El sábado por la mañana, Bianca despertó con el corazón acelerado. Pasó gran parte de su día en un estado de trance, cuidando cada detalle. Se dio un baño largo, exfoliando su piel hasta que se sintió de seda. Mientras se preparaba, sus manos temblaban ligeramente. Tenía miedo de arruinarlo todo, por alguna razón, le era muy difícil ser una mujer confiada sin su máscara.
A las 7:00 PM, su teléfono de la empresa sonó, era Tyler, diciéndole que había llegado a su dirección. Bianca se miró por última vez al espejo. El vestido azul se ceñía a su cintura y caía con una elegancia líquida hasta el suelo, mientras que la espalda descubierta la hacía sentir expuesta, casi desnuda.
Ya no había tiempo para cambios, tomó su pequeño bolso y salió a paso firme hasta bajar al primer piso, caminó hasta la salida y ahí estaba Tyler.
Impecable en un esmoquin negr*o hecho a la medida. Pero su expresión no era la del jefe autoritario ni la del esclavo sumiso. Al ver a Bianca, sus ojos se abrieron con una mezcla de asombro y un hambre puramente masculina.
—Señorita López… —su voz sonó más baja de lo normal, casi como una caricia.
Verla de ese modo, lo descolocó por un par de segundos, transformada en una visión que lo dejó sin aliento. El deseo que había reprimido desde el primer día que la entrevistó, aquel que ocultaba bajo capas de frialdad profesional, emergió de golpe.
—Está… estás increíble —dijo él, dando un paso hacia ella.
Bianca tragó saliva, sintiendo el calor que emanaba desde su pecho hasta su rostro, sus nervios estaban a flor de piel.
—Gracias, señor Hale. Usted también se ve… muy bien.
Tyler no respondió. Su mirada bajó por el cuello de ella, recorriendo la piel desnuda de sus hombros hasta detenerse en el inicio de su espalda. Extendió una mano, dudando por un segundo, invitándola a tomarlo del brazo para mayor seguridad.
Ella dudó, pero al final se sujetó de él con una vergüenza que apenas podía ocultar.
—¿Tienes frío? —preguntó él. —Estas temblando.
—Estoy bien—mintió ella, aunque su voz la traicionó con un leve hilo de aire.
—No tienes por qué estar nerviosa —susurró él, acercando su rostro al de ella, capturando el aroma de su perfume—. No te dejaré sola.
Bianca tragó saliva, sintiéndose pequeña bajo su escrutinio.
—Vámonos— dijo Tyler —Siento que vas a salir huyendo y no voy a dejarte, así que no lo intentes.
—No creo llegar muy lejos con estos tacones de cualquier modo.
Subieron al auto y se dirigieron al lugar del evento.
El salón del hotel Plaza estaba decorado con una opulencia que rozaba lo obsceno.
Estaba iluminado por enormes arañas de cristal que hacían brillar las joyas de los asistentes. El aire olía a perfumes caros y a poder. Bianca se mantenía un paso por detrás de Tyler, actuando como la sombra perfecta: impecable, profesional y con una sonrisa ensayada que no revelaba ni un ápice de sus nervios.
Tyler, por su parte, era un maestro en este entorno. Se movía con una confianza gélida, estrechando manos y hablando de negocios entre copas de champán. No necesitaba mirar atrás para saber que Bianca estaba allí; parecía sentir su presencia como un radar.
Entonces, un hombre de unos cincuenta años, con un traje que costaba más de lo que Bianca pudiera imaginar y una sonrisa de tiburón, se interpuso en su camino.
—¡Hale! —exclamó el hombre, dándole una palmada condescendiente en el hombro—. No te veía desde la licitación de Singapur. Veo que las cosas te van… excepcionalmente bien.
—Arthur —respondió Tyler, con una inclinación de cabeza apenas perceptible—. No sabía que te interesaba la filantropía.
—Solo cuando la causa es tan atractiva como la compañía y cuando los invitados son…hombres como tú —dijo Arthur, desviando descaradamente su mirada hacia Bianca. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo con una confianza que rozaba la falta de respeto—. ¿Y esta belleza?, ¿De dónde la has sacado?.
Bianca sintió que la sangre se le congelaba. Estaba acostumbrada a que Nyx fuera el objeto de deseo, pero que alguien la mirara así siendo ella misma la hacía sentirse expuesta.
Tyler no cambió su expresión, pero Bianca notó cómo se interpuso ligeramente, casi como si quisiera esconderla detrás de él.
—Se llama Bianca —dijo Tyler. Su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente tranquila—. Y no la he “sacado” de ninguna parte, Arthur, es mi secretaria y vine conmigo.
La frase “viene conmigo” resonó en el aire como una advertencia. Arthur captó el mensaje, sonrió y asintió, para después alejarse, buscando a otra víctima menos protegida. Tyler no comentó nada al respecto; simplemente guio a Bianca hacia su mesa asignada con una mano firme en la base de su espalda, una presión que decía mucho más que cualquier palabra.
La velada avanzó hasta que llegó el momento principal.
—Y ahora —anunció el maestro de ceremonias—, recibamos al señor Tyler Hale.
Bianca se quedó en la mesa, observándolo mientras él caminaba hacia el podio con una elegancia felina. Bajo las luces del escenario, Tyler se veía imponente. Cuando empezó a hablar, su voz llenó el salón. No leía el discurso; lo había memorizado. Tenía a todos los magnates del salón escuchando cada palabra, hipnotizados por su carisma.
Desde su asiento, Bianca lo miraba fijamente. Ya no era el jefe difícil o el hombre que recibía órdenes por teléfono. Era un líder, un hombre con una determinación que quemaba. Sintió un tirón en el pecho, una atracción física y emocional que ya no podía disfrazar de “juego de poder”. Por primera vez, Bianca no deseaba dominarlo como Nyx; deseaba que él la viera de verdad, que ese hombre brillante y seguro la tomara entre sus brazos allí mismo.
Tyler terminó su discurso entre aplausos estruendosos. Antes de bajar del podio, buscó una sola cara entre la multitud. Sus ojos verdes chocaron con los de Bianca por un segundo que pareció eterno. En esa mirada no había negocios, ni celos, ni órdenes. Solo una conexión eléctrica que prometía que la noche no terminaría de un modo simple.