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1059 Words
León Isabella estaba cubierta de sangre y luchaba por levantarse de un charco. Dos enfermeras, que obviamente debían cuidarla, la observaban a un lado riendo. Había sangre en las sábanas blancas. En el suelo. En sus dedos temblorosos. Una bandeja de instrumental médico yacía volcada, con el metal esparcido como armas desechadas tras una guerra sin sentido. Había un cubo con su contenido derramado, e Isabela sostenía un trapo en su mano temblorosa. Solo con ver esta escena, ya podía imaginar lo que había sucedido. Como acababa de abortar, sentía dolor y sangraba profusamente. Las enfermeras claramente no le habían dado una compresa, así que se había ensuciado. Entonces debieron traerle un cubo de agua y un trapo y ordenarle que limpiara. Quizás, por el dolor, se le cayó el cubo y el agua teñida de sangre se derramó sobre las baldosas, de ahí el rojo diluido que se extendía como una pintura cruel bajo sus rodillas. Una de las enfermeras la abofeteó —fue lo primero que oí afuera—, seguida de sus palabrotas. Isabella debió de intentar levantarse y continuar con la limpieza, pero resbaló de nuevo, de ahí el golpe que oí después. Y en lugar de ayudarla, esos dos sinvergüenzas se estaban divirtiendo. Pensaba en buscar uno o dos chivos expiatorios; parecía que los había encontrado. Mi entrada los dejó atónitos. Sus risas se apagaron al instante, reemplazadas por espaldas rígidas y miradas ansiosas. Obviamente se preguntaban qué hacía yo allí y cómo explicarles lo que acababa de presenciar. Quizás antes solían salirse con la suya gracias a Liam, pero para su desgracia, yo no soy Liam. Y una cosa que sé de mí es esta: soy más letal que él. Un vistazo rápido a sus placas de identificación fue suficiente. Las memoricé con calma. Ya habría tiempo para las consecuencias. Ahora mismo, había alguien de suma importancia. Me acerqué a Isabella, que intentaba incorporarse a pesar de temblar violentamente de dolor. Apreté los puños y me costó un gran esfuerzo contenerme para no darme la vuelta y estamparles la cabeza a esas enfermeras contra la pared. Cálmate, Leon. Ahora mismo, lo primero es limpiar a Isabella. Me agaché y la levanté. Me miró lentamente, aturdida. Quizás por el dolor que había estado sufriendo, no se había dado cuenta de mi presencia. Pero en el instante en que mis manos la tocaron y vio mi rostro con claridad, retrocedió al instante. Vi cómo el miedo se apoderaba de sus ojos como un incendio forestal. A pesar del maltrato que le habían infligido las enfermeras, a pesar de la humillación y el dolor que sentía, nunca antes había visto ni rastro de miedo en sus ojos. Quizás ya estaba acostumbrada a la crueldad. Pero en cuanto me reconoció, tembló violentamente. Ese miedo, crudo e instintivo, le dolió más que cualquier otra cosa en aquella habitación. Dios mío, ¿qué habrá sufrido? —No te haré daño —dije con la mayor calma posible, aunque por dentro ardía de rabia. Quería golpear a alguien. Quería matar a alguien. Me temblaban las manos, pero las cerré con fuerza. Me lo tragué todo. —Tranquilízate. Te llevaré a una habitación mejor para que te revisen. Pase lo que pase, debemos asegurarnos de que no tengas ninguna infección. —¿Qué importa? —murmuró débilmente, pero la oí con claridad—. De todas formas, no sería la primera vez. Apreté la mandíbula. —En efecto —respondí en voz baja—, pero no sucederá en mi presencia. Me miró, con una mezcla de confusión y miedo. Pero su rostro pronto se descompuso de nuevo. —Lo siento —susurró apresuradamente—. No quería que oyeras eso. Lo siento mucho. Por favor, no me castigues. Te lo ruego. Sus hermosos ojos verdes —ojos que parecían un bosque profundo después de la lluvia— estaban llenos de dolor y lágrimas. Las lágrimas resbalaban por sus pálidas mejillas, mezclándose con el sudor. Su largo cabello n***o se aferraba a su piel, húmedo y enredado. Parecía frágil. Demasiado frágil. Como algo ya roto, a punto de hacerse añicos por completo. Quería abrazarla y protegerla de todo. Quería abrazarla como lo hice aquella noche de sábado, cuando se durmió sin miedo, aunque no supiera quién era yo en realidad. Quería encontrar a quienes la habían reducido a esto y hacerles comprender el sufrimiento en su forma más pura. Pero a sus ojos, yo soy el peor de todos. No soy yo, quería gritar. Jamás te haría daño. Pero eso también sería mentira. Llevo el rostro de su verdugo. Entré en su vida voluntariamente. Estoy ocupando su lugar, engañándola con cada respiración que doy cerca de ella. Pase lo que pase, soy parte del monstruo que la trajo hasta aquí. Da igual si fueron mis manos o no. Para ella, somos una misma. —Ven, Isabella —dije suavemente, apretándola cuando intentó zafarse débilmente—. Necesitamos que te revisen. Me giré hacia Nancy, que estaba paralizada fuera de la habitación. —Llévame a la mejor habitación de este hospital. —P-pero señor, ya está ocupada —tartamudeó, claramente recelosa de mi tono. Ya lo sospechaba, pero pregunté de todos modos—. ¿Por quién? —La Sra. Williams. Bien. —Así está mejor. Llévame allí. Nancy vaciló, mirando a las dos enfermeras, pero ahora mantenían la cabeza baja. El miedo les sentaba mejor que la arrogancia. Primero voy a calmar a Isabella. No tienen ni idea de que se han ganado la ira del diablo. Haré que se arrepientan de cada segundo de su risa de hoy. Isabella temblaba como una hoja en mis brazos mientras la llevaba por el pasillo. La sostenía con firmeza, posesivamente, como si el mundo mismo pudiera arrebatármela. Ojalá pudiera decirle que no soy el hombre al que teme. Ojalá pudiera decirle que está a salvo conmigo. Pero la seguridad no es algo que pueda prometer, sinceramente. Después de todo, acepté toda esta farsa por motivos egoístas. No soy mejor que Liam. De hecho, quizás sea peor. Liam es impulsivo. Actúa movido por la ira y el orgullo. Yo, en cambio, calculo. Observo. Espero. Solo actúo cuando me conviene. No soy un santo. No soy un héroe. Pero sé cómo proteger lo que es mío. E Isabella es mía. Simplemente aún no lo sabe.
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