Cuatro días después Hay una calma que no tranquiliza. Solo adormece. La reconozco porque la he visto antes, en negociaciones que parecían cerradas y terminaron en traición, en silencios que precedieron a golpes bajos, en momentos en los que todo aparentaba estar bajo control… cuando en realidad no lo estaba. Landon se fue ayer. Santiago me lo dijo sin rodeos, como acostumbra cuando quiere dejar algo atrás sin darle más espacio del necesario. No pregunté detalles. Ya sabía por qué se iba. Algunos hombres no saben quedarse cuando entienden que han llegado tarde. Y otros —los más inteligentes— se marchan antes de hacerse daño. Esta mañana, sin embargo, el problema no es Landon ni la amenaza latente que aún flota sobre nosotros. Es mi estómago. Salgo del baño con una mano apoyada en el

