Elio permanecía de pie frente al inmenso ventanal de suelo a techo, observando cómo los cipreses se perfectamente podados se movian con el viento marino. Sin girarse, rompió el silencio con una orden directa, la cual ya habia contemplado mucho antes de llegar a la isla.
—Lorenzo, necesito que regreses a Livorno esta misma noche—dijo Elio, con la vista fija en la línea donde el mar se fundía con el cielo—. No confío en nadie más que en ti para mantener los engranajes de la organización a flote mientras yo permanezco en este lugar. Génova es demasiado ambiciosa para su propio bien, y mi madre... bueno, ya conoces la capacidad de Carlota Cavallaro, mi madre no es precisamente una ancianita que guste de tejer o se dedique a la oracion ahora que mi padre fallecio, no es una mujer que se quede mucho tiempo quieta, asi que necesito que seas mis ojos y mis oídos en Livorno. Si alguien intenta mover alguna pieza en mi tablero de ajedrez sin mi autorización, quiero saberlo, Lorenzo.
Lorenzo asintió en silencio, anotando mentalmente las prioridades de seguridad que hasta el momento habian utilizado desde que Elio Cavallaro habia tomado el mando, porque para muchas personas desleales, su ausencia podia ser interpretada como una invitación para traicionarlo.
—Además —continuó Elio, bajando el tono de su voz hasta que fue poco más que un murmullo tenso—, quiero que visites personalmente al médico que atendió a esa chica en Roma tras el incidente donde perdio la memoria. No aceptes un "no" por respuesta ni te conformes con un resumen administrativo. Consigue el expediente médico completo: análisis de sangre, informes toxicológicos y, sobre todo, las notas sobre su estado mental. Necesito que un especialista mucho más calificado, analice sus lesiones y, lo más importante, el tipo de medicamento que le suministraron durante su "tratamiento". No sabemos qué efectos a largo plazo pudiero tener tener en su capacidad para recordar o si fueron la cuasa de que ella este tal y como esta.
Elio hizo una pausa, cuando una duda fugaz cruzó su rostro al pensar en cómo nombrarla. Amalia era el nombre que su corazon ardia por pronunciar; pero era Emilia el nombre al que ella respondia. Al final, prefirió no usar ninguno, como si pronunciarlos pudiera romper el frágil hechizo de la duda.
—¿Debo enviar ese expediente al doctor de la familia para una segunda opinión? —preguntó Lorenzo, buscando una opinion en la que Elio realmente pudiera confiar.
—Bajo ninguna circunstancia —respondió Elio firmeza—. Aún hay personas, hombres que han servido a los Cavallaro por décadas, que son infinitamente más fieles a mi madre que a mí, como las personas que solian entrar y salir de la villa familiar. Si el médico familiar pone un solo dedo sobre ese expediente, mi madre recibirá un informe detallado antes de que yo termine mi primer café de la mañana. Prefiero mantener la existencia de ella, y sobre todo su ubicación exacta, en secreto hasta que tenga certezas que nadie pueda refutar. No tengo intención de levantar un avispero antes de tener el fuego listo para quemarlo.
Lorenzo meditó la respuesta un momento, comprendiendo la paranoia de Elio con su propia familia. En su mundo, la familia era a menudo el enemigo más peligroso.
—Entonces buscaré un especialista griego aquí, quizás en Atenas o una clínica privada en Mykonos. Alguien de renombre internacional que pueda volar a la isla de forma discreta, bajo un acuerdo de confidencialidad absoluto. Así no tendremos que exponerla en Italia, donde los ojos de su madre están en todas partes, ni dejar un rastro que la gente de su madre pueda seguir.
—Hazlo de inmediato —aprobó Elio—. No escatimes en gastos y haz la cita en cuanto tengas un nombre que no pueda ser comprado por nadie más que por nosotros.
Elio se quedo en silencio, traicionado por un recuerdo que lo golpeó como si hubiera recibido una bofetada en la mejilla. Por un instante, el sol griego desapareció, estaba de vuelta en aquel día gris y lluvioso en Livorno, cinco años atrás, de pie frente a una fosa abierta que parecia una puerta al infierno.
Recordó con dolor el olor penetrante de las flores mezclado con la tierra mojada, y aquella sensación sofocante de que su propia alma estaba siendo depositada en esa caja de madera junto con los restos calcinados de quien creía habia sido el amor de su vida. Recordó haber apretado los puños vendados por haberse quemado la piel hasta sangrar, deseando que la tierra lo cubriera también a él, rogando morir de dolor para evitar despertar al dia siguiente en un mundo donde la risa de Amalia se había convertido en ceniza.
