El sonido de los puños de Emilia contra la madera de la puerta se había convertido en el único sonido que retumbaba en los pasillos de la casa durante casi una hora. Era un golpe seco y desesperado, que no detuvo ni por un segundo, esperando que aquel hombre volviera para decirle todo lo que no habia podido hacer antes y si no volvia, al menos los pasillos lo sabrian. Gritó hasta que su garganta se sintio seca y la voz apenas le salia de lo cansada que estaba, habia estado exigiendo que la liberaran, lanzando amenazas y maldiciones contra su secuestrador, sin embargo, al otro lado, nadie hizo caso de su berriche. El personal, siguiendo las órdenes estrictas de Lorenzo, habían decidido ignorar sus gritos como si se tratara de una niña que necesitaba un momento de soledad para pensar en sus

