismo con una rabia que los cinco años de agonía de su padre no habían logrado mitigar: —Púdrete en el infierno, amado padre.
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