[BRANDON]
Horas más tarde
Pantalón n***o, camiseta de manga larga y una americana gris oscuro con detalles en n***o. No es que me haya puesto a pensar demasiado en la ropa, pero sí me doy cuenta de que hoy me importa. Me importa cómo me veo, cómo me percibe, qué impresión tendrá cuando me abra la puerta. Me importa más de lo que debería.
Y eso me pone nervioso.
Hace muchísimo tiempo que no invito a una mujer a cenar a mi piso. No a una cena de verdad. No a una mesa puesta con intención y no con prisa. Mucho más tiempo ha pasado desde la última vez que sentí esta clase de ansiedad: esa mezcla ridícula entre emoción y miedo que te hace caminar por el salón como un adolescente, aunque tengas la vida hecha pedazos de experiencia.
Miro alrededor.
El piso está impecable. Demasiado. He recogido lo que nunca recojo, he acomodado lo que suele estar “bien así”, he encendido una luz cálida en lugar de la blanca, he puesto música suave pero tan baja que apenas se nota. La mesa está lista: manteles individuales, cubiertos alineados, servilletas dobladas, dos copas esperando. Incluso me tomé el tiempo de elegir velas pequeñas, discretas, porque no quiero que parezca una película cursi… pero tampoco quiero que parezca una cena cualquiera.
No sé cuándo empecé a preocuparme por estos detalles.
Supongo que desde que ella apareció.
Me acerco a la cocina, miro el pollo al limón, los vegetales ya listos, el aroma invadiendo el espacio. Me sorprendo sonriendo como un idiota. Esta faceta de mí —la de preparar una mesa con dedicación, la de cocinar para alguien— vuelve a asomarse como si siempre hubiera estado ahí, dormida, esperando una razón.
Y entonces suena el timbre.
Mi corazón se acelera de inmediato, como si se hubiese puesto de acuerdo con mi ansiedad para traicionarme. Por un segundo me quedo quieto, respirando hondo, intentando convencer a mi cuerpo de que no es para tanto… pero lo es.
Camino hacia la puerta y la abro.
—Buenas noches, Brandon.
Y se me olvida cómo se piensa.
Está impresionante. El vestido n***o entallado marca su silueta de una manera peligrosamente elegante; no es vulgar, no es exagerado, es simplemente… devastador. Los tacones estilizan sus piernas, el cabello lo lleva suelto, con ese movimiento suave que invita a imaginar demasiado. Su perfume llega antes que ella y me golpea en el pecho, como si se instalara ahí con intención.
No quiero mirarla así.
No quiero hacerla sentir incómoda.
Pero es inevitable.
—Buenas noches… pasa —consigo decir, y me odio un poco por tardar en reaccionar.
Sonríe y me extiende una botella.
—He traído moscato. Espero que te guste.
La tomo y la miro con esa mezcla de sorpresa y diversión que me provoca todo lo que hace.
—Entonces sí es tu favorito —digo, llevándola a la cocina para dejarla sobre la encimera—. Lo recuerdo.
—Me encanta —confiesa, y me mira como si no fuera gran cosa… pero a mí me pega como un golpe de realidad: presto atención. De verdad presto atención.
Cierro la puerta y el sonido del pasador encajando me produce un efecto extraño, casi íntimo, como si acabáramos de crear un pequeño mundo aparte. Ella se queda quieta unos segundos, observándolo todo con esa mirada curiosa y tranquila.
—¿Qué te parece? —pregunto, aunque sé que me importa demasiado su respuesta.
—Es justo como lo imaginaba.
—¿Sí? —pregunto, divertido.
—Sí. Sofás beige, cojines de colores, cuadros que combinan… cocina blanca… mesa de cristal… —enumera como si estuviera describiendo un escenario que ya conocía.
Me acerco un poco, intrigado.
—¿Cómo demonios sabías que era así?
Sonríe ampliamente, como si la respuesta fuese obvia.
—Compartes mucho de tu día a día en redes. Entre foto y foto dejas que la gente se meta en tu vida cotidiana.
—¿Y eso es malo? —pregunto, aunque en el fondo ya estoy pensando en lo mucho que me expongo sin darme cuenta.
Ella se encoge de hombros, como si no fuese su problema, aunque la noto algo más tensa.
—Depende de hasta dónde quieras que los demás te conozcan.
Doy un paso más.
La distancia entre los dos se reduce de manera natural, inevitable.
—¿Y hasta dónde tú quieres conocerme? —pregunto, y mi voz sale más baja de lo que esperaba.
Paso un brazo por su cintura, despacio, midiendo si me permite o si se aparta.
No lo hace.
—Tenemos un trato —me advierte, aunque su sonrisa tiembla un poco.
—No lo estoy rompiendo —murmuro.
Inclino la cabeza.
—¿Seguro?
—Los besos están incluidos en el pacto —responde, y esa frase, dicha con tanta calma, me enciende el cuerpo.
Mis labios rozan los suyos primero apenas… como si preguntaran. Y luego la beso.
Es lento. Peligrosamente bueno.
