Capítulo 4

1403 Words
El aire en el salón de la Villa Borghese se sentía denso, saturado por el olor a tabaco y el aroma del barniz de los muebles antiguos del lugar. Elio Cavallaro permanecía sentado delante de una mesa de caoba tallada, una reliquia de tres metros de largo que había sido el epicentro de conspiraciones familiares por tres generaciones. Sus manos, siempre envueltas en sus guantes de cuero n***o como si cualquier superficie fuera indigna de él o al menos, eso es lo que las personas solian comentar de él. Sus manos descansaban sobre la superficie pulida, casi como garras de un ave de presa en reposo. Debajo de ese cuero, las cicatrices de quemaduras que le deformaban los nudillos y le tensaban la piel eran un recordatorio constante de que cada que respiraba, solo le estaba robando oxigeno a la vida. Nadie fuera de su familia habia visto las cicatrices, asi que nadie mas sabia que aquellos guantes eran su armadura contra el mundo cruel y oscuro en el que estaba obligado a vivir. Frente a él se encontraba Francesco Valli, el líder de una de las facciones más antiguas de la Camorra, lo observaba con ojos entrecerrados, tratando de descifrar qué había tras la máscara de impasibilidad del heredero de Cosimo cavallaro. Valli recordaba al padre de Elio, un hombre que, aunque brutal, creía en la diplomacia de los viejos tiempos. —Tu padre era un hombre de honor, Cavallaro —dijo Valli, rompiendo el silencio con una voz rasposa que buscaba apelar a una nostalgia inexistente—. El trato por las armas de corto alcance estaba cerrado. El precio se pactó hace seis meses. El mundo ya es bastante inestable como para que nosotros, los pilares de Italia, cambiemos las reglas del juego a mitad de la partida. Elio no parpadeó. Sus ojos como el acero frío de una hoja de afeitar no mostraban rastro de la enfermedad que se había llevado a su padre meses atrás. El cáncer había consumido al viejo Cosimo durante 5 años desde adentro, convirtiéndolo en una sombra antes de reclamarlo por completo, pero Elio no era su sombra; había nacido de las cenizas de su mansion quemada y del cementerio donde habia enterrado los restos de su esposa, una frialdad que solo nacio cuando ya no quedaba nada que perder. —Mi padre murió, Francesco. Y con él, murió la caridad y la paciencia de los Cavallaro —la voz de Elio era un susurro gélido que parecía bajar la temperatura de la habitación varios grados—. El precio ha subido un veinte por ciento. No estoy negociando, ni estoy pidiendo tu bendición. Te estoy informando del nuevo valor de mi protección y de la logística que solo mi familia puede garantizarte en mis muelles. Si quieres las Berettas y los rifles de asalto para tu guerra en el sur, este es el peaje. Valli se tensó de tal manera que las venas de su cuello se marcaron como cuerdas. A su alrededor, los guardaespaldas de ambos bandos intercambiaron miradas cargadas de electricidad, sus manos rozando discretamente las culatas de las armas bajo sus chaquetas. Un insulto de ese calibre, un cambio unilateral de contrato, solía terminar en un baño de sangre que mancharía los frescos del techo. Pero Francesco Valli no se movió, conocía la reputación del hombre que tenía delante, un hombre que no operaba bajo la lógica de la supervivencia. Elio Cavallaro no era un hombre al que se pudiera amenazar con la muerte; para él, la Parca no era un castigo, sino una amante esquiva que lo había rechazado el día desde el dia en que su esposa habia fallecido. —Dicen que desde que Amalia se fue, has perdido el juicio, Elio —murmuró Valli, midiendo cada sílaba como si fuera la chispa de un fosforo cerca de una mecha de un explosivo—. Dicen que buscas la muerte en cada rincón, desafiando a hombres que podrían borrar tu apellido del mapa solo por el placer de ver si alguien se atreve a jalar el gatillo, pero también dicen que eres el hombre más peligroso de toda Italia precisamente por eso: porque no tienes nada que perder, ni un alma que salvar. Creo