La llamada llega cuando estoy a punto de perder la paciencia con media Europa. Tengo tres teléfonos sobre la mesa, mapas abiertos, cámaras divididas en pantallas, hombres hablando al mismo tiempo en francés, italiano y alemán. Órdenes que se pisan. Hipótesis que se caen. Silencios que pesan demasiado. El miedo no es pánico todavía. Es algo más peligroso. Es claridad absoluta. —Señor Mancini —dice la voz de Mauricio al fin, grave—. Tenemos algo. No respondo de inmediato. Mi cuerpo ya está de pie antes de que mi mente procese las palabras. —Habla. —Franco logró contactar a la policía francesa desde un teléfono no rastreable. Dio una ubicación aproximada antes de que lo obligaran a cortar. Cierro los ojos solo un segundo. Uno. —¿Valentina? —pregunto sin rodeos. Hay una pausa mínim

