A la mañana siguiente, Tyler estaba de un humor insoportable, revisando contratos con una intensidad que ponía a todo el mundo nervioso, no había dormido bien y sin Nyx, todo se sentía sofocante.
Bianca entró con paso silencioso. Sabía que el jefe no se había levantado de buen humor, y cuando estaba así, era mejor no respirar.
Llevaba una blusa de seda color crema, que se ajustaba perfectamente a su figura.
—Su café, señor Hale. Y los documentos que pidió para la firma —dijo ella, tratando de mantener la distancia profesional que siempre los separaba.
Tyler ni siquiera la miró.
—Déjalos ahí, López. Y espero que esta vez los márgenes estén correctos. No tengo paciencia para descuidos hoy.
Bianca se acercó al escritorio de caoba oscura. Justo cuando iba a dejar la taza, el teléfono de la oficina sonó con un estruendo inesperado. El sobresalto fue mutuo. La mano de Bianca resbaló y la taza de cerámica golpeó el borde de la bandeja, volcando el líquido oscuro directamente sobre su pecho.
—¡Ah! —soltó ella, retrocediendo por el calor del café.
El desastre fue inmediato. La seda color crema, al contacto con el líquido, se volvió traicioneramente transparente, pegándose a su cuerpo, sin dejar nada a la imaginación, el encaje n***o que llevaba debajo. No era la lencería que uno esperaría de una secretaria como ella, era algo peligroso, algo pecaminoso.
Tyler se levantó de su silla de cuero de un solo movimiento.
—¡Maldita sea! —exclamó él, aunque su voz sonó más ronca de lo habitual.
Rodeó el escritorio en dos zancadas. Bianca estaba intentando inútilmente secarse con las manos, lo que solo hacía que la tela se pegara más a su piel, delineando la forma de sus senos con una claridad asfixiante.
—Quédese quieta —ordenó Tyler. Su tono ya no era de jefe molesto, sino algo mucho más profundo y posesivo.
Tomó un puño de pañuelos y sin pensarlo metió la mano en su blusa para evitar que se siguiera quemando, comenzó a presionar la tela húmeda. Al principio fue un gesto de auxilio, pero a medida que el calor del café se disipaba, el calor de sus cuerpos tomaba el relevo. Los dedos de Tyler rozaban la piel suave de Bianca, y ambos se quedaron helados al darse cuenta de eso.
Tyler levantó la mirada. Sus ojos verdes, ahora oscuros de deseo, se clavaron en los de ella. El silencio en la oficina se volvió ensordecedor. Él bajó la vista hacia la transparencia de la blusa, siguiendo el rastro del café que bajaba por el encaje n***o. Su mano, en lugar de retirarse, se deslizó hacia arriba, rozando la base del cuello de Bianca.
—López… —susurró, con el rostro a escasos centímetros del suyo—. ¿Está bien?.
Estaba a punto de romper todas sus reglas. Sus labios buscaron los de ella, atraído por una gravedad irresistible, mientras su otra mano se apoyaba firmemente en la cintura de Bianca, atrayéndola hacia él de un modo sutil. Ella soltó un suspiro entrecortado que fue la invitación final…
¡CLACK!
La puerta se abrió de par en par sin previo aviso.
—¡Tyler!, el socio árabe llegó antes y… —Marcus, el director financiero, se detuvo en seco. Sus ojos saltaron de la mano de Tyler en la cintura de Bianca a la blusa transparente de la secretaria.
Tyler se separó de golpe, con los músculos de la mandíbula tan tensos que parecían de piedra.
—Marcus, hay algo que se llama cortesía básica y consiste en tocar la ¡maldita puerta! —rugió, colocándose delante de Bianca para cubrirla con su propio cuerpo.
—Lo siento… yo… no sabía que estabas en medio de… algo —dijo Marcus, tratando de disimular una sonrisa de incredulidad.
—La señorita López ha tenido un accidente con el café. Dame tu saco —ordenó Tyler sin mirar atrás, con los puños apretados.
—¿He?, a, si, espera.
Marcus se quitó el saco y se lo acercó a Tyler, él lo puso sobre los hombros de Bianca.
Bianca cruzó los brazos sobre su pecho, sintiendo todavía el calor de los dedos de su jefe en su piel.
—¿Te quemaste mucho?—Preguntó él en voz baja.
—No, estoy bien, tengo…tengo una camisa de repuesto— dijo ella con una voz débil.
Se alejó y miró a Marcus. —Se lo devuelvo en un momento.
—Si, no pasa nada.
Salió de la oficina sintiendo la mirada de Tyler quemándole la espalda.
…….
Esa misma noche, Tyler estaba de pie frente al inmenso ventanal de su dormitorio, con la ciudad extendiéndose a sus pies como un tablero de cristal. Tenía un vaso de bourbon en la mano, pero el alcohol no lograba apagar el incendio que sentía bajo la piel.
Mientras tanto, Bianca se debatía por dentro, durante toda la tarde un calor insoportable la invadió, y era debido a él, no quería quedarse así, no quería ser ella la derrotada, así que no lo pensó mas y tomó su teléfono para marcarle.
De pronto, el teléfono privado de Tyler rompió el silencio. Al ver quien era, respondió de inmediato.
—¿Estás pensando en mí?, o, ¿Estas pensando en otra?—Preguntó Bianca con aquella voz seductora.
Tyler dejó el vaso sobre una mesa lateral.
—Solo puedo pensar en ti, me siento realmente torturado, no puedo dormir.
—¿En serio?, tengo que ayudarte con eso, ¿No?.
—Por favor, haré lo que me pidas.
—Muy bien, entonces…quítate la camisa.
Tyler obedeció sin cuestionar. Desabrochó los botones con una urgencia contenida y dejó que la prenda cayera al suelo. El aire fresco de la habitación chocó contra su pecho, pero lo que realmente lo hizo estremecer fue la sensación que la voz de ella le provocaba.
—Ve al espejo. Quiero que te mires. Quiero que recorras con tus propias manos las líneas de tu cuerpo que yo he reclamado como mías. Empieza por tu cuello.
Él se situó frente al espejo de cuerpo entero. Sus manos, grandes y firmes, subieron hasta su garganta. Cerró los ojos por un segundo, imaginando que esos dedos no eran los suyos, sino los de ella.
—No te detengas. Quiero que sientas la fuerza de tus propios hombros, de tu abdomen… todo eso me pertenece, Tyler. Cada centímetro de tu piel es mío, quiero que te toques, quiero escucharte, así que no te contengas.
Tyler soltó un suspiro ronco. Su mano descendió por su torso, siguiendo las instrucciones que su ama le dio. La habitación parecía haber subido diez grados.
—Hazlo pensando en mí.
Tyler se apoyó con una mano en el marco del espejo, con la cabeza gacha y la respiración entrecortada.
Se entregó a la oscuridad de su mente, donde la figura de Nyx se mezclaba peligrosamente con el aroma a sándalo de Bianca, creando una tormenta perfecta de la que no tenía escapatoria.
Bianca podía escucharlo y eso la hizo sentir satisfecha, una vez que terminaron, ella le ordenó ir a dormir y solo hasta entonces ella pudo conciliar el sueño.