Emilia permanecía sentada en una esquina del inmenso vestidor, con las rodillas pegadas al pecho y la tela del vazul del vestido envolviéndola. En la soledad de aquel armario que tenia un olor penetrante a madera y perfume caro, intentaba desesperadamente poner orden al caos de su mente. Las imágenes que había visto en su cabeza minutos antes, el abrazo protector desde atrás, el calor de una piel que su cuerpo parecía reconocer antes que su cerebro, y ese collar de conchas rústico, se repetían una y otra vez en su mente, torturandola. Una parte de ella, la que aún se aferraba con uñas y dientes a su vida cotidiana en Roma, le gritaba que aquellas visiones no eran reales; que eran meras alucinaciones producto del trauma del secuestro, el exceso de estrés postraumático y tambien un efecto

