Emilia desvio la mirada cuando percibio el olor a exceso al abrir la puerta. Era un aroma agrio al que aun no se acostumbraba del todo, una mezcla de perfume caro oxidado de mujer, tabaco rancio del bueno y el aroma metálico del sudor. Emilia empujó el carrito de limpieza por el pasillo alfombrado del Palazzo di Luce, en Roma, sintiendo que el peso de sus hombros no solo provenía del cansancio físico sino de la pena de tener que limpiar la suciedad de los ricachones que llegaban a ese sitio como si fuera un motel de paso. Al entrar en la suite 405, el desastre la recibió como una bofetada.
Emilia suspiró al ver que el trabajo que tenia por hacer y se colocó los guantes negros de látex. Tomo un paño de limpieza para limpiar la mesa de cristal del centro de la estancia, el cual se habia convertido en un mapa de restos de un polvo blanco, fino como la nieve pero mucho más peligroso, formaban líneas incompletas junto a una tarjeta de crédito dorada abandonada y la cual tambien tuvo que limpiar en caso de alguien volviera a reclamarla. Habia tres botellas de vino Sassicaia yacían vacías en el suelo, valoradas en más de lo que ella ganaba en tres meses de fregar suelos y lavar baños.
—Otra fiestita—susurró para sí misma con cierto aire de hartasgo.
Se agachó para recoger los preservativos usados con una mueca de asco profesional, era la rutina de la mayoria de los fines de semanas. Los ricos venían, ensuciaban sus vidas con sus amantes y ella, la chica de la limpieza, borraba sus huellas antes de que el siguiente huésped reclamara la habitacion.
Mientras pasaba el paño por la superficie de cristal de la mesa y una de las botellas de vino, un escalofrío le recorrió la nuca porque apesar de lo asqueroso de la escena, no era la primera vez que sentía esa extraña familiaridad con el lujo y no precisamente porque su trabajo era limpiar las fiesta de lujo de ese hotel. A veces, al tocar una sábana de mil hilos o sentir el peso de una copa de cristal, algo dentro de ella vibraba. No eran recuerdos claros, sino sensaciones: la textura de la seda contra su piel, el sabor del champán frío en su garganta, la seguridad de no tener que pedir permiso para existir, era como si su cuerpo recordara, por instinto, pero su memoria era un lienzo en blanco con bordes quemados.
Sabía quién era ahora, Emilia Ferrer, la trabajadora eficiente, pero la mujer de antes de despertar en el hospital seguía siendo una sombra. Los médicos le habían dicho que el trauma era profundo, que su mente había decidido protegerla bloqueando el camino de vuelta a su vida anterior, pero conforme avanzara el tiempo todo volveria, pero Emilia habia sido paciente durante mucho tiempo, pero despues de 5 años, nada concreto habia vuelto a su mente. Durante todo ese tiempo nadie la busco, ella era una desconocida que aparentemente tenia una visa permanente, su familia habia fallecido en un accidente y no se habia casado segun la base de datos a la que habia podido acceder gracias a la ayuda del gobierno italiano.
Caminó hacia los ventanales que daban a la Vía Véneto. Las cortinas de terciopelo pesado mantenían la suite en una penumbra artificial y con un movimiento decidido, tiró de los cordones dorados. La luz de Roma, esa mezcla de ámbar y plata de las luces de la ciudad al atardecer, inundó la habitación. Emilia se quedó quieta, con las manos aún sujetando la tela, observando los tejados y las cúpulas que brillaban bajo un cielo amatista.
Fue entonces cuando sucedió, la imagen no entró en su mente de forma suave; fue un relámpago que le dolió en las sienes.
Oscuridad. Un aroma intenso a sándalo y lluvia, no estaba en una suite de hotel, pero el lujo era el mismo, o quizás mayor. Las sábanas bajo su espalda no eran de algodón, sino de algo tan suave que parecía agua. Sobre ella, una silueta oscura y masculina. No podía ver su rostro, pero sentía el calor que emanaba de su cuerpo, una presencia dominante que llenaba todo el espacio y que la hacia sentirse pequeña, pero al mismo tiempo protegida, como si el mismo viento tuviera miedo de ese hombre.
Él se inclinaba sobre ella, podía sentir la presión de sus manos, grandes y firmes, sujetando sus muñecas contra el colchón. No había miedo en ese recuerdo, solo una tensión eléctrica, un romance oscuro que la hacía sentir viva de una manera que la Emilia de ahora no podía comprender.
"Mía", pareció susurrar una voz profunda en el fondo de su mente.
Emilia soltó las cortinas bruscamente, retrocediendo un paso. Su corazón golpeaba contra su pecho como un animal enjaulado que deseaba estar en ese lugar, con ese hombre, de la misma forma en que ella lo recorbada o...¿Lo imaginaba? ¿Era un deseo? ¿Una fantasía alimentada por la soledad? ¿O era el primer trozo del rompecabezas de su vida anterior que finalmente encajaba?
Se miró las manos, seguían envueltas en látex barato. El hombre de aquella oscura fantasia no pertenecía a ese mundo de limpieza y turnos de diez horas, pero ella, por un segundo, se había sentido exactamente en su lugar.
—¿Quién eres? —murmuro a la sombra de su mente, pero solo obtuvo el silencio de la suite de lujo y el lejano eco del tráfico romano.
Emilia volvio a la cama, para retirar las sabanas y luego regresó al carrito de limpieza, para cambiarlas por un nuevo juego. Tenía que terminar la habitación, pero a pesar de que su mente estaba ocupada en la musica que se reproducia en su audifonos, cada vez que cerraba los ojos, sentía el dominio de aquella silueta masculina sobre ella, reclamándola desde una oscuridad que empezaba a resultarle peligrosamente atractiva.