Creía conocer a Valentina. O, al menos, eso pensaba hasta hoy. Desde que salimos del restaurante noto el cambio en ella. No dice nada, pero su silencio pesa más que cualquier reproche. La sonrisa que llevo —esa que no he podido borrar desde el almuerzo— empieza a jugarme en contra. Puedo sentirlo. Para mí, todo esto es emoción, anticipación, planes que me queman por dentro. Para ella… es incertidumbre. Y con razón. Desde que perdió a sus padres, los secretos dejaron de ser un juego. Baja del auto sin mirarme. La sigo, observándola en silencio, preguntándome si debería decir algo ahora o esperar. Entra a la casa y saluda a Eliza con esa educación impecable que tiene incluso cuando está de mal humor. Siempre me sorprende su capacidad para no descargar sus emociones en quien no corresponde.

