Una semana después…
El reloj marcaba casi las siete cuando Bianca entró a la oficina con una carpeta entre los brazos, apretándola contra el pecho como si eso pudiera ocultar su nerviosismo. Había estado distraída todo el día, tropezándose con palabras, olvidando recados simples, perdiendo la compostura cada vez que Tyler la miraba por encima de los lentes.
Tyler estaba sentado, revisando unos informes, pero al levantar la vista la observó con una atención distinta a la habitual.
En realidad no sabía desde cuándo había empezado a notarlo…
El leve temblor en sus dedos.
El rubor súbito cuando él la llamaba por su nombre.
Esa mezcla de torpeza y suavidad que irradiaba sin querer.
Había pasado por alto esos detalles por considerarlos irrelevantes. Pero ahora… ahora le parecían fascinantes.
Bianca dejó la carpeta sobre su escritorio, y en el proceso casi tiró una pluma. La atrapó a tiempo, pero el pequeño sobresalto hizo que sus mejillas se encendieran de vergüenza.
Tyler sintió algo inesperado en el estómago, algo cálido.
Y muy inconveniente.
—¿Estás bien? —preguntó, con la voz baja, más grave de lo que pretendía.
—S-sí, señor… solo estaba… —Bianca tragó saliva, intentando recomponerse, era mejor no dar explicaciones, él las detestaba. — Aquí están los documentos que pidió.
Tyler la observó con una calma peligrosa. No era la mirada fría y analítica de siempre; había un matiz… curioso, interesado.
Bianca bajó la mirada de inmediato, como si el peso de ese escrutinio le resultara demasiado para poder soportar, durante las noches no era difícil enfrentar esa mirada, pero aquí, aquí estaba en su territorio, donde él era el rey, donde ella se inclinaba.
Y fue ahí cuando él lo notó.
La forma en que ella apretaba los labios al sentirse expuesta.
El temblor en la respiración.
Diablos.
¿Eso no era exactamente lo que hacía ella, Nyx?.
La dominante que lo había desarmado, reinventado, y dejado queriendo más, esa mujer se había vuelto adictiva, la mejor dominante que él hubiera tenido, en solo unos días, ella había logrado lo que nadie, hacerlo sentir devoción por una mujer, Tyler casi podía decir que estaba enamorado, y solo bastaron un par de días.
La comparación le golpeó el pecho con fuerza.
Bianca no era como ella. No tenía su seguridad ni su peligro…
Pero había algo en su vulnerabilidad que le recordaba la sensación de ser observado, evaluado, tomado por sorpresa por esa mujer misteriosa.
Y ver a Bianca así, tan torpe, tan nerviosa ante él…
Despertaba en Tyler una clase distinta de deseo, uno que no esperaba.
—Bianca —dijo despacio—, mírame.
Ella levantó la vista, obediente, con ese brillo asustado que lo descolocó más de lo que admitiría.
Tyler apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos.
—Te estás distrayendo mucho últimamente —murmuró, sin dureza, pero con un tono que hizo que ella se estremeciera.
Bianca abrió la boca para disculparse, pero él levantó una mano, deteniéndola. —No estoy regañándote —continuó—. Solo… quiero entender qué te pasa.
Bianca parpadeó, confundida.
Ese tono no era habitual en él, no con ella, él jamás había tenido una conversación “normal”, ¿Qué le ocurría hoy?.
—Yo… —empezó, vacilante—. Lo siento, no quería causar problemas.
Tyler la observó con un silencio que la desarmó aún más.
Una sonrisa mínima, casi imperceptible, se formó en sus labios, no de burla, mas bien de interés.
—No los causas —dijo al fin—. Pero te estás volviendo… curiosa.
Bianca abrió mucho los ojos, tensa, sin saber qué hacer con ese comentario. “¿Curiosa?”, ¿Eso que carajos quería decir?.
Tyler desvió la mirada hacia la carpeta, pero solo para esconder lo que realmente pensaba.
Curiosa, mas bien, bonita, solo que esa palabra no salió de sus labios.
Demasiado parecida a ciertas sensaciones que aún llevaba marcadas en el cuerpo.
Y, quizá lo peor…
Cada vez más difícil de ignorar.
—Vuelve a tu trabajo.
…………
Esa misma noche…
—Quiero… que seas sólo mía —dijo, titubeando apenas—. Exclusiva para mí.
Bianca dejó escapar una risa suave, peligrosa.
—¿Sólo tuya? —repitió, inclinando la cabeza—. Creo que estás confundido. Aquí las órdenes las doy yo.
Tyler levantó la mirada, no del todo desafiante, pero sí desesperado.
