Al día siguiente Despierto lentamente, no porque el sueño se haya ido, sino porque mi cuerpo ya no sabe cómo descansar cuando ella está tan cerca. Valentina duerme abrazada a mí, con la mejilla apoyada en mi pecho, su respiración tranquila marcando un ritmo que todavía siento en la piel. Anoche fue distinta. No solo intensa. No solo apasionada. Fue una de esas noches que no se disuelven al amanecer, que no se explican con el cuerpo solamente. Fue una noche que se queda. No hubo prisa. No hubo miedo. Hubo algo nuevo entre nosotros: una entrega limpia, sin reservas, como si el “sí” que me dio hubiera derribado la última pared invisible que aún existía entre ambos. La forma en que me buscó, en que me sostuvo, en que se abandonó sin dudas… todavía la siento. Miro su mano izquierda. El ani

