El primer disparo no suena como uno lo imagina. No tiene nada de cinematográfico. No hay eco elegante ni pausa dramática. Es seco, brutal, cercano. Un impacto que atraviesa el vidrio del comedor y lo convierte en una lluvia afilada que se dispersa sobre el mármol. Y lo segundo que pienso no es en el ataque. Es en Valentina. Marco ya está de pie cuando el segundo proyectil atraviesa otro ventanal. No grita por pánico. Grita por protocolo. —¡Vayan todos a las habitaciones! Yo ya me estoy moviendo. Busco a Valentina con la mirada. La encuentro paralizada, los ojos abiertos, procesando demasiado rápido. Hay miedo en ellos. Y algo más profundo. Nuestro hijo. —David, llévatelas arriba —ordeno, con una voz que no parece mía—. Cuídala con tu vida. Ella me mira como si estuviera a punto d

