Cada almuerzo con Valentina se convierte, sin que ella lo note del todo, en uno de mis momentos favoritos del día. No solo porque comer con ella es un placer en sí mismo, sino porque verla descubrir Milán a través de mis ojos me recuerda por qué amo esta ciudad… y por qué empiezo a amarla aún más desde que ella está aquí. Hoy el clima nos regala uno de esos días perfectos. El cielo está despejado, el aire es suave, y el patio del restaurante se abre hacia una de las vistas más imponentes que existen. El Duomo di Milano se alza a nuestro costado, majestuoso, eterno, como si vigilara cada conversación, cada gesto, cada promesa que todavía no hemos pronunciado en voz alta. La observo mientras lo contempla. Su expresión es de asombro genuino, casi infantil, y por un instante pienso que ningú

