[ASLI]
Está sentado a mi lado en una mesa elegante, dentro de un salón privado de ese restaurante moderno y lujosamente discreto, con una iluminación tenue que convierte cada gesto en algo íntimo, casi secreto. El murmullo del lugar se disuelve detrás de los cristales y la música suave parece envolvernos en una burbuja ajena al resto del mundo.
Lo observo mientras hojea la carta de champagnes con calma, como si no fuera consciente del efecto que tiene en cualquiera que lo mire.
Y debería ser completamente ilegal que alguien se vea así.
Cada línea de su rostro parece estudiada por un escultor obsesivo: los labios bien definidos, la barba perfectamente cuidada que le da un aire peligrosamente atractivo, las pestañas oscuras, la forma en que frunce levemente el ceño cuando duda entre una botella u otra… y esos ojos marrones que parecen leer pensamientos sin pedir permiso.
—¿Te provoca que pidamos lo que llaman el tour de la casa? —pregunta, interrumpiendo mi descarada inspección.
—Sí… claro, por mí está bien —respondo, intentando recuperar algo de dignidad.
Pero todo empeora cuando habla con el camarero con esa voz grave y tranquila, esbozando medias sonrisas que derriten a mis protagonistas de ficción… y, evidentemente, también a buena parte de sus fans.
¿Por qué eres así de sexy?
¿Por qué juegas tan sucio sin siquiera intentarlo?
Empiezo a sospechar que lo que escribo no está tan lejos de la realidad.
—Ahora sí —dice inclinándose un poco hacia mí—, podemos continuar con nuestro juego de preguntas. Creo que te tocaba.
Asiento y tomo la copa de agua solo para darme un segundo extra.
—¿Has leído historias de otras escritoras en Inkora? —pregunto.
Niega con la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque llevo poco tiempo leyendo lo que escriben sobre mí… y la primera con la que me crucé fuiste tú.
Ríe, algo incómodo.
—Pues deberías leer a otras —le digo con entusiasmo—. Hay autoras muy buenas.
La manera en que me sonríe me borra el apellido, el nombre y cualquier pensamiento coherente.
—Lo haré —promete—. Así que… ¿hay mucha gente escribiendo sobre mí?
Me río.
—Digamos que eres un tema bastante inspirador.
Se muerde el labio inferior, gesto que me desarma por completo.
—Lo he notado en los comentarios… algunos me hacen sonrojar.
—¿Más que lo que escribo yo? —pregunto jugando con un mechón de mi cabello.
—Digamos que lo tuyo me ha hecho sentir cosas distintas.
Trago saliva.
—¿A qué te refieres?
—Primero yo, señorita Asli Fernández…
Con dos dedos aparta suavemente un mechón de mi cabello y lo coloca detrás de mi oreja.
—Alguna de esas escenas que has escrito… ¿han nacido de fantasías que tuviste conmigo?
Respiro hondo.
—Digamos que son fantasías de lo que me gustaría vivir con alguien… no contigo específicamente. Jamás pensé que podría siquiera besarte como lo hicimos ayer.
Mi cuerpo entero entra en un estado de alerta absurda.
No.
Esto no puede estar pasando.
—Interesante… —murmura—. No te pregunto más… aún.
Sonríe.
—Tu turno.
—¿Qué se siente ser tan famoso? —pregunto—. Viajar tanto… que la gente te adore sin importar dónde estés.
Sus ojos se suavizan.
—Es extraño. Hay personas que saben todo de mí y yo no conozco ni sus nombres… y aun así me dan un cariño que me abruma. Muchas veces pienso que no sé si lo merezco.
El camarero sirve el champagne y el sonido de la burbuja al romperse llena el silencio.
—Claro que lo mereces —le digo—. La forma en que tratas a tus fans… eso no se finge.
Me observa un segundo más de la cuenta.
—¿Y tú? ¿Por qué nunca te dedicaste a escribir de manera profesional? Eres buena.
Me río.
—Eso mismo dice mi madre.
—¿Y?
—Ella cree que debería escribir libros… pero yo no lo veo tan claro.
—¿Por qué?
—Una cosa es publicar en una plataforma donde la gente lee para distraerse… y otra muy distinta que paguen por comprar algo mío.
No termino la frase porque se inclina apenas hacia mí.
Demasiado cerca.
—¿Qué pasa? —susurro.
—No sé si me gusta más escucharte, mirarte… o leerte.
Mi corazón amenaza con traicionarme.
—Brandon…
—¿Qué?
—¿Intentas seducirme aprovechándote de quién eres?
Niega.
—No. Aunque no voy a fingir que nunca me ayudó… este no es el caso.
—¿Y cuál es?
Apoyo una mano en su pecho, intentando frenar la cercanía.
—Que me pareces una mujer muy interesante… y eso empieza a asustarme.
Mi respiración se acelera.
—A mí también me da miedo… No quiero caer por el famoso cantante.
—¿Ah, no? —pregunta sonriendo—. ¿Entonces por quién?
—Por Brandon… el hombre de Marbella. El que tiene familia, rutina, una vida fuera del escenario.
Sus labios se acercan más.
—Entonces tendrás que conocerme… y dejar que yo te conozca.
—Supongo que sí…
No me da tiempo a decir nada más.
Sus labios se posan sobre los míos y el mundo entero desaparece.
No existe el restaurante. Ni la música. Ni las paredes.
Solo esta sensación vertiginosa que me recorre de arriba abajo, la manera en que su boca encaja con la mía como si se hubiera ensayado durante años, la intensidad contenida que me obliga a aferrarme a su abrigo sin darme cuenta.
Es dulce.
Es peligroso.
Es real.
No sé si hay marcha atrás después de esto.
Tampoco sé cómo se sigue.
Solo sé una cosa…
empieza a encantarme.