6 de enero de 2019
El día se me hace eterno.
Intento componer, ensayo para la gira una y otra vez, repaso acordes que ya conozco de memoria y juego un rato con Diogo en el espacio reducido de mi piso. Él me observa con esa lealtad silenciosa que solo un perro puede ofrecer, como si supiera que algo me tiene inquieto, como si notara que mi cabeza está en cualquier parte menos en el presente. Incluso vuelvo a leer algunas de sus historias, no porque no las conozca ya, sino porque su manera de escribir consigue distraerme durante unos minutos… pero nada de eso logra que las horas pasen más rápido.
Miro el reloj con demasiada frecuencia.
Cuando por fin marca las siete y media de la tarde, suelto el aire que llevo conteniendo desde hace rato. Es la hora. No hay excusas. No hay ensayos pendientes ni canciones que puedan esperar un poco más.
Me planto frente al espejo antes de salir y acomodo el cuello de la cazadora gris que combina con la camiseta del mismo tono y los pantalones negros. Me observo con atención y no puedo evitar una sonrisa irónica. Me siento como un adolescente a punto de ir a su primera cita, aunque la vida me haya demostrado, en demasiadas ocasiones, que esto está muy lejos de ser la primera vez.
—Vamos, Ferran —me digo a mí mismo—. Intenta recordar cómo es esto de interesarte por una mujer sin que tu nombre haga la mitad del trabajo.
Agarro las llaves, despido a Diogo con una caricia distraída y salgo del piso.
[…]
Aparco frente al edificio donde vive y, tal como me pidió, le escribo en cuanto apago el motor. Me quedo esperando, con las manos apoyadas en el volante, mirando la entrada del edificio como si pudiera invocarla solo con pensar demasiado fuerte en ella.
Durante esos minutos me asalta una duda absurda: ¿debería haber traído flores? Quizá habría sido demasiado. Tal vez cualquier gesto ahora puede parecer forzado. No quiero impresionar; quiero conocerla. Quiero que esto sea sencillo, aunque nada de lo que rodea mi vida lo sea.
La puerta del edificio se abre.
Y todo mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
Se me desacomoda el pulso, como si el corazón olvidara el ritmo que lleva desde hace años. Me llevo una mano al pecho de manera inconsciente, intentando comprobar que sigo respirando con normalidad.
Sale con un vestido blanco corto de mangas largas que contrasta peligrosamente con el frío de la noche, un pañuelo rodeándole el cuello y unas botas altas que combinan con su bolso color café. El cabello le cae en ondas suaves sobre los hombros y, cuando me ve, sonríe. Camina hacia el coche con una seguridad tranquila, como si la acera fuera una pasarela improvisada y ella supiera exactamente cómo moverse en ella.
Abro la puerta para bajar, pero ella niega con la cabeza desde lejos, indicándome que no es necesario. Sonrío y me inclino desde el asiento para abrirle la del copiloto.
—Buenas noches —digo mientras sube.
—Buenas noches —responde—. Si te pedí que no bajaras es porque no quiero que te vean y armar un escándalo.
Cierra la puerta y se inclina hacia mí para saludarme con dos besos. El gesto es sencillo, pero mi cuerpo reacciona como si fuera mucho más que eso.
—Te ves hermosa —le digo sin pensarlo demasiado.
La veo colocarse el cinturón de seguridad y mirarme con una media sonrisa que me desarma.
—Tú también te ves muy guapo… aunque supongo que eso ya lo sabes.
Me río.
—Suena mucho mejor cuando lo dices tú.
Arranco con cuidado y me incorporo al tráfico.
—¿Te gusta la comida francesa? —pregunto.
—Me gusta casi todo menos el sushi —responde—. Así que llévame donde quieras… pero, por favor, no quiero aparecer en la portada de ninguna revista cenando contigo.
—¿Ah, no?
—No.
—Qué lástima —bromeo—. Ya tenía planeada una sesión de fotos.
Se ríe.
—Me gusta tu sentido del humor.
Respiro hondo.
—Y a mí me gustas tú —digo con una honestidad que me sorprende incluso a mí—, pero ese ya es otro tema. Mejor vayamos antes de que siga hablando de más.
Arranco y dejamos atrás la calle.
—¿Qué es lo que menos te gusta de ser famoso? —pregunta de pronto, sin rodeos.
La miro de reojo.
—¿Eso es curiosidad genuina o material para tus historias?
—Es curiosidad —aclara—. Lo que digamos queda entre nosotros. Yo seguiré inventándote cuando escriba.
Asiento despacio.
—Entonces hagamos un trato.
—¿Cuál?
—Yo respondo a tus preguntas… pero tú haces lo mismo con las mías.
—Me parece justo —dice—. Empieza.
—Lo que menos me gusta es no poder tener una vida normal —respondo—. Cosas simples. Como ir a tocar tu timbre para recogerte sin pensar en quién puede estar mirando.
Me observa en silencio.
—Te entiendo —dice al final.
—Mi turno.
—Pregunta.
—Cuando escribes sobre mí… —empiezo— ¿piensas en mí?
Parpadea, confundida.
—No entiendo.
—Déjame decirlo de otra manera —añado—. Cuando escribes esas escenas más intensas… ¿fantaseas conmigo?
Se ríe nerviosa y tose.
—j***r…
—No te escapes —insisto, divertido.
—No —responde al fin—. No escribo pensando en ti como persona real. Para mí eres un personaje. El lector ya sabe cómo eres, así que no necesito describirlo todo… tu físico, tu voz…
—Eso de la voz me gusta —la interrumpo.
—Pero no es eso —continúa—. En mi cabeza surge una historia, una situación, y la desarrollo. Cuando escribo escenas de sexo pienso en la pareja, en el contexto, no en ti como hombre real.
La escucho con una atención que no le presto a casi nadie.
—Interesante —digo—. Entonces dime… ¿qué tipo de historia te gustaría vivir a ti, Asli Fernández?
Me mira con calma, sin prisas.
—No busco nada en específico —responde—. Solo algo real. Con alguien que me haga volar la cabeza.
Sus palabras se me clavan en el pecho.
—Eso… me gusta —admito.
Aparco frente al restaurante y apago el motor.
—Seguiremos con ese interrogatorio luego —digo sonriendo—. Aquí sí puedo abrirte la puerta. Espérame.
Bajo del coche y camino hacia su lado.
Mientras le abro la puerta, una sola frase no deja de repetirse en mi cabeza, insistente, peligrosa:
Algo real con alguien que me haga volar la cabeza.
No sé todavía qué va a ser ella en mi vida.
Pero empiezo a tener muy claro que no va a ser algo pequeño.