No hay prisa, no hay torpeza, solo esa forma perfecta que tiene de corresponder, de hacer que un beso parezca algo más que un beso. Sus dedos se deslizan hasta mi cabello y se enredan en él con suavidad, como si lo hiciera desde siempre.
Me pierdo.
—Brandon… —susurra contra mi boca.
—¿Qué? —respondo, agitado.
—Con calma… ¿sí?
Sonrío porque su frase me devuelve al pacto, a la realidad, al borde que estamos intentando no cruzar todavía… aunque ambos sepamos que el borde existe por una razón.
—Por supuesto.
Doy dos pasos atrás y le tomo la mano como si fuera lo más natural del mundo.
—Permítame, señorita Fernández.
Se ríe, y esa risa me relaja un poco, como si me recordara que también podemos ser normales.
La llevo hasta la mesa y aparto su silla.
—Qué caballeroso…
Se sienta y observa los detalles con ojos abiertos.
—¿Todo esto lo hiciste tú?
—Aunque no lo creas —respondo, orgulloso y un poco avergonzado al mismo tiempo—. Y espera a probar la cena.
—¿Qué preparaste?
—Pollo asado al limón con vegetales.
—Vaya… no puedo esperar a probarlo.
Voy a la cocina por la comida, la sirvo con cuidado, intentando que nada se vea improvisado. Cuando vuelvo, coloco los platos y me siento frente a ella.
—No suelo hacer cosas así —confieso.
—¿Cocinar?
—Cocinar… y traer a alguien aquí. Todo esto es… nuevo.
—¿Puedo preguntar por qué? —pregunta mientras me pasa el plato para que le sirva un poco más.
—¿Puedo ser sincero? —rebato.
—Claro.
Respiro hondo antes de decirlo porque la verdad se siente como un salto.
—Normalmente las mujeres que pasan por mi vida son de una noche. Ni ellas buscan algo más… ni yo tampoco. Es fácil. Es práctico. No te exige. No te rompe.
Veo cómo su mirada cambia, más seria.
—¿Y conmigo qué? —presiona.
Termino de servir, me siento, la miro de frente.
—No voy a negar que me pareces demasiado atractiva —digo—. Esta noche te ves… desquiciadamente hermosa. Pero contigo siento que podría haber algo más que una simple noche enredados entre sábanas. Y eso… me asusta un poco.
Trago saliva y sigo, porque ya no tiene sentido esconderlo.
—Estoy cansado de la soledad, Asli. Cansado de llegar a casa y no tener a nadie con quien compartir una alegría, una mala noticia, un día difícil… alguien que también pueda apoyarse en mí. No sé si tú serás esa mujer. No lo sé todavía. Pero quiero averiguarlo.
Ella me sostiene la mirada.
—Creo que sí —dice al fin, y se le nota la vulnerabilidad en la voz—. Me pone nerviosa… pero creo que vale la pena. En realidad… creo que tú vales la pena.
Me quedo un segundo en silencio, porque no estoy acostumbrado a escuchar palabras así sin que vengan con intención oculta. Y, sin embargo, en ella suenan… honestas.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —digo al fin.
—Por supuesto.
Prueba la comida y sus ojos se abren un poco.
—Esto está exquisito. Felicidades.
—Gracias —respondo, y siento un orgullo ridículo—. Me alegra que te guste.
—Pregunta —insiste.
—Si no fuera quien soy… ¿habrías venido?
—¿Si no fueras famoso?
—Sí.
Sonríe, tranquila.
—Si te hubiera encontrado por la calle, si me hubieras mirado como me miraste cuando abrí la puerta… habría aceptado igual. No creas que es solo la fama lo que hace que una mujer acepte una cena contigo.
—¿Ah, no? —pregunto, genuinamente curioso.
—Te daré tu dosis de ego del día —bromea—. Eres muy guapo… de esos hombres que hacen que el género femenino se queje por existir. Y cuando ríes y se te achinan los ojos… eso es precioso. No eres el hombre más guapo del planeta —hay muchos—, pero tú lo eres de una manera especial.
Me río, incómodo, agradecido.
—Guau…
—Y eso no lo digo solo yo —añade—. Solo que no voy a entrar en detalles sobre grupos de mensajes donde tú eres tema de conversación recurrente.
Me quedo helado.
—¿Qué?
—Tranquilo —dice riéndose—. Nadie sabe que estoy aquí. Si lo supieran… ya me habrían matado.
—Menos mal…
Me inclino hacia ella, más serio ahora, más verdadero.
—¿Puedo decirte algo?
—Sí…
—Eres hermosa —digo sin rodeos—. Pero lo que más me gusta de ti es esa naturalidad tuya… esa manera de decir lo que piensas, de no venderme una versión decorada de ti misma. Asli… me encantas.
Sus ojos se abren de par en par, como si no esperara escucharlo así, tan directo.
—Y tú me encantas a mí, Brandon —responde con un hilo de voz que me deja todos los sentidos en alerta.
Y ahí, en medio de una cena sencilla, de un piso que de pronto se siente demasiado pequeño para lo que está naciendo, lo entiendo: esto ya no es un juego. Esto ya no es una curiosidad. Esto empieza a ser algo que, si no tengo cuidado… puede cambiarme la vida.