que ni siquiera te importaria la muerte de tu madre o de tu hermana. Al oír el nombre de su esposa, la mandíbula de Elio se apretó de forma casi imperceptible mas que escuchar la palabra muerte al lado de una mencion de las unicas integrantes de su familia. Aquella reaccion, era un gesto que solo alguien que lo conociera íntimamente habría detectado. Amalia. Ella había sido el único color en su mundo gris, la única razón por la que sus manos alguna vez se sintieron cálidas sin necesidad de guantes. El incendio que la arrebató lo había dejado a él como un error del destino: con las manos quemadas y el alma reducida a fragmentos de un hombre vacio por dentro que lo unico que le hacia sentir algo era la muerte y la tortura de sus enemigos. Estar vivo era su verdadera condena, una sentencia de cadena perpetua en un cuerpo que recordaba el calor de un abrazo que ya no existía. Deseaba una bala en la nuca, deseaba el dolor purificador de la tortura, cualquier cosa que fuera más real que el vacío crónico que sentía en el pecho. Sin embargo, seguía en pie. El peso del imperio Cavallaro, sus rutas, sus hombres y su legado, descansaba sobre sus hombros con la pesadez del plomo. Si él caía, su familia sería devorada por los lobos que ya aullaban a las puertas de su nuevo imperio. Valli asintió lentamente, una capitulación silenciosa. Inclinó la cabeza en un gesto de respeto forzado, reconociendo que no había palanca emocional con la que mover a Elio. —Acepto el precio. Tu reputación de hombre muerto que camina te precede, Don Cavallaro. No buscaré problemas con alguien que ya ha cruzado el Estigia y ha regresado solo para cobrarnos el pasaje. Elio no se inmuó ante el reconocimiento de su propia tragedia. Se puso en pie con una elegancia letal, el cuero de sus guantes negros chirriando levemente contra la madera mientras ajustaba el botón superior de su saco de lana italiana hecho a medida. —Excelente decisión, Francesco. Roma es demasiado hermosa y demasiado pequeña para que dos hombres inteligentes se maten por un simple margen de beneficios. Lorenzo te enviará las coordenadas del envío mañana a primera hora. Salió de la sala sin mirar atrás, sus pasos resonando en el mármol con una cadencia militar. Lo seguía su sombra constante, Lorenzo, el unico hombre que entendía porque su señor, estaba dispuesta a desafiar a la misma muerte con tal de que dirigiera la mirada. Al salir al aire fresco de la noche romana, Elio se detuvo un momento en la escalinata de la villa. Miró hacia el horizonte, donde las luces de la ciudad brillaban con una indiferencia hermosa, ajenas a la oscuridad que él llevaba consigo. Él no era un hombre contemplativo, pero recordaba las dulces tardes en que Amalia observaba las luces cuando viajaban, la reconformataban y él aveces, buscaba el mismo consuelo que ella obtenia, pero la ciudad ni sus luces significaban nada para él, asi que volvio la vista con indiferencia hacia el interior del auto que ya esperaba por él. —¿A dónde ahora, Don Cavallaro? —preguntó Lorenzo, manteniendo la distancia de respeto que sentia por su señor—. El coche está listo. Elio subió al vehículo blindado, el cuero de los asientos recordándole la suavidad de una piel que su tacto ya no podía procesar. Se quitó un guante por un segundo, observando la piel brillante y deformada de su mano izquierda bajo la luz LED del coche. La cerró en un puño, sintiendo la tirantez de la cicatriz como si aquel trato hubiera sido un enfrentamiento a mano limpia y él de alguna forma habia ganado de nuevo. —Al hotel, Lorenzo—ordenó, volviendo a cubrirse con el cuero n***o y soltando un suspiro como si estuviera cansado, aunque en realidad solo sentia lastima por si mismo—. Tengo una reunión por la mañana. Necesito silencio antes de enfrentarme a esos idiotas. Necesito silencio, eso es la unica satisfaccion que me queda y esta noche, parece que el mundo entero quiere arrebatármelo.
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