—Lo que pido no es una orden… es una oferta, te pagaré el triple de lo que pago por sesión, el triple… por tu exclusividad.
Ella lo observó, sorprendida de que tuviera el valor de decirlo tan directo.
—El triple —repitió Bianca, saboreando aquella palabra, él ya pagaba mucho dinero debido al sexo. —. ¿Y crees que con dinero puedes comprar a quien te domina?.
Tyler no se movió, pero su voz salió firme. —No me interesa comprar poder sobre ti. Sólo… tenerte, cuando yo te necesite, cuando te llame, quiero que estés disponible para mí, no quiero compartirte con otros clientes, quiero que seas sólo mía.
Bianca caminó alrededor de él, rozando su hombro con la punta de los dedos. Él cerró los ojos, reaccionando al mínimo contacto.
—¿Qué sabes tú de necesidad? —susurró ella junto a su oído— me has dejado claro que tienes recursos ilimitados, eso quiere decir que el mundo se arrodilla para complacerte cuando lo pides…
—Excepto tú —interrumpió Tyler en un susurro.
Bianca sonrió. Touché.
—Y dime —continuó ella—, ¿qué pasa si otro cliente paga más por una sesión conmigo?, ¿Vas a competir?, ¿Aumentar la apuesta?, ¿A cuánto asciende tu obsesión?.
Tyler respiró hondo.
—El dinero no es un problema, ninguno, si quieres diez veces más, lo pagaré, si quieres un contrato para asegurarlo, lo redacto mañana mismo, si quieres acceso ilimitado a mis recursos, lo tienes, no estoy haciendo una promesa vacía… estoy afirmando un hecho.
La seguridad en su voz la estremeció más que la oferta en sí.
Era cierto, él podía pagar lo que quisiera.
Pero lo que la cautivaba no era su dinero, era que el siempre intocable Tyler estaba ahí de rodillas… rogando por ella.
Bianca lo tomó del mentón con suavidad, obligándolo a mirarla, él la miró con un respeto que bordeaba la devoción.
—¿Por qué yo? —preguntó ella, sin suavidad, sin vulnerabilidad, sólo control puro.
Tyler tardó un segundo en responder.
—Porque contigo… pierdo el control de la única forma que me calma, y porque tú lo haces como nadie — Admitió en voz baja—. No quiero a otra, te quiero a ti.
Bianca lo soltó lentamente y dio un paso atrás.
Había querido escuchar eso, y también había temido escucharlo.
—¿Cuál es tu límite Tyler?.
Él no respondió de inmediato. —No tengo límite.
—Todos tienen límite.
—Yo no—Afirmó él.
—Digamos, diez millones, ¿Lo pagarías?.
—Si.
—Si pudieras comprarme, ¿Cuánto sería lo que pagarías?.
—Lo que sea— respondió sin dudar.
¿Lo que sea?.
—¿Cincuenta millones?.
—Si esa cantidad te hace feliz, por supuesto, aun si pidieras cien, los pagaría, pídeme lo que quieras, aunque claro, habría contratos de por medio, contratos que no podrías romper.
Bianca tragó saliva. —No estoy a la venta de todos modos, solo es curiosidad, acepto tu propuesta— dijo al fin, con voz firme. —Seré exclusiva para ti— dijo pensando que no sería tan mala idea, sus otros clientes no pagaban tanto como él, y lo peor, no eran tan interesantes.
Tyler exhaló un suspiro que llevaba conteniendo toda la semana.
Pero Bianca no había terminado.
—Pero escucha bien, Tyler —continuó, inclinándose sobre él. — Seré exclusiva para ti… pero el que obedece, sigues siendo tú, el dinero no cambia nada de eso, si me llamas, sí… estaré disponible, pero sólo cuando yo lo permita, y si cruzas un límite sin mi autorización… no habrá cantidad de dinero suficiente para recuperarme.
Tyler bajó la cabeza en señal de sumisión. —Sí.
Bianca sonrió ligeramente, disfrutando del poder, del nerviosismo de él, y de la sensación deliciosa de que algo grande estaba por empezar.
Algo más profundo que dinero, mas peligroso que un contrato, mas adictivo que cualquier sesión.
Esa misma noche firmaron acuerdos, por seguridad de ambos, según él, y esa misma noche, Nyx recibió un juego de llaves y una nota que decía, «Ve a esta dirección, este será nuestro nuevo lugar de encuentro, tienes acceso total».
Ella sonrió sin darse cuenta, Tyler le provocaba cierto hormigueo en el estómago, siempre sabía cómo sorprenderla, ¿Qué haría él si supiera que ella era su secretaria a la que detestaba tanto?, seguramente enloquecería y la encerraría por fraude.
“Debo de ser cuidadosa”, pensó Bianca.