Carlos Fontaine. El suelo bajo mis pies parece moverse bruscamente y caigo una vez más, pero ahora con más fuerza. No solo yo, si no todo mi mundo se hace añicos en un segundo. Se terminó. Ella se fue. Mi dulce y pequeña Emma, se fue. Oigo un grito agudo de María dentro de mi cabeza, pero no consigo distinguirla entre todas las cabezas que se asoman para verme. Mi vista está muy borrosa debido al torrente de lágrimas que salen disparadas por todos lados. Boqueo con ahínco un par de veces, pero no logro llevar suficiente oxígeno a mis pulmones. Me desespero. Moriré sin ella, lo sé. —¡Déjenlo respirar! —escucho la voz de mi primo, pero tampoco distingo su rostro. —Necesita aire. Debemos llevarlo hasta la Villa, ahora. > —Respira, hermano —las manos frías de mi hermana me toman de