Sus ojos se clavan en los míos, grises, abiertos, expectantes. Esperan algo. Una reacción. Una palabra que arregle lo irreparable. Y yo… no sé qué darle. La veo quedarse quieta, demasiado quieta. Como si el mundo acabara de detenerse bajo sus pies. Reconozco esa expresión: es la misma que tuve yo cuando Laura dijo aquella palabra. Embarazada. —Valentina… —digo en voz baja mientras doy un paso hacia ella—. Dime algo, por favor. No me responde de inmediato. Me observa con una mezcla de incredulidad, rabia y algo más profundo, algo que me atraviesa el pecho porque sé lo que es: miedo. Miedo a perderlo todo cuando recién empezaba a creer. Entonces habla. —¿Felicidades? —dice—. Vas a ser padre. No hay gritos. No hay lágrimas. Eso es lo que más me asusta. Se da la vuelta antes de que pued

