Un rato después La casa se siente demasiado grande cuando ella no está. Demasiado silenciosa. Demasiado vacía. He pasado horas caminando de un lado a otro con Franco y Mauricio, revisando cámaras, haciendo llamadas, reconstruyendo recorridos posibles. Milán es una ciudad enorme, pero cuando se trata de Valentina, todo se vuelve pequeño, estrecho, asfixiante. Cada minuto sin noticias pesa como una condena. Y entonces aparece. Un auto n***o se detiene frente a la casa. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. —Es ella —digo sin necesidad de confirmarlo. Camino hacia la entrada con el corazón desbocado. Franco y Mauricio me siguen, atentos. Cuando la puerta del coche se abre y la veo bajar, siento un alivio tan violento que casi me deja sin fuerzas. Está bien. Está entera. Pero no está s