Con ese recuerdo tan fresco como si acabara de vivirlo, Elio se giró hacia Lorenzo, determinado a atar todos los cabos sueltos.
—Quiero que solicites una exhumación formal, pero discreta de la tumba de Amalia—soltó Elio, sus palabras sonando como piedras cayendo en un pozo profundo.
Lorenzo levanto ligeramente ambas cejas, visiblemente sorprendido por la naturaleza casi sacrílega de la petición.
—¿Una exhumación, Don Elio? ¿Habla de abrir la tumba?
—Hablo de abrir la caja que descansa bajo su nombre y descubrir la mentira que contiene —corrigió Elio con una frialdad aterradora—. Necesito muestras óseas y si hay restos de tejido de ese cuerpo que se pueda ser usado. Quiero compararlas con el mechón de cabello que conservo en mi relicario, aquel que Amalia me dejo cortar cuando solo eramos novios en la universidad y con el que supuestamente los forenses de mi padre habían confirmado la identidad del cadáver. Ahora comprendo que fue mi padre quien planeó cada detalle de ese engaño quería que yo aceptara su muerte como un hecho para que pudiera concentrarme en convertirme en el heredero despiadado que él siempre soñó. Ahora sé en mis entrañas, que ese cuerpo al que visite tantas veces en estos 5 años no pertenece a Amalia, pero necesito la prueba científica, el código genético que no miente. No lo necesito para convencerme a mí mismo, sino para tener un arma cargada que mostrarle a los que se opongan a mi palabra cuando llegue el momento volver a Livorno.
Elio caminó hacia su escritorio de caoba, apoyando las manos sobre la superficie pulida con tal fuerza que la madera pareció crujir.
—Cuando el médico griego venga a examinarla, ordénale que tome una muestra de sangre bajo cualquier pretexto. Quiero enviar la muestra a un laboratorio privado en Milán, uno que no tenga vínculos con la organización, bajo un nombre falso.
Lorenzo se quedó un minuto largo en silencio, procesando la magnitud de la logística necesaria para profanar una tumba en suelo italiano sin alertar a las autoridades o a Doña Carlota.
—¿Y qué pasaría si la prueba de ADN confirma que ella es, efectivamente, su esposa? —preguntó Lorenzo en un susurro, temiendo la respuesta—. ¿Qué hará si descubre que le han robado cinco años de vida al lado de la mujer que ama?
Elio levantó la vista, y Lorenzo vio un fuego oscuro y ancestral ardiendo en sus pupilas, una determinación que ya no tenía vuelta atrás.
—Entonces —respondió Elio con una calma que resultaba mucho más aterradora que cualquier grito—, mi padre ya no está en este mundo para pagar por el crimen de habérmela arrebatado, pero te aseguro algo, Lorenzo: cualquiera que resulte haber estado involucrado en ese engaño, cualquier médico, policia o pariente que haya permitido que yo sufriera este infierno mientras ella vivía como una extraña... pagará con su cabeza. No dejaré piedra sobre piedra en Italia hasta que cada uno de ellos haya sentido el mismo terror que yo sentí al ver ese ataúd cerrarse.
Antes de que Lorenzo pudiera articular palabra, unos golpes tímidos y apresurados sonaron en la puerta doble de la oficina. Lorenzo la abrió de inmediato, encontrándose con una de las empleadas domésticas de la villa, quien temporalmente, era la encargada de la casa y tambien la responsable de vigilar a Emilia.
—Señor...—tartamudeó la mujer, bajando la mirada para evitar el contacto visual con Lorenzo, aunque no era nueva, aun sentia miedo de los sus propios patrones, sobretodo por los rumores que habia escuchado—. La señorita... ella se niega rotundamente a bajar al comedor. Dice que no va a comer nada que venga del señor.
Elio se llevó una mano al rostro, cerrando los ojos con una mezcla de cansancio y frustración. Su paciencia, era un recurso siempre escaso y estaba siendo puesta a prueba por la resistencia indomable de la mujer que intentaba rescatar de sí misma.
—Está bien —dijo Elio acercandose justo al lugar donde habia dejado su bebida para darle un gran sorbo—. Si ella no quiere bajar al comedor, entonces el comedor irá a ella. Retírate y prepara todo lo necesario para llevar la comida a la habitacion, al parecer hoy tendremos mas privacidad de la que yo anticipaba.