Después del desayuno rápido en el café de la empresa, observo cómo Valentina se aleja rumbo a su reunión, con Franco caminando a un paso prudente detrás de ella. Todavía me cuesta acostumbrarme a verla así: escoltada, vigilada, expuesta. Y aunque sé que es necesario, no deja de dolerme que su libertad haya quedado reducida a protocolos y distancias medidas. Carla, en cambio, se queda recorriendo la empresa con una mezcla de fascinación y curiosidad genuina. La veo señalar cosas, preguntar, reír. Es un alivio verla ahí. Sé que para Valentina su presencia es un ancla con la vida que tenía antes de todo este caos. Yo me encierro en mi oficina para continuar con lo que me corresponde. Reuniones, llamadas, números, decisiones. Me muevo con soltura: este es mi terreno. Aquí no dudo. Aquí no ti

